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A juzgar por la política exterior de Estados Unidos durante el segundo mandato de Donald Trump, queda claro que el presidente norteamericano no solo pretende reformular el frente doméstico, sino que su ambición parece priorizar la reestructuración del sistema internacional. Desde 2015, Trump jamás ocultó que su credo político, el “Make America Great Again” no era un eslogan vacío, sino la declaración de una doctrina basada en proteccionismo, control migratorio, y repliegue estratégico. Aranceles para corregir un comercio que considera desfavorable, exigencias a la OTAN para que financie su propia defensa y rechazo a guerras interminables forman parte de una narrativa.

En este segundo período, Trump parece asumir que la disputa imperial del siglo XXI —marcada por la competencia con China por mercados, influencia y recursos— exige ignorar las viejas reglas del orden liberal surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. Como los chinos y otros autócratas de potencias medianas como Putin en Rusia, Erdogán en Turquía y los ayatolás en Irán, entre otros, el presidente de EEUU gobierna mediante decretos de emergencia, esquivando controles institucionales y relativizando la legalidad internacional.

Así, el mundo asiste al lento desmontaje del sistema de alianzas que Washington construyó durante décadas: una OTAN debilitada, aliados incómodos como Alemania, lugar del cual acaba de ordenar la retirada de tropas estadounidenses, y que hablar de España,  y una diplomacia que ya ni siquiera, en discurso, prioriza la promoción de la democracia como en el caso de Venezuela en donde tras una espectacular operación militar que extrajo, quirúrgicamente, a su dictador, dejó en el poder a sus secuaces y no parece apurarlos a como mínimo, respetar Derechos Humanos y proteger, en lugar de, atentar la vida de sus ciudadanos a cambio de manejar los inmensos recursos energéticos de ese país.

La salida de Emiratos Árabes Unidos de ese organismo parece tener relación, también, con presión estadounidense para la reducción del precio del petróleo.

Trump quiere cambios, sí, pero sobre todo en sus socios… rara vez en sus adversarios.

Antes de que Sudán y Sudán del Sur se separaran en 2011 tras un plebiscito, ambos territorios formaban un solo país gobernado durante más de 30 años por el dictador Omar al-Bashir. El tirano promovió el exterminio de musulmanes no árabes en la provincia de Darfur entre 2003 y 2005, crimen por el cual la Corte Penal Internacional lo acusó de genocidio —300 mil víctimas—. Sus milicias de islamistas radicales, los Janjaweed, actuaron como brazo paramilitar para encubrir la responsabilidad del Ejército y simular que él no controlaba a los verdugos.

Al-Bashir también utilizó a los Janjaweed para masacrar a la población étnicamente africana y no árabe, de fe cristiana del sur, y, temiendo que algún gobierno extranjero lo entregara a la justicia internacional, decidió convocar a un plebiscito que dio origen al país más joven de África: Sudán del Sur.

Seis años después de la caída del dictador, Sudán está inmerso en una guerra civil. Los paramilitares Janjaweed —ahora aliados con milicias dirigidas por el general “Hemeti”, rebautizadas como Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR)— combaten por el poder contra las Fuerzas Armadas (FFAA) del “gobierno de transición” encabezado por el general al-Burhan.

El periodista de The Telegraph, Jack Wallis Simons, resumió esta tragedia en su artículo del 3-11-25: “Esta masacre empequeñece a Gaza en magnitud y contrasta radicalmente con ella en cuanto a intenciones. No hay corredores humanitarios, ni advertencias para evacuar, ni ayuda. Ni siquiera se pretende distinguir entre civiles y combatientes… ¿Dónde está, sin embargo, la indignación?”

Y él mismo se responde: “Es cierto lo que dicen: sin judíos, no hay noticias”.

Esta provocadora tesis la plantea el periodista Jack Wallis Simons en un artículo publicado en The Telegraph el 3 de noviembre de 2025, titulado “¿Por qué Sudán no es una causa de protesta?” (https://www.telegraph.co.uk/news/2025/10/28/sudan-genocide-double-standards/).

La geopolítica del oro y los verdugos

Emiratos Árabes Unidos (EAU), junto a otros países musulmanes y varias potencias mundiales, está suministrando armas a ambos bandos del conflicto reactivado en 2023. China vende equipo militar a las dos partes con una lógica estrictamente comercial, mientras Rusia se involucra enviando a sus mercenarios Wagner para reforzar al gobierno de al-Burhan y a las FFAA sudanesas, respaldadas también por Turquía e Irán. Por su parte, Libia y, sobre todo, EAU arman intensamente a las FAR, principales responsables del genocidio de Darfur y de nuevas masacres contra cristianos en Sudán del Sur. El interés común de estos actores es evidente: el enorme botín de oro en los territorios en disputa.

Un genocidio silencioso

Desde 2023, mientras el mundo concentraba su atención en la guerra de Gaza, la tragedia sudanesa ha alcanzado niveles apocalípticos. La ONU documenta ejecuciones sumarias perpetradas por las FAR. Solo en El Fasher, capital de Darfur del Norte, más de 250 mil personas están sitiadas, padeciendo hambre, enfermedades y asesinatos. En Darfur, los Janjaweed han reanudado el exterminio: se calcula que 250 mil personas han muerto; más de 150 mil niños sufren desnutrición y unas 450 mil personas han sido desplazadas. Las cifras son escalofriantes.

A diferencia de Gaza, en donde no hubo un intento de exterminar sistematica y definitivamente al pueblo palestino que allí habita y el conflicto de dos años comenzó por una masacre perpetrada por el grupo terrorista Hamas y no por una política diseñada para erradicar a los gazatíes si bien hay algunos dirigentes políticos israelíes extremistas – sin poder directo sobre el ejército ni los servicios de inteligencia externos del estado de Israel – en el caso de Sudán ha habido un plan de años para liquidar a población no árabe y no musulmana, lo que califica en la definición de la ONU y de la Corte Penal Internacional como genocidio: el intento de eliminar, total o parcialmente a una población por su identidad étnica, religiosa, racial, tribal o incluso, sus ideas políticas.

Pero el caso de la guerra de Gaza causó un efecto intenso mundial a diferencia del sudanés que, apenas, es cubierto por medios tradicionales e influencers de las redes sociales.

La tesis de Simons

Jack Wallis Simons —periodista británico, hijo de padre no judío y madre judía, autor de varios libros sobre la percepción occidental hacia Israel, entre ellos Israelophobia— sostiene que, pese a las narrativas predominantes, “el conflicto de Gaza fue una guerra, no un genocidio”. Y luego precisa:

“Esta masacre (en Sudán) empequeñece a Gaza en magnitud y contrasta radicalmente con ella en cuanto a intenciones. No hay corredores humanitarios, ni advertencias para evacuar, ni ayuda. Ni siquiera se pretende distinguir entre civiles y combatientes… ¿Dónde está, sin embargo, la indignación?”

A esa pregunta le añade otra, aún más incómoda: ¿dónde está la indignación global frente a Sudán? Hubo apenas una protesta en Londres, insignificante comparada con el furor internacional desatado por la ofensiva israelí contra Hamás.

PROTESTA EN PARIS POR SUDÁN

VS

PROTESTA EN PARIS POR GAZA

Simons continúa:

“Nadie sería tan ingenuo como para esperar que la multitud de activistas por la ‘Palestina Libre’ salga a las calles con pancartas exigiendo el fin del genocidio de Sudán. Nadie imagina cánticos de ‘¡Muerte a las RSF!’”.

Para él, la explicación es transparente:

“La empatía selectiva de la gente de Gaza está al servicio de una agenda cínica”.

Y concluye con una frase lapidaria que condensa su tesis:

“Es cierto lo que dicen: sin judíos, no hay noticias”.

Una reflexión necesaria

En estos tiempos de antiisraelismo y antisemitismo crecientes, no está de más que Occidente examine por qué existe tanta indignación selectiva contra algunos países y, al mismo tiempo, tanta indiferencia frente a los verdugos que cometen masacres en distintas partes del mundo.

En el caso del Estado de Israel, sin negar la composición del gobierno de Netanyahu —con varios miembros extremistas en su gabinete—, es comprensible que, incluso antes del atentado terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, muchos ciudadanos israelíes y judíos del mundo sintieran un temor legítimo: la posibilidad de que esa coalición política marcara un punto de inflexión para la sólida y arraigada democracia del país.

Luego vino la peor masacre de judíos desde el Holocausto. Hubo cierta indignación mundial, sí, pero no la suficiente como para llenar las calles de Occidente con manifestantes condenando a Hamás y a los grupos islamistas radicales que sí son genocidas porque buscan exterminar físicamente a sus enemigos.

Y ahora expliquemos un poco que significa la palabra SIONISMO. Y si es el anti sionismo una forma de antisemitismo.

El sionismo es el movimiento nacional del pueblo judío. Surgió formalmente en 1897 y promovía, mediante la diplomacia, el retorno de los descendientes de los antiguos hebreos a su patria ancestral, dos veces independiente en la Antigüedad. Es cierto que muchos de sus fundadores reconocieron que no regresaban a una “tierra sin pueblo”: desde el siglo VII d.C., los árabes musulmanes constituían la mayoría de la población. Por ello, el liderazgo sionista aceptó el plan de partición aprobado por la ONU en 1947, que proponía dividir la Palestina británica (llamada así desde los tiempos del emperador romano Adriano en el siglo II DC), en dos Estados: uno judío y otro árabe.

El término “sionismo” proviene del monte Sion, en Jerusalén, y se mantuvo vivo en la tradición judía del exilio a través de textos bíblicos como Isaías 2:3: “De Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor”, frase incorporada a las plegarias diarias del judaísmo.

Muchas de las protestas contra la estrategia del gobierno de Netanyahu durante la guerra en Gaza han sido legítimas. Sin embargo, otras fueron impulsadas por simpatizantes de Hamás que manipularon a personas poco informadas sobre el conflicto, llevándolas a portar consignas como “Del río al mar, Palestina será libre”, sin comprender su carácter abiertamente genocida: la eliminación de Israel entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, no su coexistencia con un Estado palestino.

EDITORIAL DE BILL MAHER EN SU PROGRAMA DE HUMOR POLÍTICO ¨REAL TIME¨- 15 DICIEMBRE, 2023.

La demonización sistemática de Israel y la negación de su derecho a existir en cualquier porción del territorio disputado constituyen anti sionismo y, además, un llamado implícito a la destrucción de un pueblo. Por lo tanto, manifestaciones contemporáneas de antisemitismo.

La mayoría de quienes marchan con esas consignas son personas bienintencionadas, indignadas ante lo que creen causas nobles. Pero, manipuladas por propaganda eficaz, terminan cayendo en la trampa de seguir la corriente de grupos con agendas ideológicas que hacen sentir a la generación Z como activistas virtuosos —lo que el periodista y escritor español Pérez-Reverte llamaría “buenismo tonto”—, pero que en la práctica le hacen un favor a gobiernos y organizaciones profundamente siniestros.

La diferencia entre estar en contra de un gobierno específico de una democracia como Israel (como lo está quien escribe estas líneas) y el antisionismo es crucial. El sionismo no es otra cosa que reconocer el derecho de Israel a existir —con todas las críticas que se quiera—. En cambio, el antisemitismo, que antes de la creación de Israel se expresaba como “judíos, váyanse a casa”, hoy se reformula como “judíos, váyanse de su casa”. Por eso, el antisionismo es antisemitismo.

LUCIDA REFLEXIÓN DEL FALLECIDO ESCRITOR ISRAELÍ, Y FUNDADOR DEL MOVIMIENTO ¨PAZ AHORA¨ AMOZ OZ. 2016.

Siguiendo la reflexión del periodista Jack Wallis Simons, cabría preguntar por qué la indignación selectiva. El mundo ofrece innumerables causas urgentes para protestar: Ucrania frente a la agresión de Putin; Yemen, Sudán, Libia, Somalia; la devastadora guerra en la República Democrática del Congo; o las tiranías de Corea del Norte, China, Myanmar, Rusia, Irán, Cuba. etc. También la sistemática violación de los derechos de las mujeres en Afganistán, Irán o varias monarquías árabes.

Greta y otros activistas bienintencionados, revisen esta lista y hagan algo para convencer a los escépticos de que su preocupación por los pueblos vulnerables no está contaminada por un antisemitismo recóndito, quizá subconsciente, ya sea de la herencia del cristianismo fanático medieval europeo o de la izquierda radical post-URSS.

Como se pregunta Simons, con crudeza, será que: “No Jews, ¿no news?

Y para quienes, siguiendo la reflexión de Jack Wallis Simons, solo parecen indignarse cuando hay judíos en el “escenario”, aquí tienen otras referentes femeninas y musulmanas, galardonadas con el Premio Nobel de la Paz que han luchado por los DDHH en paises o territorios dominados por islamistas radicales, también antisemitas religiosos.

 

Shirin Ebadi (2003, Irán).

Tawakkul Karman (2011, Yemen).

Malala Yousafzai (2014, Pakistán).

BILL MAHER, MAYO 2026.

SÁNCHEZ EL MARXISTA

«Si no le gustan mis principios, tengo otros». —Director, actor y humorista Groucho Marx.

Es un campeón de la retórica, un equilibrista de la política. Sabe cómo, pese a lo evidente de su cercanía con escándalos que rodean a su entorno, mantener cohesionada una coalición parlamentaria heterogénea: extrema izquierda, regionalistas y separatistas.

En fin, es el gobernante ideal para presentarse ante muchos españoles y europeos como adalid de los Derechos Humanos cuando conviene —frente a Trump o Netanyahu—, pero que no pestañea cuando toca callar ante la Venezuela “Delcista” o la Turquía “Erdoganista”, que invade Siria y margina a los kurdos.

EDITORIAL DEL PERIODISTA CÉSAR MIGUEL RONDÓN COMENTA EL 21 DE ABRIL DE 2026 SOBRE LA VISITA DE MARÍA CORINA MACHADO A ESPAÑA Y POR QUÉ FELIPE GÓNZÁLEZ RE FUNDADOR DEL PARTIDO SOCIALISTA Y ALBERTO NUÑEZ FEIJÓO, ACTUAL PRESIDENTE DEL PARTIDO DE CENTRO DERECHA PARTIDO POPULAR, HOMENAJEARON A LA LIDERESA VENEZOLANA SIN LA PRESENCIAL DE PEDRO SÁNCHEZ.

Y, sin rubor, Sánchez equipara a España con la China de Xi Jinping como “países de rectitud moral”.

EL DICTADOR XI JINPING CON SUS CAMARADAS PUTIN Y KIM JON IL. ¿ESTÁ ESPAÑA, COMO DIJO SÁNCHEZ, EN EL LADO CORRECTO DE LA HISTORIA JUNTO A CHINA?

¿Rectitud moral? ¿La de un gobierno cercado por sospechas y crisis políticas que han golpeado a su partido en los últimos años? ¿O la de una potencia que reprime a disidentes y minorías como los uigures en la provincia de Xinjiang?

Es cierto: Trump y Netanyahu no lo ponen difícil. Su estilo facilita que muchos líderes europeos marquen distancia. También es legítimo cuestionar la conducción israelí de la guerra en Gaza. Pero llamar “genocidio” al conflicto sin matices —ignorando el ataque previo de Hamás, cuya retórica sí encaja en esa definición— revela más cálculo político que rigor moral. Lo mismo ocurre cuando se respalda judicialmente acusaciones que ni siquiera han prosperado en esos términos, cuando la Corte Penal de La Haya acusó al primer ministro israelí de crímenes de guerra, pero no genocidio.

¿De verdad le desvela Gaza, Líbano o Irán hasta el punto de desafiar a la OTAN, negarse a facilitar apoyo logístico o resistirse a aumentar el gasto en defensa? Algunos lo creen. Otros vemos una estrategia distinta: proyectar una política exterior moralizante que desvíe la atención de los problemas internos, donde los escándalos y las investigaciones han generado una presión constante sobre su gobierno y su entorno.

El problema de Sánchez es que, bajo una apariencia más sofisticada, comparte con otros líderes esa elasticidad moral que tanto critica. Marxista, sí, pero no en el sentido de Karl, sino en el de Groucho: cambiar de principios según convenga. Y gobierna, al final, parecido a ellos.

CAYETANA ALVAREZ DE TOLEDO ¨SÁNCHEZ NO ES NEMESIS DE TRUMP, SI NO DE MARÍA CORINA MACHADO¨.

PEDRO EL HUNGARO

Hay un país europeo que, en su lengua, se llama Magyaroszág. Sus orígenes se pierden en la historia: se asocian a tribus nómadas procedentes de Siberia, Manchuria y las estepas de Asia Central. Alcanzó notoriedad en Occidente en el siglo V, cuando los hunos, liderados por Atila, establecieron allí el centro de su imperio y extendieron el temor por las Galias, Italia y Bizancio, con Constantinopla como símbolo.

Ese territorio multiétnico, hoy unificado por una lengua común, es Hungría. Se constituyó como reino en el siglo X, cuando las tribus onogures dejaron su huella, incluso en el nombre con que se conoce al país. En su idioma, sin embargo, persiste la identidad de los magiares, que define tanto a la nación como a su gente.

El pasado domingo, Péter Magyar irrumpió en la escena política con una victoria parlamentaria que reavivó la esperanza de millones de ciudadanos y europeos que ven posible un retorno a estándares democráticos más sólidos. Hungría, a menudo considerada la “oveja negra” de la Unión Europea, podría iniciar un cambio tras años de dominio de Viktor Orbán, quien fue erosionando instituciones surgidas tras la caída del comunismo.

El apellido de Péter, Magyar no es un asunto menor: funciona como símbolo de unidad nacional. Aun así, no lo eximió de enfrentar el aparato construido por Orbán, marcado por control institucional, presión sobre la prensa y un clima de temor.

A su favor jugaron su juventud, su pasado en el oficialismo —el partido Fidesz— del que se distanció, y su ascenso dentro de Tisza, una fuerza de centroderecha con discurso renovador. También influyeron sus denuncias de corrupción y su prudencia ante temas polarizantes como el apoyo a Ucrania, priorizando recomponer la relación con la Unión Europea y desbloquear fondos destinados a ese país que por sus retrocesos democráticos han sido congelados.

No fue un triunfo de la izquierda, sino la derrota de Orbán. En ese gesto, los magiares apostaron no solo por un líder, sino por un equilibrio entre economía, democracia y pertenencia europea.

LA LUZ DEL LADO OSCURO

En la década de 1960 la NASA emprendió sus primeras misiones con la ambición de llevar al hombre a la Luna; el 11 de julio de 1969, el Apolo 11 consumó aquel sueño. Tras esa hazaña, cinco de las seis misiones Apolo lograron alunizar con éxito; el Apolo 13 fue la excepción: una explosión en un tanque de oxígeno impidió el descenso, pero la ingeniosa utilización del módulo lunar Aquarius como bote salvavidas permitió que la tripulación regresara a la Tierra con vida. Aquellos episodios, junto con tragedias ocurridas en tierra —el incendio de 1967 que costó la vida a tres astronautas— y la posterior catástrofe del transbordador Challenger, nos recuerdan que la exploración espacial, por más sofisticada que sea, nunca está exenta de riesgo.

Esos antecedentes iluminan la reciente misión Artemis II, en cuyo equipo viajaron una mujer y tres hombres encargados de estudiar la cara oculta de la Luna, una región poco explorada que los dejó incomunicados con la Tierra durante cuarenta minutos.

En ese lapso la tecnología no pudo contrarrestar la sombra lunar: tal vez los tripulantes experimentaron una calma ajena al frenesí de un planeta contrapunteado por ondas sonoras e imágenes. Por esos cuarenta minutos —y por unos días alrededor de la misión— los conflictos, los discursos y las banalidades cotidianas se disolvieron para ellos, dejando sólo la visión de la Tierra como una porción cósmica, no terrenal, suspendida en silencio.

Artemisa, diosa lunar de la mitología griega y hermana gemela de Apolo, el dios solar, presta nombre a la reciente misión. La elección del vocablo en inglés responde a estándares internacionales; si a algunos les disgusta por razones ideológicas, quizá convenga aprovechar esos cuarenta minutos de aislamiento y reflexión que la misión evoca: dejar de lado las disputas tribales y entregarse al asombro extraterritorial que nos iguala.

Al fin y al cabo, la exploración espacial debería ser un motivo de asombro compartido, un recordatorio de lo frágil y, a la vez, grandioso que es nuestro lugar en el universo.

LA PRECOZ Y LUCIDA ¨MAFALDA¨ DEL GENIAL QUINO

Todo acusado tiene derecho a ser procesado y, para ello, requiere un abogado. Este principio —propio de toda constitución democrática— implica que los derechos humanos alcanzan incluso a quienes no los respetan. Es una de las grandes conquistas del liberalismo político de los siglos XIX y XX: evitar que alguien quede indefenso frente al poder. Sin embargo, en la práctica, este axioma suele resultarnos incómodo. Muchas personas se indignan cuando un abogado defiende a corruptos; pero la incomodidad crece cuando se trata de responsables de genocidios o masacres.

El tema cobra actualidad con el abogado de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Nueva York, Barry J. Pollack. Aunque no los defiende por crímenes de lesa humanidad, sino por narcotráfico y otros delitos, conoce el historial de sus clientes, incluidas denuncias por violaciones a los derechos humanos. Pollack ha representado además a figuras poderosas en casos notorios como Enron, Paul Manafort, Roger Stone y Julian Assange. ¿Esto implica falta de ética? No necesariamente. Pero sí sugiere una preferencia por casos de alta rentabilidad y visibilidad, donde el prestigio y la notoriedad también cuentan.

La cuestión se vuelve más compleja cuando la defensa recae sobre quienes han ordenado torturas o exterminios. El caso de Hermann Göring en los Juicios de Núremberg (1945-1946), recreados en “Nuremberg” (2026), es ilustrativo. Su abogado, el Dr Dr. Otto Stahmer, alegó obediencia debida, argumento repetido por otros jerarcas nazis y por Adolf Eichmann en Jerusalén.

Otto Stammer, abogado de Göring.

Eludir responsabilidades mediante recursos jurídicos ha sido una estrategia frecuente de los poderosos. Para ello hay abogados dispuestos a defenderlos, por dinero, prestigio o convicción. Figuras como Jacques Vergès, defensor de Pol Pot, Klaus Barbie o Carlos “el Chacal”, encarnan esa ambigüedad: garantizan un derecho esencial, pero también evidencian que, a veces, la ética queda más en el discurso que en la práctica.

Quien observe un mapa del Golfo Pérsico —la franja marítima que separa a Irán de la península arábiga, donde hoy se ubican Omán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Yemen— advertirá un angosto paso que conecta con el mar Arábigo y el océano Índico: el Estrecho de Ormuz. Su nombre remite a antiguas fuentes persas, luego recogidas por griegos y romanos cuando sus imperios alcanzaron la región.

Hoy, en medio de la guerra de Irán, se repite un dato clave: cerca del 20% del petróleo mundial atraviesa este corredor. La tensión ha evidenciado que, pese a la presencia militar de Estados Unidos en la zona, Teherán conserva capacidad de interferir la navegación, con impacto inmediato en el abastecimiento energético y en los precios globales.

Pero Ormuz no es solo una arteria del petróleo moderno. Desde la antigüedad formó parte de rutas que enlazaban Mesopotamia y Persia con la India y África oriental. En el siglo VI a. C. fue enclave del Imperio persa aqueménida; siglos después, los califatos (imperios) árabes musulmanes lo integraron a su red comercial. En 1515, los portugueses ocuparon la isla de Ormuz y dominaron el tránsito marítimo. Más tarde, el Imperio persa safávida, aliado con Inglaterra, disputó su control frente a otomanos y mogoles (mongoles convertidos al islam). La influencia británica se extendió hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando el proceso de descolonización consolidó a Irán como actor central en la zona.

A partir de la revolución islámica iraní de 1979 el actual régimen teocrático iraní domina Ormuz y en su rivalidad con los países árabes, Israel y Estados Unidos (a quienes declara como pequeño y gran Satán, respectivamente), y su política expansionista del islamismo chiita a través de proxies en el Medio Oriente y de su intento de crear armas nucleares y el gran arsenal de misiles de largo alcance que demuestra que debe contenerse su poderío.

¿Justifica eso el actual conflicto? El tiempo lo dirá mientras el estrecho de Ormuz ensancha nuestro temor a una pesadilla de carácter global.

¨LOS QUE QUEDAN¨

En tres semanas de guerra, Estados Unidos e Israel han sido altamente eficaces en diezmar la infraestructura militar iraní: miles de misiles de largo alcance han sido destruidos y, sobre todo, se ha golpeado a la cúpula del régimen islamista. Israel haeliminado al líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, así como al jefe de la Guardia Revolucionaria —un cuerpo de más de 150.000 efectivos—, históricamente dirigido por los ayatolás supremos.

Más recientemente, la aviación israelí abatió a quien muchos consideraban el verdadero poder tras el trono: el director del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, filósofo y experto en Kant, señalado como uno de los principales responsables de la represión contra los sectores moderados.

También han sido alcanzados mandos de las brigadas Basiji, grupo paramilitar creado durante la guerra Irán-Irak (1980-1988) y conocido por su extrema violencia.

FUENTE; MIDDLE ESTAS FORUM

En cualquier otro país, una sucesión de golpes de esta magnitud habría provocado un vacío de poder suficiente para precipitar la caída del régimen o, al menos, para empujar a sus cuadros intermedios a negociar una tregua y un escenario de posguerra. Sin embargo, eso no parece ocurrir en Irán.

Y no se trata únicamente de la capacidad de la teocracia para atacar a Israel, a países árabes o para perturbar la navegación en el estrecho de Ormuz —con el consiguiente impacto en el mercado petrolero mundial—, sino, sobre todo, de la resiliencia de quienes permanecen en el poder.

“Los que quedan” han demostrado una notable capacidad para reorganizarse, sostener la ofensiva y complicar la estrategia de sus adversarios. Mientras el conflicto se prolonga, Israel y Estados Unidos ven desmentidas sus expectativas de un levantamiento popular inmediato contra el régimen. Aunque es probable que una parte significativa de la sociedad iraní desee un cambio político, la continuidad del sistema sugiere una oposición desarticulada, una población paralizada por el miedo en medio de los bombardeos o, simplemente, la fortaleza de un aparato que combina fanatismo, disciplina y décadas de preparación para escenarios como el actual.

EN PLENA HORA LAS INSTITUCIONES IRANÍES, COMO TRIBUNALES ISLÁMICOS DE ¨JUSTICIA¨ SIGUEN SENTENCIANDO A PERSONAS QUE PROTESTARON CONTRA EL RÉGIMEN HACE POCO TIEMPO.

PROGRAMA DE YOUTUBE DE CÉSAR MIGUEL RONDÓN. 9 MARZO, 2026. ENTREVISTA CON ARIEL SEGAL.

Dos semanas después del inicio de la guerra en Irán —un conflicto complejo para todos los involucrados y rodeado de visiones contrapuestas sobre si era inevitable o si pudo resolverse por la vía diplomática— persisten varias preguntas. Muchos analistas advertían que el régimen teocrático islamista de Teherán jamás aceptaría negociar el desmantelamiento de sus misiles de largo alcance ni renunciar a su programa nuclear orientado a obtener armas atómicas.

Surge así un primer interrogante: ¿debió Donald Trump actuar como George H. W. Bush en la Guerra del Golfo de 1991 contra Saddam Hussein, consolidando una amplia alianza militar con países europeos y con naciones árabes y musulmanas —como Turquía o Pakistán— para enfrentar a Irán sin involucrar directamente a Israel? La idea habría sido dejar claro que el objetivo era contener la aspiración expansionista iraní y su apoyo a milicias chiíes radicales como Hezbollah en Líbano o los Hutíes en Yemen, además de su influencia en Iraq, Siria y Arabia Saudita.

Otra cuestión es si debió plantearse abiertamente que el objetivo era cambiar el régimen iraní por uno moderado y cercano a Occidente o, como ahora se reconsidera, limitar la meta a forzar al régimen actual —desde una posición de debilidad— a aceptar un acuerdo: desmantelar misiles estratégicos, renunciar al enriquecimiento de uranio y romper vínculos con guerrillas y grupos terroristas apoyados durante décadas.

Para algunos analistas “realistas”, una guerra con Irán era inevitable. Sostienen que el régimen se acercaba cada vez más a China y que, en pocos años, sin una intervención terrestre habría sido casi imposible dañar seriamente su infraestructura militar.

Sin embargo, persisten dudas: ¿el asesinato del líder supremo fortaleció al sector más radical del régimen? Y si se buscaba una guerra corta, ¿fue acertado atacar infraestructura esencial que afecta a millones de civiles?

Muchos iraníes desean liberarse de un régimen opresivo, pero ante una guerra como esta parecen dispuestos a soportar mayores sacrificios antes que aceptar un cese al fuego inmediato.

VS.

Zineb Riboua es una investigadora especialista en cómo la participación de Rusia y China influye en conflictos en el Medio Oriente y en el Norte de África. En su largo seguimiento de la geopolítica de los regímenes de Putin y Xi Jinping en estas regiones, Riboua ha destacado cómo, especialmente, China ha decidido transformar a Irán en su mayor aliado estratégico del Medio Oriente con una inversión militar desmedida en 2025.

En su reciente artículo ¨La cuestión iraní es sobre China¨ (Beyond the Ideological, 28-02-26) la académica analiza con detalle y profundidad todo lo que el régimen de Pekín ha invertido en el sector militar, económico, portuario, trasporte y energético en el país pérsico. Israel ha aprovechado la oportunidad para debilitar, aún más, a la amenaza existencial más inminente que tiene en el Medio Oriente, pero varios analistas coinciden que la mayoría de las movidas bélicas y diplomáticas de Trump están destinadas a la guerra ¨fría¨ geopolítica con China.

Afirma Riboua: ¨… Pekín ha pasado años y miles de millones de dólares convirtiendo a Irán en un activo estructural. Todo lo que ocurre después en Oriente Medio se deriva de este hecho. Por eso la Operación Epic Fury es la primera campaña militar estadounidense que amenaza con cortar ese activo. Al atacar directamente a Irán, la administración Trump está desmantelando —ya sea por diseño o como consecuencia— uno de los pilares de la arquitectura regional de China¨, para más adelante informarnos:

¨Esta semana se informó que Teherán estaba cerca de finalizar un acuerdo para adquirir misiles de crucero antibuque supersónicos fabricados en China, armas capaces de amenazar a los portaaviones estadounidenses que ahora se concentran en el Golfo Pérsico. Anteriormente, proveedores chinos enviaron más de 1.000 toneladas de perclorato de sodio —un ingrediente clave para el propelente de misiles— al puerto iraní de Bandar Abbas, suficiente para reconstruir una parte sustancial del arsenal de misiles balísticos que Israel había pasado 12 días destruyendo.

Comprender por qué Pekín haría esto y qué significa para Estados Unidos requiere mirar más allá de Irán y hacia la competencia más amplia en la que Irán desempeña un papel¨.

El ANALISTA HAVIV RETTIG GUR TAMBIÉN PINESA QUE LA GUERRA DE TRUMP CONTRA IRÁN TIENE COMO PRINCIPAL MOTIVO LA GRAN CONFRONTACIÓN ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA. FUENTE: FREE PRESS.

Recomiendo buscar y leer todo el artículo de Riboua en:

https://www.hudson.org/national-security-defense/iran-strike-all-about-china-zineb-riboua