Cuentan que en 1787 Catalina la Grande visitó la recién conquistada Crimea y su gobernador, el príncipe Grigori Potemkin, la recibió mostrándole pueblos magníficos a lo largo de la ruta. La Zarina se marchó admirada de lo que presenció y nunca supo – se relata – que el gobernador había ordenado construir estructuras que a larga distancia reflejaban villas hermosas cuyas fachadas escondían territorios devastados por la guerra. Desde entonces la expresión “pueblos Potemkin” es sinónimo de falsear una realidad por razones políticas.

Stalin también utilizó “sitios Potemkin” para engañar a varios extranjeros simpatizantes de la Unión Soviética (URSS) obligándoles a hacer rutas guiadas. El dramaturgo inglés Bernard Shaw expresó sobre la URSS que volvía “del país mejor alimentado del mundo” mientras en Ucrania tropas de Stalin cercaban su territorio para extraer todo el trigo y no permitir la entrada de alimentos provocando una hambruna que mató a unos 5 millones de personas.
El mismo año el gran poeta peruano César Vallejo también visitó a la potencia comunista y en su libro “Rusia en 1931: reflexiones al pie del Kremlin” escribió su fascinación por el experimento soviético.
Unos pocos intelectuales como el escritor francés André Gide lograron zafarse por momentos de la visita guiada por funcionarios de Stalin y se defraudaron de lo que vieron y constataron las terribles violaciones de Derechos Humanos (DDHH), en especial contra artistas disidentes.

A su regreso a Francia de la URSS (1936) Gide contó la verdad de lo que contempló. También los escritores George Orwell y Arthur Koestler, entre otros, se decepcionaron del comunismo por experiencias personales y eso les costó, como a Gide, que sus antiguos camaradas los tildaran de “traidores”.
El filósofo Antonio Escohotado habla del nuevo libro de Federico Jiménez Losantos ‘Memoria del Comunismo: De Lenin a Podemos
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Tres ex diplomáticos del exilio venezolano encabezados por Diego Arria – ex presidente del Consejo de Seguridad de la ONU en 1992 – escribieron una carta pública dirigida a Michelle Bachelet para que no viajara a Venezuela porque sería utilizada por el régimen con fines propagandísticos.
La Alta Comisionada de la ONU para los DDHH ignoró esta petición y fue acompañada durante casi toda su visita por funcionarios del régimen castro-chavista. A Bachelet no se le permitió acceder a las cárceles en donde están los prisioneros políticos, y aunque no fue, supo que, entre otros “sitios Potemkin”, el régimen dotó de camas, equipos y medicamentos un hospital público en días, cuando durante años todo esto escaseó. Además, Michelle no debió visitar a la inconstitucional Asamblea Constituyente, a la cual le dio cierto mando de legitimidad.
Bachelet habló con Guaidó, con algunas personas torturadas y con familiares de gente asesinada por el chavismo, pero no se salió de la visita guiada por el régimen.
Afortunadamente, Michelle, ya presentó un informe que deja muy mal parado al régimen, pero, lamentablemente, sus recomendaciones sus ingenuas porque pide a un régimen dominado por grupos criminales que respete DDHH, no exige intervención extranjera por la responsabilidad de proteger a los pueblos y no anuncia que enviara a la Corte Penal de La Haya las denuncias de los miles de ejecuciones extrajudiciales y de torturas a presos políticos.
Si Bachellet no pasa de las denuncias a un llamado internacional a la acción contra el castro-chavismo pasará a la infame historia de complicidad con regímenes criminales.
































