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Hay mucho que comentar del Mundial 2026 como deporte, como espectáculo y, también, sobre su trasfondo político. Ahí está, por ejemplo, el exagerado protagonismo de Trump durante el torneo: no solo acaparó titulares, sino que presionó a la FIFA para «indultar» a un futbolista estadounidense expulsado y permitirle disputar la siguiente fase contra Bélgica.

Un aficionado podría preguntarse por qué el director técnico argentino, Mauricio Pochettino, no prescindió del jugador, pero esa decisión abre otro debate, mucho más complejo, donde se entrecruzan la ética, la autonomía deportiva y la posible coacción política.

Otro episodio lamentable fue el trato dispensado a la selección de Irán. Sus jugadores recibieron visados de apenas veinticuatro horas y, pese a concentrarse en México, debían viajar a ciudades de Estados Unidos y regresar de inmediato, soportando un desgaste físico y una presión psicológica que ningún deportista debería padecer por conflictos entre gobiernos.

A ello se sumó el cartel sobre las islas Malvinas exhibido tras el partido entre Argentina e Inglaterra, pese a que, en la conferencia previa, el técnico argentino había sido categórico al afirmar que aquello era solo fútbol y que el diferendo político no debía trasladarse a la cancha.

Podríamos detenernos en otros episodios que empañan la imagen de Infantino y de sus secuaces en la FIFA: la adaptación del fútbol a las pausas comerciales estadounidenses, los tiempos de hidratación, el espectáculo de medio tiempo en la final, arbitrajes muy discutibles y otras concesiones a intereses ajenos al deporte. Todo ello los convierte en dignos herederos de Blatter y de tantos dirigentes cuya gestión estuvo más cerca del escándalo que del espíritu futbolístico.

Prefiero, sin embargo, quedarme con mejores recuerdos del Mundial: la original presentación de las banderas y los himnos nacionales; el talento de Messi, Harry Kane, Halland y tantas otras figuras; el fútbol elegante de la campeona España liderada por Rodrigo y Cucurela; los rituales de victoria de los vikingos noruegos; la consolidación de las selecciones africanas y, por encima de todo, el extraordinario arquero Vocinha y la memorable selección de Cabo Verde.

FUENTE: Vasvel Motion Pictures. SPORTCHANNEL.

PODCAST- DE POCO UN TODO, CONDUCIDO POR ISAAC NAHÓN Y ARIEL SEGAL.

Seguimos comentando algunos de los himnos entonados en el Mundial 2026.

El himno nacional más antiguo es el «Wilhelmus» («Guillermo»), cantado en los Países Bajos desde el siglo XVI. Fue escrito durante la guerra de independencia de las provincias neerlandesas contra España y recibe su nombre en honor a Guillermo de Orange, figura clave de esa lucha e impulsor del protestantismo en la nación.

El origen del himno español es incierto, aunque su melodía aparece en un manual militar del siglo XVIII. En 1770, el rey Carlos III la declaró marcha oficial para las ceremonias de la monarquía, razón por la cual pasó a conocerse como «Marcha Real». Hubo varios intentos de dotarlo de una letra, especialmente durante el franquismo, pero tras la transición democrática se decidió oficializar en 1997 únicamente la melodía para evitar controversias ideológicas y reflejar la diversidad cultural y lingüística de España. Solo otros tres países carecen también de letra en sus himnos: Bosnia y Herzegovina, Kosovo y San Marino.

SOBRE EL HIMNO DE ESPAÑA Y DE OTROS PAÍSES. FUENTE: EFECTO NAIM.

Tras la Revolución Francesa, «La Marsellesa» se convirtió en el símbolo musical de la República y posteriormente acompañó a Napoleón. Originalmente se tituló «Canto de guerra para el ejército del Rin», pues llamaba a defender la patria frente a Austria y Prusia. Su nombre actual proviene de las tropas de Marsella que la popularizaron. Con el tiempo fue adoptada como himno nacional y hoy su interpretación representa los valores republicanos, no un llamado a la guerra, y mucho menos en un estadio de fútbol.

Por último, «The Star-Spangled Banner», himno de Estados Unidos, nació de un poema inspirado en la resistencia del Fuerte McHenry durante la guerra de 1812. Su autor celebró que, pese al bombardeo británico, la bandera estadounidense continuara ondeando al amanecer.

Curiosamente, la melodía procede de una canción popular interpretada por la Sociedad Anacreóntica de Londres, un club cuyos miembros rendían homenaje al poeta griego Anacreonte mientras compartían comida, bebida y música.

Los comentaristas del Mundial de fútbol tienen en los himnos nacionales de las selecciones participantes un tema tan atractivo como inagotable para desglosar durante las transmisiones. Esos cantos patrióticos emocionan a los ciudadanos de los países que se enfrentan en batallas simbólicas por la victoria y el honor, transformando el nacionalismo en saludables confrontaciones sobre un terreno donde los gladiadores-futbolistas “sudarán la camiseta” por su patria. Que el sudor sustituya a la sangre constituye, sin duda, uno de los grandes avances de la naturaleza humana.

Hay himnos de especial solemnidad, como el de Alemania, La canción de los alemanes (Deutschlandlied), cuya melodía fue compuesta por el gran músico clásico Joseph Haydn en 1797, originalmente como un himno dedicado al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. La letra fue escrita en 1841 por el poeta August Heinrich Hoffmann von Fallersleben. En su versión original constaba de tres estrofas, pero desde 1952 solo se interpreta la tercera, ya que las dos primeras contienen referencias territoriales y nacionalistas que fueron instrumentalizadas por el régimen nazi. La estrofa vigente exalta, en cambio, la unidad, la justicia y la libertad.

Otro himno de gran solemnidad es el de Inglaterra, God Save the King —o God Save the Queen, según el monarca reinante—. Se interpretó públicamente por primera vez en Londres en 1745, durante el reinado de Jorge II, cuando enfrentaba una rebelión que pretendía restaurar a la dinastía de los Estuardo. Una de las teorías más conocidas sostiene que deriva de una composición francesa dedicada a Luis XIV en el siglo XVII y que incluso habría celebrado su recuperación tras una delicada operación de hemorroides.

Con el tiempo, God Save the King se convirtió en el himno del Imperio Británico y sirvió de modelo para numerosos himnos nacionales.

Varios países de la Mancomunidad que compitieron en el Mundial, como Australia, Nueva Zelanda y Canadá, terminaron adoptando composiciones propias. Este último, además, posee dos versiones oficiales de O Canada: una en inglés y otra en francés, reflejo de su carácter bilingüe.

La próxima semana conoceremos más historias detrás de otros himnos que resuenan en el Mundial 2026.

Continuamos con algunas recomendaciones para comentaristas que deben rellenar noventa minutos en partidos que, al menos a primera vista, parecen poco atractivos.

Tomemos como ejemplo el encuentro entre Jordania y Argelia del pasado 22 de junio. Disputado de noche para América Latina y de madrugada para Europa, probablemente no despertó mayor interés fuera de algunos países del Medio Oriente, donde se ubica Jordania, y Argelia en el norte de África, región conocida como el Magreb.

Muchos aficionados asumieron, equivocadamente, que sería un duelo menor. Sin embargo, Argelia remontó en los minutos finales un partido que perdía para imponerse 2-1. Por ende la pelea por el segundo lugar del Grupo J se dio entre Argelia y Austria. Ambos fueron eliminados en la siguiente fase.

También hemos visto en este torneo el buen desempeño de las selecciones africanas, algo que ya no debería sorprender. Desde hace más de tres décadas los equipos de ese continente son competitivos y aportan numerosos futbolistas a las principales ligas europeas. Por eso, en este polémico mundial que aumento la cifra de e 32 a 48 selecciones África cuenta ahora con diez representantes: cuatro son de población mayoritaria árabe: Egipto, Túnez, Argelia y Marruecos y los otros seis son naciones subsaharianas de mayoría étnica africana: Cabo Verde, Costa de Marfil, Ghana, Senegal, República Democrática del Congo y Sudáfrica.

A ellas se suman cuatro selecciones árabes del Medio Oriente: Iraq, Jordania, Qatar y Arabia Saudita.

Una rivalidad futbolística poco conocida es la de Egipto y Argelia, dos selecciones que participan en este Mundial. El episodio más recordado fue denominado “La Guerra del Fútbol de 2009”, durante las eliminatorias para Sudáfrica 2010. Antes del partido decisivo en El Cairo, el autobús de la selección argelina fue apedreado por aficionados locales, dejando varios jugadores heridos. El incidente escaló hasta convertirse en un problema diplomático entre ambos gobiernos.

El desempate tuvo que disputarse en terreno neutral, en Jartum, Sudán. Argelia ganó 1-0 y obtuvo la clasificación al Mundial, pero la violencia volvió a estallar entre seguidores de ambas selecciones.

El fanatismo por el futbol compite también en el islamismo en el mundo árabe y musulmán.

Me muevo. Uno, dos, tres pasos.
Nadie puede negar que avancé un poco.
Se pueden ver mis huellas en el suelo,
pero amanezco en el mismo sitio.

Poema: ¨Me muevo¨. Rafael Cadenas. Memorial. 1977.

Es muy doloroso ver las imágenes y escuchar los testimonios sobre el devastador terremoto que azotó a Venezuela hace pocos días. Pareciera que los habitantes de mi tierra natal padecen una plaga tras otra. Primero fueron veinticinco años de destrucción provocada por los delirios, la perversión y la ineficiencia del chavismo; ahora, cuando parecía que los venezolanos comenzaban a salir de esa pesadilla mediante una transición impulsada bajo el tutelaje de Estados Unidos, la Naturaleza —cuyas leyes no distinguen entre las grandes y las pequeñas preocupaciones humanas— vuelve a golpear al país.

En meses decisivos para negociar una transición para facilitar el retorno de la paz, la tranquilidad y la libertad a Venezuela, ocurre este desastre que obliga a refundar el país, no solo en el plano institucional, sino también desde los escombros que dejaron a millones de personas sin familiares, hogares ni servicios básicos.

El terremoto más «famoso» de la historia venezolana ocurrió el 26 de marzo de 1812. No alcanzó esa notoriedad por su magnitud —que solo comenzó a estudiarse científicamente en el siglo XX—, sino porque ocurrió un Jueves Santo, pocos meses después de la declaración de independencia. Muchos clérigos partidarios de la Corona española lo presentaron como un «castigo divino» por la rebelión contra el rey.

Numerosos soldados independentistas, diezmados por la tragedia, cambiaron entonces de bando y varias poblaciones se rindieron sin combatir. Fue en ese contexto cuando nació la célebre frase atribuida a Simón Bolívar: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca», recogida o inventada por el médico y periodista José Domingo Díaz en Recuerdos sobre la rebelión de Caracas (1829).

El artista plástico venezolano Tito Salas recreó este momento histórico en su famoso óleo sobre tela de 1929

No es tiempo de leyendas ni de demagogia, sino de ayuda humanitaria y reconstrucción. Pero cuidado: que los recursos no terminen otra vez en manos de quienes durante años han jugado con el hambre, la salud y la esperanza de los venezolanos. Como escribió el poeta Rafael Cadenas: «Amanezco en el mismo sitio»…

EDITORIAL DE CÉSAR MIGUEL RONDÓN EN SU PROGRAMA CMRHOY

Venezuela no está sola. Una joven canta “Venezuela No Está Sola”, una canción emotiva dedicada a Venezuela, a los damnificados y a todas las familias que están lejos sin poder abrazar a sus seres queridos. Cantautora: Elena Rose. El Don de la Voz.

A CONTINUACIÓN UN HOMENAJE A VENEZUELA CON CANCIONES FOLCLÓRICAS Y/O DEDICADAS AL PAÍS POR ALGUNOS CANTANTES:

YORDANO, CANCIÓN ¨QUIERO VIVIR¨.

ILÁN CHESTER: “VIAJERA DEL RÍO”, UN VALS DEL COMPOSITOR MANUEL YÁNEZ, CANCIÓN EMBLEMÁTICA DE GUAYANA Y DEL ESTADO BOLÍVAR.

SIMÓN DÍAZ, FALLECIDO CANTAUTOR, COMPOSITOR DE ¨CABALLO VIEJO¨

JOROPO, MÚSICA LLANERA.

LA GUITARRISTA CROATA ANA VIDOVIC INTERPRETANDO VALS DEL LEGENDARIO ANTONIO LAURO.

Si a algún comentarista se le dificulta rellenar con datos interesantes un partido como Uzbekistán vs. República Democrática del Congo (RDC), además de mencionar los clubes y ligas donde juegan sus futbolistas, podría aportar información como la siguiente.

La RDC es el segundo país más extenso de África, después de Argelia, y también se le conoce como Congo-Kinshasa para diferenciarla de Congo-Brazzaville, denominaciones tomadas de las capitales de ambos países. Comparten nombre porque se ubican en la cuenca del río Congo.

La diferencia es que Congo-Brazzaville fue colonia francesa, mientras que la RDC fue propiedad personal del rey Leopoldo II de Bélgica, caso único de un monarca que obtuvo una colonia para sí mismo. Las atrocidades cometidas durante su administración obligaron a transferirla al Estado belga en 1908.

La RDC ha sido además el epicentro de la llamada “Primera Guerra Mundial Africana”, denominada así por la cantidad de países involucrados, su extensión territorial y su duración. Su primera fase se desarrolló entre 1998 y 2003. El conflicto continúa hasta hoy mediante enfrentamientos entre grupos armados y fuerzas gubernamentales por el control de regiones ricas en coltán —mineral indispensable para fabricar semiconductores—, además otros minerales. Detrás de muchos de estos actores aparecen gobiernos vecinos e intereses económicos internacionales.

FUENTE: Untold African Wars y DOLACREATIVE TV

Uzbekistán surgió como estado soberano tras la disolución de la Unión Soviética en 1991. Está ubicado en Asia Central, una región habitada históricamente por pueblos túrquicos e influida por la cultura persa de cuyo idioma proviene el sufijo “-stán”, traducible como “tierra de”, presente en nombres como Kazajistán, Turkmenistán, etc.  Ciudades de Uzbekistán como su actual capital, Tashkent, junto a Samarcanda y Bujará entre otras, formaron parte de la Ruta de la Seda.

De mayoría musulmana, pero oficialmente laica, Uzbekistán clasificó por primera vez a una Copa del Mundo. La RDC lo hace por segunda ocasión, la primera bajo el nombre de Zaire.

No sabemos qué promete este partido, pero si el fútbol no ofrece demasiado espectáculo, estos datos pueden ayudar a completar la transmisión.

DE REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DE CONGO A ZAIRE Y DE VUELTA…

Estos son algunos datos sobre selecciones que participan en el Mundial de Fútbol 2026 para comentaristas que, en ciertos partidos, podrían quedarse sin temas de conversación o cometer errores al intentar rellenar el espacio-tiempo de los 90 minutos reglamentarios. Pensemos, por ejemplo, en un Bosnia y Herzegovina-Qatar del 24 de junio o un Cabo Verde-Arabia Saudita dos días después.

Como mínimo, cualquier comentarista debería saber que Bosnia y Herzegovina formó parte de la desaparecida Yugoslavia, la federación comunista que se desintegró tras una devastadora serie de guerras entre 1991 y 1997. También pertenecieron a ella Croacia —presente en este Mundial— y otras selecciones hoy ausentes como Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte y Eslovenia. A ellas se suma Kosovo, reconocido por la mayoría de los países del mundo, aunque no por Serbia, Rusia y varios de sus aliados.

El gentilicio más sencillo para referirse a sus futbolistas es “bosnios”, aunque existen otras denominaciones oficiales. Su máxima figura histórica es Edin Džeko, goleador récord de la selección con 70 tantos.

De Qatar se puede comentar su compleja situación geopolítica actual. Esta monarquía del Golfo Pérsico, con acceso directo al estratégico estrecho de Ormuz, mantiene una delicada relación con Irán y compite intensamente con Arabia Saudita por atraer comercio, turismo y grandes eventos deportivos. Gracias a esa estrategia, organizó antes que los saudíes el primer Mundial celebrado en Medio Oriente. Además, sus inversiones alcanzan clubes como el PSG y el Sporting Braga de Portugal.

Sobre Cabo Verde conviene recordar que se trata de un archipiélago atlántico situado frente a la costa noroccidental de África, independiente de Portugal desde 1975. Sus habitantes son caboverdianos (por favor, no llamen “cabos verdes” a sus futbolistas) y su idioma oficial es el portugués.

De allí los nombres de algunos de sus jugadores: Ryan Mendes, máximo goleador histórico de la selección; Wilson Benchimol Tavares, que milita en Rusia; o Logan Costa, defensor del Villarreal español.

Los “Tiburones Azules” representan a una de las democracias más estables de África y llevarán al Mundial la alegría de una cultura marcada por influencias portuguesas, brasileñas y africanas. Su música, al igual que su fútbol, es una fascinante mezcla de mundos.

Vivimos tiempos en los que la democracia parece transformarse en un sistema cada vez más disfuncional. Contribuyen a ello el colapso de los partidos políticos tradicionales, la personalidad autocrática de candidatos que se disfrazan de demócratas y la frustración de mayorías que habitan un mundo donde el crimen, la corrupción y la desinformación se han globalizado. En palabras del politólogo Moisés Naím, autor de La revancha de los poderosos (2022), vivimos una época marcada por tres “pes”: populismo, polarización y posverdad.

Presento algunas reflexiones basadas en este contexto:

  • Los populistas tienen una ventaja evidente: las generaciones más jóvenes nacieron en una cultura de la inmediatez, rodeadas de tecnologías que aceleran la vida cotidiana y fomentan la expectativa de soluciones rápidas para problemas complejos. La democracia, en cambio, exige paciencia, negociación y respeto por la institucionalidad y la separación de poderes. No sorprende, entonces, que en muchas sociedades crezca la tentación de depositar esperanzas en líderes fuertes, incluso en aquellos que prometen ejercer el poder mediante métodos autoritarios o violentos. El populismo, cada vez más, se parece al autoritarismo.
  • Aunque periodistas e intelectuales insisten en que los candidatos expliquen sus programas de gobierno y detallen cómo resolverán los problemas públicos, al final suele imponerse la lógica del rating, el escándalo y, muchas veces, el morbo. Es lo que el escritor checo Milan Kundera llamó “imagología” en su novela La inmortalidad (1990): un universo dominado por publicistas, asesores de imagen, diseñadores, celebridades y fabricantes de apariencias. Mientras más se simplifique la realidad en la narrativa de “buenos contra malos”, mayor será la polarización.
  • Políticos, periodistas e influencers se han convertido, en demasiados casos, en propagandistas e imagólogos. Ha quedado atrás el ideal de un periodismo que, con todas sus limitaciones, aspiraba a la honestidad intelectual, la verificación de los hechos y cierta neutralidad. Ese deterioro del compromiso con la verdad es, precisamente, el terreno fértil de la posverdad.

TUCÍDIDES EN HAMZI

¿De qué trata este texto cuyo título parece escrito en algún idioma antiguo, atravesado por resonancias helénicas y chinas?

Comencemos por lo más reciente.

Un presidente chino, Xi Jinping, le expresa en mandarín (que utiliza caracteres chinos), a uno estadounidense, Trump, la advertencia formulada por un profesor de historia y ciudadano norteamericano: “Debemos evitar caer en la trampa de Tucídides”. Lo más probable es que Trump no haya comprendido del todo lo que el mandatario asiático quiso decirle y con respecto a Xi hay dos posibilidades, o bien leyó Destinados a la guerra: ¿Pueden América y China escapar a la trampa de Tucídides? (2017), del politólogo Graham T. Allison, o algún asesor le explicó el concepto que plantea ese historiador y profesor de Harvard.

Sea cual fuere la honestidad intelectual del líder chino, la anécdota revela algo evidente: para una cumbre como la celebrada recientemente en Pekín entre los dirigentes de las dos superpotencias del planeta, el anfitrión decidió demostrar —empresa nada difícil— que era un líder más culto y sofisticado que Trump.

Pero ¿a qué se refería Xi Jinping al mencionar la teoría de un historiador griego del siglo V a. C., célebre por su análisis de la guerra del Peloponeso, conflicto en el que se enfrentaron Atenas y sus ciudades aliadas contra Esparta y sus seguidores?

Tucídides concluyó, a partir de la guerra que le tocó vivir, que cuando existe una potencia en decadencia —Esparta— y otra emergente —Atenas, que incluso llegó a formar una especie de “OTAN” de la época, la Liga de Delos—, el desenlace bélico se vuelve casi inevitable tarde o temprano.

Graham Allison también comparó dieciséis conflictos semejantes ocurridos siglos después y descubrió que solo en cuatro casos se logró evitar la guerra.

Así, utilizando palabras provenientes del universo del Hanzi (el alfabeto chino) y evocando la teoría de Allison sobre la conclusión de Tucídides, Xi Jinping le estaba advirtiendo a Trump: cuidado con Taiwán, con los aranceles y con inmiscuirse demasiado en el Pacífico, porque quizá, de lo contrario, no quede un nuevo Tucídides —ni siquiera seres humanos— para escribir la historia de una guerra apocalíptica entre las potencias que ambos representan. La paz entre China y EEUU no es entre dos países, es la de la supervivencia del planeta.

A juzgar por la política exterior de Estados Unidos durante el segundo mandato de Donald Trump, queda claro que el presidente norteamericano no solo pretende reformular el frente doméstico, sino que su ambición parece priorizar la reestructuración del sistema internacional. Desde 2015, Trump jamás ocultó que su credo político, el “Make America Great Again” no era un eslogan vacío, sino la declaración de una doctrina basada en proteccionismo, control migratorio, y repliegue estratégico. Aranceles para corregir un comercio que considera desfavorable, exigencias a la OTAN para que financie su propia defensa y rechazo a guerras interminables forman parte de una narrativa.

En este segundo período, Trump parece asumir que la disputa imperial del siglo XXI —marcada por la competencia con China por mercados, influencia y recursos— exige ignorar las viejas reglas del orden liberal surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. Como los chinos y otros autócratas de potencias medianas como Putin en Rusia, Erdogán en Turquía y los ayatolás en Irán, entre otros, el presidente de EEUU gobierna mediante decretos de emergencia, esquivando controles institucionales y relativizando la legalidad internacional.

Así, el mundo asiste al lento desmontaje del sistema de alianzas que Washington construyó durante décadas: una OTAN debilitada, aliados incómodos como Alemania, lugar del cual acaba de ordenar la retirada de tropas estadounidenses, y que hablar de España,  y una diplomacia que ya ni siquiera, en discurso, prioriza la promoción de la democracia como en el caso de Venezuela en donde tras una espectacular operación militar que extrajo, quirúrgicamente, a su dictador, dejó en el poder a sus secuaces y no parece apurarlos a como mínimo, respetar Derechos Humanos y proteger, en lugar de, atentar la vida de sus ciudadanos a cambio de manejar los inmensos recursos energéticos de ese país.

La salida de Emiratos Árabes Unidos de ese organismo parece tener relación, también, con presión estadounidense para la reducción del precio del petróleo.

Trump quiere cambios, sí, pero sobre todo en sus socios… rara vez en sus adversarios.