Vivimos tiempos en los que la democracia parece transformarse en un sistema cada vez más disfuncional. Contribuyen a ello el colapso de los partidos políticos tradicionales, la personalidad autocrática de candidatos que se disfrazan de demócratas y la frustración de mayorías que habitan un mundo donde el crimen, la corrupción y la desinformación se han globalizado. En palabras del politólogo Moisés Naím, autor de La revancha de los poderosos (2022), vivimos una época marcada por tres “pes”: populismo, polarización y posverdad.
Presento algunas reflexiones basadas en este contexto:
- Los populistas tienen una ventaja evidente: las generaciones más jóvenes nacieron en una cultura de la inmediatez, rodeadas de tecnologías que aceleran la vida cotidiana y fomentan la expectativa de soluciones rápidas para problemas complejos. La democracia, en cambio, exige paciencia, negociación y respeto por la institucionalidad y la separación de poderes. No sorprende, entonces, que en muchas sociedades crezca la tentación de depositar esperanzas en líderes fuertes, incluso en aquellos que prometen ejercer el poder mediante métodos autoritarios o violentos. El populismo, cada vez más, se parece al autoritarismo.
- Aunque periodistas e intelectuales insisten en que los candidatos expliquen sus programas de gobierno y detallen cómo resolverán los problemas públicos, al final suele imponerse la lógica del rating, el escándalo y, muchas veces, el morbo. Es lo que el escritor checo Milan Kundera llamó “imagología” en su novela La inmortalidad (1990): un universo dominado por publicistas, asesores de imagen, diseñadores, celebridades y fabricantes de apariencias. Mientras más se simplifique la realidad en la narrativa de “buenos contra malos”, mayor será la polarización.
- Políticos, periodistas e influencers se han convertido, en demasiados casos, en propagandistas e imagólogos. Ha quedado atrás el ideal de un periodismo que, con todas sus limitaciones, aspiraba a la honestidad intelectual, la verificación de los hechos y cierta neutralidad. Ese deterioro del compromiso con la verdad es, precisamente, el terreno fértil de la posverdad.
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