Las recientes victorias electorales del partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD) en dos estados federados (Länder) de la ex Alemania Oriental han generado alarma en la todavía mayoritariamente moderada ciudadanía alemana, que ha sabido, política, cultural y educativamente, repudiar desde el fin de la II Guerra Mundial su pasado nazi y construir una democracia sustentada en un ¨Nunca Más¨: no volver a ser victimarios ni tener un Estado que discrimine o viole los derechos humanos.

Más recientemente ocurrió otra ¨catástrofe¨ para los partidos de centro que han dominado la política alemana de posguerra: la Unión Cristianodemócrata (CDU), de figuras como Konrad Adenauer, fundador de Alemania Occidental (RFA); Helmut Kohl, protagonista de la reunificación de la RFA con la Alemania Oriental comunista; Angela Merkel y el actual canciller Merz, junto al Partido Social Demócrata de estadistas como Willy Brandt y Helmut Schmidt.

No solo ha crecido AfD: en la ciudad-estado de Berlín también ganó terreno Die Linke, partido de extrema izquierda identificado con el marxismo-leninismo de la Alemania Oriental anterior a la caída del Muro de Berlín en 1989.

Como he resaltado en varios artículos, los extremos se tocan. La polarización extrema puede llevar a que muchos, por oposición, terminen votando por el extremo contrario. Y el discurso antisistema de AfD y Die Linke presenta sorprendentes coincidencias. El primero, en nombre de la patria; el segundo, en nombre del pueblo. Ambos cuestionan la inmigración y plantean establecer centros para inmigrantes en lugares aislados, ambos propugnan distanciarse de la Unión Europea porque consideran que reduce la soberanía alemana y ambos plantean dejar de apoyar a Ucrania frente a Rusia.
Las motivaciones, sin embargo, no son idénticas: AfD busca también recuperar relaciones comerciales con Putin, en un país históricamente dependiente del petróleo y gas ruso, mientras Die Linke mantiene una posición de cercanía con la potencia que dominó la antigua Unión Soviética, principal aliada de Alemania Oriental.

¿Se encuentra Alemania en un situación parecida cuando a partir de 1928 el Partido Nazi comenzó a ganar populidad y escaños para cinco años después, democráticamente, llegara al poder Hitler?
La República de Weimar es el término adoptado por historiadores para denominar a la Alemania derrotada en la I Guerra Mundial (1914-1918), donde se estableció la Constitución de la nueva democracia. En esa ciudad, cuna del ilustre Goethe, se mantuvo la sede del gobierno debido a la violencia que ocurría en Berlín, hasta que los nazis llegaron al poder en 1933.

Los ciudadanos de Weimar sufrieron las draconianas condiciones impuestas por Francia y Reino Unido: millonarias reparaciones de guerra, restricciones a sus Fuerzas Armadas y una hiperinflación que en 1923 llegó a 4,2 billones de marcos por dólar, seguida por la Gran Depresión de 1929. Para muchos historiadores, las humillantes condiciones del Tratado de Versalles alimentaron el resentimiento, el deseo de venganza y la polarización que fortalecieron a los dos partidos extremistas de Weimar: comunistas y nacionalsocialistas (nazis).
Por supuesto, la crisis económica de la Alemania actual no es remotamente parecida a la de Weimar. Pero un país convertido en el ¨milagro económico¨ de Europa, con condiciones de vida envidiables y un sistema democrático estable, enfrenta una prueba de fuego desde la crisis mundial de 2008, la llegada de casi un millón de inmigrantes de Medio Oriente en 2016, las sanciones contra Rusia desde la anexión de Crimea en 2014 que desde la invasión de Ucrania en 2022 redujo drásticamente el suministro de gas y petróleo ruso, del cual Alemania dependía. A ello se suma el desafío de la industria automotriz ante la competencia china.
Para muchos, comparar la Alemania de 2026 con la Weimar de 1928-1933 es exagerado. La Ley Fundamental de Bonn, promulgada en 1949, impide que quien llegue al poder centralice una república federal y trasgreda su primer artículo: la dignidad humana es inviolable. Además, el artículo 79 protege los principios básicos de la democracia, precisamente para evitar otra transformación como la realizada por Hitler en 1933.
Alemania 2026 no es Weimar 1933, pero hay que tener extremo cuidado: no se debe subestimar ni la desmemoria histórica ni la tolerancia al populismo de cualquier ideología.
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