Antes de que Sudán y Sudán del Sur se separaran en 2011 tras un plebiscito, ambos territorios formaban un solo país gobernado durante más de 30 años por el dictador Omar al-Bashir. El tirano promovió el exterminio de musulmanes no árabes en la provincia de Darfur entre 2003 y 2005, crimen por el cual la Corte Penal Internacional lo acusó de genocidio —300 mil víctimas—. Sus milicias de islamistas radicales, los Janjaweed, actuaron como brazo paramilitar para encubrir la responsabilidad del Ejército y simular que él no controlaba a los verdugos.

Al-Bashir también utilizó a los Janjaweed para masacrar a la población étnicamente africana y no árabe, de fe cristiana del sur, y, temiendo que algún gobierno extranjero lo entregara a la justicia internacional, decidió convocar a un plebiscito que dio origen al país más joven de África: Sudán del Sur.
Seis años después de la caída del dictador, Sudán está inmerso en una guerra civil. Los paramilitares Janjaweed —ahora aliados con milicias dirigidas por el general “Hemeti”, rebautizadas como Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR)— combaten por el poder contra las Fuerzas Armadas (FFAA) del “gobierno de transición” encabezado por el general al-Burhan.

El periodista de The Telegraph, Jack Wallis Simons, resumió esta tragedia en su artículo del 3-11-25: “Esta masacre empequeñece a Gaza en magnitud y contrasta radicalmente con ella en cuanto a intenciones. No hay corredores humanitarios, ni advertencias para evacuar, ni ayuda. Ni siquiera se pretende distinguir entre civiles y combatientes… ¿Dónde está, sin embargo, la indignación?”
Y él mismo se responde: “Es cierto lo que dicen: sin judíos, no hay noticias”.
Esta provocadora tesis la plantea el periodista Jack Wallis Simons en un artículo publicado en The Telegraph el 3 de noviembre de 2025, titulado “¿Por qué Sudán no es una causa de protesta?” (https://www.telegraph.co.uk/news/2025/10/28/sudan-genocide-double-standards/).
La geopolítica del oro y los verdugos
Emiratos Árabes Unidos (EAU), junto a otros países musulmanes y varias potencias mundiales, está suministrando armas a ambos bandos del conflicto reactivado en 2023. China vende equipo militar a las dos partes con una lógica estrictamente comercial, mientras Rusia se involucra enviando a sus mercenarios Wagner para reforzar al gobierno de al-Burhan y a las FFAA sudanesas, respaldadas también por Turquía e Irán. Por su parte, Libia y, sobre todo, EAU arman intensamente a las FAR, principales responsables del genocidio de Darfur y de nuevas masacres contra cristianos en Sudán del Sur. El interés común de estos actores es evidente: el enorme botín de oro en los territorios en disputa.

Un genocidio silencioso
Desde 2023, mientras el mundo concentraba su atención en la guerra de Gaza, la tragedia sudanesa ha alcanzado niveles apocalípticos. La ONU documenta ejecuciones sumarias perpetradas por las FAR. Solo en El Fasher, capital de Darfur del Norte, más de 250 mil personas están sitiadas, padeciendo hambre, enfermedades y asesinatos. En Darfur, los Janjaweed han reanudado el exterminio: se calcula que 250 mil personas han muerto; más de 150 mil niños sufren desnutrición y unas 450 mil personas han sido desplazadas. Las cifras son escalofriantes.
A diferencia de Gaza, en donde no hubo un intento de exterminar sistematica y definitivamente al pueblo palestino que allí habita y el conflicto de dos años comenzó por una masacre perpetrada por el grupo terrorista Hamas y no por una política diseñada para erradicar a los gazatíes si bien hay algunos dirigentes políticos israelíes extremistas – sin poder directo sobre el ejército ni los servicios de inteligencia externos del estado de Israel – en el caso de Sudán ha habido un plan de años para liquidar a población no árabe y no musulmana, lo que califica en la definición de la ONU y de la Corte Penal Internacional como genocidio: el intento de eliminar, total o parcialmente a una población por su identidad étnica, religiosa, racial, tribal o incluso, sus ideas políticas.
Pero el caso de la guerra de Gaza causó un efecto intenso mundial a diferencia del sudanés que, apenas, es cubierto por medios tradicionales e influencers de las redes sociales.
La tesis de Simons
Jack Wallis Simons —periodista británico, hijo de padre no judío y madre judía, autor de varios libros sobre la percepción occidental hacia Israel, entre ellos Israelophobia— sostiene que, pese a las narrativas predominantes, “el conflicto de Gaza fue una guerra, no un genocidio”. Y luego precisa:
“Esta masacre (en Sudán) empequeñece a Gaza en magnitud y contrasta radicalmente con ella en cuanto a intenciones. No hay corredores humanitarios, ni advertencias para evacuar, ni ayuda. Ni siquiera se pretende distinguir entre civiles y combatientes… ¿Dónde está, sin embargo, la indignación?”
A esa pregunta le añade otra, aún más incómoda: ¿dónde está la indignación global frente a Sudán? Hubo apenas una protesta en Londres, insignificante comparada con el furor internacional desatado por la ofensiva israelí contra Hamás.

PROTESTA EN PARIS POR SUDÁN
VS
PROTESTA EN PARIS POR GAZA

Simons continúa:
“Nadie sería tan ingenuo como para esperar que la multitud de activistas por la ‘Palestina Libre’ salga a las calles con pancartas exigiendo el fin del genocidio de Sudán. Nadie imagina cánticos de ‘¡Muerte a las RSF!’”.
Para él, la explicación es transparente:
“La empatía selectiva de la gente de Gaza está al servicio de una agenda cínica”.
Y concluye con una frase lapidaria que condensa su tesis:
“Es cierto lo que dicen: sin judíos, no hay noticias”.
Una reflexión necesaria
En estos tiempos de antiisraelismo y antisemitismo crecientes, no está de más que Occidente examine por qué existe tanta indignación selectiva contra algunos países y, al mismo tiempo, tanta indiferencia frente a los verdugos que cometen masacres en distintas partes del mundo.
En el caso del Estado de Israel, sin negar la composición del gobierno de Netanyahu —con varios miembros extremistas en su gabinete—, es comprensible que, incluso antes del atentado terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, muchos ciudadanos israelíes y judíos del mundo sintieran un temor legítimo: la posibilidad de que esa coalición política marcara un punto de inflexión para la sólida y arraigada democracia del país.
Luego vino la peor masacre de judíos desde el Holocausto. Hubo cierta indignación mundial, sí, pero no la suficiente como para llenar las calles de Occidente con manifestantes condenando a Hamás y a los grupos islamistas radicales que sí son genocidas porque buscan exterminar físicamente a sus enemigos.
Y ahora expliquemos un poco que significa la palabra SIONISMO. Y si es el anti sionismo una forma de antisemitismo.
El sionismo es el movimiento nacional del pueblo judío. Surgió formalmente en 1897 y promovía, mediante la diplomacia, el retorno de los descendientes de los antiguos hebreos a su patria ancestral, dos veces independiente en la Antigüedad. Es cierto que muchos de sus fundadores reconocieron que no regresaban a una “tierra sin pueblo”: desde el siglo VII d.C., los árabes musulmanes constituían la mayoría de la población. Por ello, el liderazgo sionista aceptó el plan de partición aprobado por la ONU en 1947, que proponía dividir la Palestina británica (llamada así desde los tiempos del emperador romano Adriano en el siglo II DC), en dos Estados: uno judío y otro árabe.
El término “sionismo” proviene del monte Sion, en Jerusalén, y se mantuvo vivo en la tradición judía del exilio a través de textos bíblicos como Isaías 2:3: “De Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor”, frase incorporada a las plegarias diarias del judaísmo.

Muchas de las protestas contra la estrategia del gobierno de Netanyahu durante la guerra en Gaza han sido legítimas. Sin embargo, otras fueron impulsadas por simpatizantes de Hamás que manipularon a personas poco informadas sobre el conflicto, llevándolas a portar consignas como “Del río al mar, Palestina será libre”, sin comprender su carácter abiertamente genocida: la eliminación de Israel entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, no su coexistencia con un Estado palestino.
EDITORIAL DE BILL MAHER EN SU PROGRAMA DE HUMOR POLÍTICO ¨REAL TIME¨- 15 DICIEMBRE, 2023.
La demonización sistemática de Israel y la negación de su derecho a existir en cualquier porción del territorio disputado constituyen anti sionismo y, además, un llamado implícito a la destrucción de un pueblo. Por lo tanto, manifestaciones contemporáneas de antisemitismo.
La mayoría de quienes marchan con esas consignas son personas bienintencionadas, indignadas ante lo que creen causas nobles. Pero, manipuladas por propaganda eficaz, terminan cayendo en la trampa de seguir la corriente de grupos con agendas ideológicas que hacen sentir a la generación Z como activistas virtuosos —lo que el periodista y escritor español Pérez-Reverte llamaría “buenismo tonto”—, pero que en la práctica le hacen un favor a gobiernos y organizaciones profundamente siniestros.
La diferencia entre estar en contra de un gobierno específico de una democracia como Israel (como lo está quien escribe estas líneas) y el antisionismo es crucial. El sionismo no es otra cosa que reconocer el derecho de Israel a existir —con todas las críticas que se quiera—. En cambio, el antisemitismo, que antes de la creación de Israel se expresaba como “judíos, váyanse a casa”, hoy se reformula como “judíos, váyanse de su casa”. Por eso, el antisionismo es antisemitismo.
LUCIDA REFLEXIÓN DEL FALLECIDO ESCRITOR ISRAELÍ, Y FUNDADOR DEL MOVIMIENTO ¨PAZ AHORA¨ AMOZ OZ. 2016.
Siguiendo la reflexión del periodista Jack Wallis Simons, cabría preguntar por qué la indignación selectiva. El mundo ofrece innumerables causas urgentes para protestar: Ucrania frente a la agresión de Putin; Yemen, Sudán, Libia, Somalia; la devastadora guerra en la República Democrática del Congo; o las tiranías de Corea del Norte, China, Myanmar, Rusia, Irán, Cuba. etc. También la sistemática violación de los derechos de las mujeres en Afganistán, Irán o varias monarquías árabes.

Greta y otros activistas bienintencionados, revisen esta lista y hagan algo para convencer a los escépticos de que su preocupación por los pueblos vulnerables no está contaminada por un antisemitismo recóndito, quizá subconsciente, ya sea de la herencia del cristianismo fanático medieval europeo o de la izquierda radical post-URSS.
Como se pregunta Simons, con crudeza, será que: “No Jews, ¿no news?
Y para quienes, siguiendo la reflexión de Jack Wallis Simons, solo parecen indignarse cuando hay judíos en el “escenario”, aquí tienen otras referentes femeninas y musulmanas, galardonadas con el Premio Nobel de la Paz que han luchado por los DDHH en paises o territorios dominados por islamistas radicales, también antisemitas religiosos.

Shirin Ebadi (2003, Irán).

Tawakkul Karman (2011, Yemen).

Malala Yousafzai (2014, Pakistán).
BILL MAHER, MAYO 2026.
Excelente análisis y reflexión,
Existe una evidente selectividad mediática y política respecto de qué conflictos generan indignación global y cuáles pasan casi desapercibidos. Sudán, Yemen, el Congo o Myanmar reciben muchísima menos atención que Gaza pese a tener niveles de violencia peores en algunos aspectos. También coincido en que el activismo político tiende a simplificar conflictos extremadamente complejos y puede terminar siendo instrumentalizado por agendas ideológicas o geopolíticas.
Asimismo, me parece importante distinguir entre antisemitismo y crítica al Estado de Israel. El antisemitismo existe, sigue siendo un problema real y debe condenarse sin ambigüedades. Criticar políticas de un gobierno no debería implicar hostilidad hacia los judíos como pueblo, del mismo modo que cuestionar a Hamás no implica hostilidad hacia los palestinos.
Pero justamente por eso creo que el argumento jurídico sobre Gaza no puede resolverse apelando a la “hipocresía” o a la “selectividad” de la opinión pública. Que existan otros genocidios menos visibilizados no convierte automáticamente a Gaza en algo distinto. Un genocidio no deja de ser genocidio porque haya otros crímenes igual o más invisibilizados.
Además, la definición legal de genocidio no depende únicamente del número absoluto de muertos ni de que exista un plan idéntico al Holocausto o a Darfur. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio contempla también la imposición deliberada de condiciones de existencia destinadas a provocar la destrucción física total o parcial de un grupo humano.
El punto central, entonces, no es solamente cuántas personas murieron, sino si existe una combinación de:
Y ahí es donde muchos juristas, organizaciones de derechos humanos e incluso expertos en genocidio consideran que SÍ existen elementos suficientes para al menos discutir seriamente la existencia de intención genocida en Gaza.
La cuestión de la intención (“dolus specialis”) es clave en derecho internacional. Y esa intención no necesita expresarse únicamente mediante una orden escrita de exterminio; también puede inferirse del patrón de conducta y de declaraciones públicas de autoridades estatales. Por eso han sido tan discutidas las declaraciones de algunos ministros y dirigentes israelíes que hablan de “animales humanos”, de impedir completamente el acceso a suministros básicos o de promover desplazamientos permanentes de la población palestina.
También creo que hay un error frecuente en presentar el debate como si hubiera solo dos opciones:
Yo no sostengo ninguna de las dos. Reconozco el trauma del 7 de octubre, el derecho de Israel a defenderse y la amenaza real que representa Hamás. Pero el derecho a la autodefensa no elimina las obligaciones del derecho internacional humanitario ni vuelve automáticamente legítimos todos los medios utilizados. Del mismo modo, reconocer posibles crímenes de Hamás no impide analizar posibles crímenes del Estado israelí. Ambos pueden coexistir jurídicamente.
Finalmente, tampoco creo que el antisionismo y el antisemitismo sean siempre equivalentes. Hay formas de antisionismo claramente antisemitas, especialmente cuando niegan derechos básicos únicamente a los judíos o reproducen estereotipos históricos. Pero también existen corrientes antisionistas judías, laicas o universalistas que cuestionan el proyecto político del Estado-nación étnico sin odiar a los judíos como pueblo. Reducir toda crítica estructural al sionismo a antisemitismo me parece que termina dificultando discusiones legítimas.
Es vital aceptar que existe indignación selectiva, manipulación mediática y simplificación ideológica del conflicto. Pero nada de eso responde realmente a la pregunta jurídica de fondo: si las acciones del Estado israelí en Gaza cumplen o no con los elementos establecidos en la Convención sobre Genocidio. Y creo que hay bases razonables para sostener que sí y para afirmar que la acusación no es una locura propagandística sino un debate jurídico real y serio.
Personalmente, pienso que aunque haya debates simbólicos y cobertura mediática desigual, lo decisivo no es SOLO eso, sino que existen relaciones concretas de poder: apoyo militar, alianzas estratégicas, financiamiento, comercio de armas y protección diplomática. En ese sentido, Israel no actúa en un vacío, sino dentro de una red de sostén material de potencias que le permite continuar la ofensiva pese a las denuncias internacionales. Creo que la pregunta clave no es quién recibe más atención mediática, sino qué estructura material permite sostener una campaña militar prolongada.
Reiteró mi respeto por el análisis y reflexión, y espero poder seguir aprendiendo de usted y resolver mis dudas, Un grande abrazo.