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EN SIRIA

Siria es la nación más totalitaria del Medio Oriente, y junto a Libia, el Irak de Saddam Hussein, y Argelia, las más férreas dictaduras militares con fundamentos ideológicos (no religiosos) del mundo árabe. Por eso, algunos analistas dudaron que el “efecto dómino” de las recientes rebeliones árabes causarían, en ese país,  un movimiento de protesta contra aparato represivo del régimen del partido militar socialista Baath, liderado por la dinastía Al-Bashar que mantiene, desde 1963, una ley de emergencia que prohíbe convocar a manifestaciones, criticar al gobierno o cualquier acción de disidencia.

Por décadas el partido Baath – bajo la tiranía de Hafez Al-Assad (1970 a 2000) y de su hijo, Bashar,  hasta el presente, es un régimen de partido único, que ha controlado a su sociedad bajo el terror de un estado policial y un hábil manejo de su conflicto territorial con Israel por las alturas del Golán, en su justo reclamo por esa meseta perdida en la guerra de 1967 (La Guerra de los Seis Días), pero a la vez, creando teorías conspiratorias constantes que achacan todas las deficiencias, corrupción y represión de su régimen a Israel y occidente.

El régimen sirio también ha logrado unificar a sus ciudadanos en torno a su derecho a dominar la política interna de El Líbano, país al que consideran su territorio, puesto que ambos fueron protectorados dominados por Francia. Al retirarse el imperio galo del Medio Oriente, dividieron a sus zonas de influencia en una confederación de  seis entidades autónomas: una de mayoría árabe cristiana, hoy El Líbano y cinco estados de mayoría musulmán –  todas sunitas, excepto la gobernada por una minoría proveniente del chiismo, llamada los nazaríes o alauitas, quienes fueron los elegidos por Francia como la elite burocrática y policial para controlar a la mayoría sunita.

Es por eso, que los alauitas – hoy un 15% de la población siria – son los que lideran al país (luego de derrocar al Rey Faisal sunita)  y están representados por la dinastía Al-Assad, que bien sabe, que, liberalizar al país, podría costarle la pérdida del poder.

Como en el caso de Bahrein, Yemen e Irak, a diferencia de Túnez, Egipto y Libia,  la rivalidad sunita-chiíta es un factor fundamental para comprender la complejidad del caso sirio y su elite gobernante no es bien vista, ni siquiera, por islamistas chiítas que recienten la ruptura, en el siglo 9, de los alauitas, con la doctrina original de esa rama del Islam. Por esto Siria está destinada a continuar siendo un estado totalitario o a cambiar radicalmente, si triunfa un movimiento democratizador o fundamentalista, puesto que sin la amalgama del militarismo y el nacionalismo, el régimen de Al-Assad y su entorno, no puede sostenerse en el poder.

Las rebeliones árabes del 2011 están mostrando las grandes fracturas entre los mismos musulmanes y árabes, que hasta hace poco, achacaban demagógicamente todos sus males a Israel, a Estados Unidos y a occidente, cuando en realidad, son producto, principalmente, de antiguas rencillas de su propio pasado religioso, dinástico, tribal o ideológico.

 

Recomiendo profundizar en:

http://www.bbc.co.uk/mundo/movil/noticias/2011/03/110325_siria_protestas_represion_sao.shtml

http://www.insumisos.com/diplo/NODE/1137.HTM

http://www.abc.es/20110325/internacional/rc-incognita-siria-201103251457.html

Video sobre Bashar Al-Assad:

http://www.youtube.com/watch?v=KvOAJnDMyBw

Chávez sobre Al-Assad

http://www.youtube.com/watch?v=Or3CP-FKIgg

Chávez condecora a Al-Assad

Sobre los alauitas o nazaríes ver:

http://en.wikipedia.org/wiki/Alawi

http://es.wikipedia.org/wiki/Alawitas

http://www.forocoches.com/foro/showthread.php?t=146283

http://noticiasdeeurabia.files.wordpress.com/2006/10/mapa-palestina.gif?w=300&h=300

Las seis entidades autónomas de Siria antes de la retirada francesa

http://en.wikipedia.org/wiki/French_Mandate_of_Syria

 

 

 

http://visionsofempire.files.wordpress.com/2010/06/golan-heights.png?w=415&h=354

Luego de que Khadafy se repuso militarmente y estaba cerca de retomar el centro de la resistencia Libia contra su régimen, Benghazi, “como Franco lo hizo con Madrid”, a las potencias del mundo no les quedó otra opción que,  llevar a la acción lo que durante tres semanas pregonaron, quizá, esperando que como en Egipto y Túnez tuviese un desenlace sin su intervención: la caída de otra tiranía árabe. La ONU esperó demasiado para votar y ejecutar una resolución que detenga al inescrupuloso dictador que no tuvo reparos, y lo dijo con orgullo, en masacrar a milicianos y civiles que se interpusieran en su camino para perpetuarse en el poder.

Si bien más vale tarde que nunca, una vez más la ONU demostró que es un “mal necesario” en un planeta en donde se habla mucho de derechos humanos pero se actúa por intereses, y aunque muchos aplauden el ataque al sanguinario régimen de Khadafy (unos pocos seguirán con la cantaleta de una “conspiración imperialista), no hay que olvidar que el caso libio es emblemático, también, de la hipocresía de este mismo organismo. Como bien lo expresó la periodista catalana Pilar Rahola en un artículo del 03/03/211, con Khadafi: “esta especie de santa Teresa de Calcuta con jaima (carpa) no sólo no fue expulsado del Consejo de Derechos Humanos, sino que llegó a ser el tipo que presidió las resoluciones sobre derechos humanos de la ONU. Y ¿alguien se sorprendió? ¿Hubo movimientos sísmicos en las conciencias del mundo? ¿Se dieron por sucias las resoluciones que él presidió? Por otro lado, ¿dónde está el problema si los miembros permanentes de este Consejo son paraísos de los derechos humanos como China, Arabia Saudí, Bahréin, Argelia, Azerbaiyán o Cuba? ¿Por qué expulsar a Gadafi si sólo es un aprendiz de tirano comparado con algunos de estos maestros?…”

Y es que el nivel de decadencia de la ONU fue ostensible en 1994 en el caso de Rwanda cuando sacó a los cascos azules, justamente, durante el genocidio, también quedó evidenciado con el escándalo de “petróleo por alimentos” de Irak, tras la guerra para expulsar a Irak de Kuwait en 1991. Luego de que una gran coalición mundial derrotara al ejercito de Saddam Hussein, se le permitió al macabro dictador exportar petróleo, solo, a cambio de suministros básicos para su población, hasta que se desmilitarizara, pero en 2005 se descubrió que más de 270 personas – – funcionarios de la ONU, incluyendo a familiares del entonces presidente Kofi Annan, políticos y ejecutivos de empresas – se favorecieron con sobornos y permitieron la venta de armas y otras mercancías que directamente llegaban a manos del régimen iraquí.

La razón de fondo para que gobiernos como el de la Francia de Chirac, Rusia y muchos otros, se negaran a la invasión estadounidense de Irak en 2003, no fue el del noble “pacifismo” sino el beneficio que la violación de la resolución de “petróleo por alimentos”, gracias a que altos funcionarios de la ONU se hicieron la vista gorda con unos cuantos países y sus corporaciones. La administración Bush mintió descaradamente cuando justificó la invasión a Irak como parte de la “guerra contra el terrorismo”, pero la ONU también lo hizo cuando se formó un boque contra esa decisión.

Si algo es evidente ante los acontecimientos que estremecen a muchos países árabes, es el tema de la hipocresía como un asunto mundial y universal, aunque algunos quieran solo quieren poner la lupa en los Estados Unidos, cuando en el caso de Túnez y Libia, son los europeos los que más negocios y beneficios han hecho con sus respectivos dictadores, engendrandos desde que colonizaron el norte de África a sus actuales tiranías.

En el caso de Túnez y Libia son los europeos los que más negocios y beneficios han hecho con sus respectivos dictadores, engendrando desde que colonizaron el norte de África a sus actuales tiranías, y es el viejo continente el que lo recibió con alfombra roja durante los últimos años, perdiendo el complejo de su usual discreta hipocresía diplomática. Por algo será tan cierta la frase del dramaturgo español Manuel Tamayo Y Baus: “La hipocresía y la culpa son hermanas gemelas”.

Recomiendo además, la lectura de esta entrevista al analista internacional Fareed Zakaria sobre el mundo árabe, el Islam y la democracia en:
http://www.letraslibres.com/index.php?art=12191

En momentos cuando se celebra el deseo de reformas democráticas en las calles árabes, el caso de El Líbano se mueve en dirección contraria ahora que hay un gobierno claramente dominado por el grupo radical – con su propia guerrilla – Hezbolah.

Jeque Nassaralah de Hezbolah, junto a presidentes de Siria, Al-Bashar y de Irán, Ahmadineyad

Fundado como el único país del Medio Oriente con una población de más árabes cristianos que musulmanes, El Líbano experimentó un cambio demográfico que en los años 70 volteó esa ecuación. Entonces, la ahora minoritaria elite cristiana maronita (seguidores de el patriarca San Juan Marón), no abrió espacios de poder a sus rivales originando el surgimiento de guerrillas musulmanas de ambas ramas del Islam – la que representa a la mayoritaria del país, la sunita, y la minoritaria pero poderosa, chiíta – y así se inició una larga guerra civil en 1975.

La situación de El Líbano se agravó con la intervención de ejércitos foráneos en su territorio. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Arafat – expulsada de Jordania en 1972 – consiguió refugio en el sur del país y sectores de Beirut; luego Siria fue invitada en 1976 a enviar tropas para detener la guerra civil pero el régimen de Damasco tomó partido por los musulmanes contra los cristianos. La OLP también se involucró en el conflicto interno y a la vez,  atacaban el norte de Israel lo cual culminó en una invasión de ese país en 1982 que obligo a la guerrilla de Arafat a evacuar El Líbano e instalarse en Túnez.   Desde entonces, Siria y el régimen fundamentalista instalado en Irán desde 1979, se encargaron de financiar, entrenar y armar a chiítas libaneses radicales fundando al movimiento Hezbolah (Partido de Dios) que hasta hoy actúa en coordinación con estos dos países.

Por la larga guerra civil que padeció, El Líbano no tiene un ejército fuerte y monolítico, por lo que Hezbolah, en su lucha para expulsar a Israel del sur del país – lo cual logró en 2000 –  se convirtió en la más poderosa de las milicias. En este contexto llegó al poder por segunda Rafik Hariri, quien decidió actuar con pragmatismo para conducir a su país hacia una soberanía total, por lo cual, además de aplicar políticas económicas liberales y acercarse a occidente, exigió la retirada de Siria de su país. Rafik Hariri logró que en 2004 la ONU despojara a Siria de la base legal para ocupar al país y tras su asesinato en 2005, para ocupar al país y tras su asesinato en 2005, las tropas sirias tuvieron que regresar a casa bajo gran presión internacional. Desde entonces el régimen de Bashir el Assad intenta gobernar a control remoto a El Líbano a través de Hezbolah.

Hace unos días Hezbolah se retiró del gobierno de unidad nacional liderado por  Saad Hariri, hijo del primer ministro Rafik Hariri, por negarse a acepta el informe y veredicto de un Tribunal Internacional (TI) establecido en Holanda por la ONU, con detalles y una lista de responsables del atentado a su padre. Según varias fuentes, es inminente que el informe incluirá a miembros de entorno más cercano del dictador de Siria Hafez el Assad y de Hezbolah, en la autoría intelectual y material del asesinato.

En El Líbano manda Hezbolah, puesto que si los moderados de cualquier facción deciden desmantelar a su guerrilla –exigencia no cumplida a pesar de una resolución de la ONU a cambio de la retirada israelí y luego ratificada tras el envió de tropas de UNIFIL luego del conflicto de 2006 entre Israel y Hezbolla – entonces esa guerrilla tomará el poder como ya casi lo hizo en una 2008 cuando el gobierno intentó hacer unos cambios de personal en el aeropuerto de Beirut, y tuvo que retractarse para impedir un golpe de estado. Y como manda Hezbolah Saad Hariri dejo el poder (prácticamente derrocado) para ser sustituido por el candidato de la organización islamista, Najib Mikati, complicando la situación interna de un país cuya heterogénea población ha sido utilizada como ficha del juego geopolítico de países vecinos y otros más lejanos.

 

ENTRE DOS MARES

Bahréin es un reino ubicado en el Golfo Pérsico y está conformado por cinco islas y unos 20 islotes menores y su nombre en árabe significa “reino de los dos mares”. Ex-colonia portuguesa y luego persa (iraní), Bahréin pasó a ser gobernada por la dinastía árabe sunita de los Al Khalifa que hasta hoy gobiernan, aunque por largos períodos de tiempo estuvieron bajo la hegemonía británica y hoy, más indirectamente, la estadounidense, desde que en 1971 se firmó un tratado que estableció una base naval en su territorio.

La presencia persa en Bahréin y la dominación de una tribu aliada a Arabia Saudita hacen que una mayoría de la rama chiíta del Islam (unos 20% de los musulmanes del mundo, pero cerca del 90% de la población de Irán), los confronte con la minoría sunita representada por la élite y la tribu dominante.  En 2002 heredó el trono Hamad bin Isa al Khalifa y comenzó una serie de reformas a raíz de protestas de la mayoría chiíta del reino que incluyeron: celebración de elecciones municipales ese mismo año y legislativas a partir de 2004. Hasta el año 2010 pocos partidos participaron en estos comicios por considerar que no había garantías mínimas de neutralidad, pero ese año el movimiento opositor chiíta ganó 18 escaños de 40 que se disputaron en esas elecciones. El “detalle” es que por ahora, los otros 40 escaños del parlamento son designados directamente por el rey.

Para muchos, las reformas democráticas del régimen monárquico de Bahréin son simbólicas o en el mejor de los casos, muy lentas, ya que si bien gradualmente el rey va otorgando más poderes al gabinete y al parlamento, e incluso se permite que mujeres postulen a cargos políticos (aunque ninguna ha sido elegida hasta ahora), y si bien cada vez más, participan partidos políticos (sunitas islamistas, seculares de izquierda, etc.), la dinastía de los al Khalifa sabe que la fragilidad de su supervivencia se encuentra entre “dos mares”: el de la Irán chiíta que busca, como en El Líbano, crear gobiernos títeres, y la del mundo árabe sunita, apoyada especialmente por Arabia Saudita y Egipto.

Este es parte del contexto para comprender que el “efecto Túnez-Egipto”, en el caso de Bahréin, no solo da por las mareas de la pobreza, la dictadura y la represión, como en el caso de Libia, Argelia, etc.

Recomiendo ampliar información sobre Bahréin en este link:

http://www.lt10digital.com.ar/home/index.php?acc=ns_fa&id=104947&id_sec=24

También, tomar el contexto del:

Escándalo de Bandargate refiere a una conspiración política alegada de los ciertos oficiales del gobierno adentro Bahrein para fomentar distensión sectarian y margine a mayoría Shia comunidad en el país. La conspiración era alegado plomo y financiado por Shaikh Al Khalifa de Ateyatalla del compartimiento de Ahmed, Ministro de los asuntos de Cabiner y jefe de la organización civil de la informática y miembro del Al Khalifa familia real. Las alegaciones fueron reveladas en septiembre de 2006, en un documento de página 240 elaborado por Centro del golfo para el desarrollo democrático, y sido autor por el doctor Al Bandar de Salah, un consejero al ministerio de los asuntos del gabinete. Después de la distribución del informe, el policía Bahraini deportó fuertemente el Al Bandar del dr al Reino Unido, en donde él lleva a cabo ciudadanía.

Según el al-Bandar del dr, el ministro pagó a cinco operarios principales al total de más de $2.7 millones al funcionamiento:

  • Una célula secreta de la inteligencia que espía encendido Shi’ como

  • ‘GONGOs‘ – los NGOs falsos funcionados gobierno tienen gusto de la sociedad Bahraini de los Jurists del `’ y del `Sociedad de la guardia de los derechos humanos de Bahrein’

  • Foros y Web site del Internet que fomentan odio sectarian

  • Subvención de los nuevos convertidos del  Shia Secta islámica a Sunni secta

  • Pagos para el aparejo de la elección

En junio de 2006, para un página web publiqué “¡Deconstruyan a Khadafi!, y expuse algunas reflexiones que ahora, quizá sean propicias de evocar ante la grave situación en Libia:

 

“Erase una vez, no hace mucho, que el dictador de Libia, el general Muamar Khadafi intentó durante más de tres décadas posicionarse como sucesor del ex presidente egipcio Gamal Abdel Nasser como líder emblemático de la ideología pan-arabista para unir a los países del Medio Oriente y los de África en un bloque político-militar, y también aspiró a ser el sucesor de Tito y Nehru – presidentes de la ex Yugoslavia e India, respectivamente  – como adalid de los Países No Alineados, incluso después del desmembramiento de la Unión Soviética.”

 

“La reciente apertura de relaciones diplomáticas y comerciales entre Estados Unidos y Libia, luego de más de 20 años de ruptura total entre ambos países, luego de ganarse gradualmente la confianza de naciones europeas desde 2003, parece ser la prueba final de que el cambio pregonado por Khadafi en los últimos años va en serio y que el otrora precursor de Bin Laden como principal “exportador” de terrorismo internacional – y  paria de la llamada “comunidad internacional” – se ha conciliado con la idea de ser una voz moderada y un aliado de las grandes potencias, que – “cosas veredes Sancho” – ahora pide a insurgentes iraquíes liberar rehenes occidentales y recomienda a Irán someterse al control internacional en asuntos del desarrollo de su poder nuclear”

 

“Khadafi nació en el seno de una familia beduina y fue educado bajo una estricta formación islámica, pero luego ingresó a un colegio militar en donde adoptó también un concepto secular nacionalista que sería parte de la peculiar ideología que impuso gradualmente en su país, a partir de 1969, cuando junto a un grupo de compañeros derrocaron al Rey Idris e instauraron un Consejo Revolucionario que pronto dominó, convirtiéndose en el jefe indiscutido del gobierno”-

 

“Su famoso Libro Verde, publicado en 1973, esboza una doctrina esperpéntica que proclamaba a su país como socialista, democrático, nacionalista, pan-arabista, islámico y militarista – algo digno de los personajes de “1984” de Orwell con eslóganes como “la guerra es la paz” – que bien ilustra su estrafalario subtítulo: “La solución del problema de la democracia: el poder del pueblo; La solución del problema económico: el socialismo, y el fundamento social de la Tercera Teoría Universal”. En 1977 también introduce el concepto de la Jamahiriya o “Estado de las Masas”.

El Khadafi de hoy nada tiene que ver con aquel que estableció uno de los regímenes más opresivos del mundo tratando de erigirse el líder alternativo de los países menos desarrollados por medio de la manipulación de la riqueza petrolera de su país como instrumento geopolítico, la intervención militar en conflictos africanos como el de Chad – bajo dominación francesa – y el apoyo a terroristas del IRA, ETA, la OLP contra objetivos israelíes en  Europa, y a otros extremistas entrenados por su propio ejército como los que ejecutaron el atentado que hizo estallar un avión de Pan Am sobre los cielos de la ciudad escocesa de Lockerbie en 1988. Fue este el punto límite de permisividad de Occidente hacia su política de patrocinio de terrorismo internacional que se tradujo en sanciones de la ONU desde 1992.”

 

“El otrora amigo del sanguinario Idi Amin Dada en Uganda – a quien ayudó enviando solados libios a mantenerse en el poder para islamizar a la mayoría negra cristiana de su país – y el efusivo colaborador de los regímenes islamistas de Irán y Sudán; tutor de tiranos como Hafez el Assad en Siria y de los dictadores brutales de Somalia, Liberia y Burkina Faso, entre otros países – comenzó poco a poco a espaciar sus acciones provocadoras contra naciones vecinas y lejanas y eventualmente renunció a sus ambiciones expansionistas y a sus delirios de grandeza.

Algo ocurrió un día – un buen día, podríamos decir – de 2003, cuando el hasta entonces intemperante y locuaz dictador libio aceptó su responsabilidad en el atentado de Lockerbie, ofreció compensaciones económicas a los familiares de las víctimas y anunció su renuncia definitiva a desarrollar armas de destrucción masiva. Khadafi, entonces, dio un giro espectacular que bien merece muchas obras para descifrar el código de su transformación: ¿Se debió al trauma del bombardeo que le hizo Ronald Reagan a su Palacio en 1986? ¿A síntomas de una dócil  vejez? ¿Algún medicamento? ¿Efectos de una diplomacia internacional acertada? ¿La influencia del prudente Seif al-Islam Khadafi, hijo y posible sucesor del general, sobre su padre? ¿Un proceso gradual de reflexión sobre la herencia que le dejaría a su pueblo sumido en pobreza y aislamiento?”

 

“Son muchas las teorías para explicar el cambio radical de Muamar Khadafi para dejar de ser eso – radical –  y la favorita, para aquellos que predican la guerra preventiva luego de los atentados del 11 de Septiembre de 2001, es que el bombardeo norteamericano sobre Trípoli  y Bengasi en 1986 le hizo comprender que no podía y no era conveniente seguir desafiando a los países poderosos del mundo. Sin embargo, el dictador libio mantuvo después del ataque, su tradicional actitud desafiante contra Estados Unidos, Europa e Israel. El cambio fue gradual y por eso, algunos analistas piensan que hubo otros factores que influyeron para sosegarlo

Según medios británicos como el Daily Telegraph y el Observer lo que llevó al régimen libio a renunciar a la posesión de armas de destrucción masiva fue consecuencia de acuerdos pragmáticos entre Khadafi con Londres y Washington. El primer diario asegura que servicios secretos británicos y norteamericanos interceptaron un supuesto cargamento de armas no convencionales en su posesión y negociaron con Khadafi abortar acciones militares a cambio de una “voluntaria” decisión de despojarse de esta municiones, mientras que el segundo periódico presentó una serie de reportajes que atribuyen la decisión del dictador libio de estrechar relaciones con estos países si le prestaban ayuda de inteligencia para sofocar el intento de grupos extremistas islamistas – incluyendo a Al Qaeda – de derrocarlo. Si bien estas versiones no han sido comprobadas podrían explicar por qué se quebró el hielo entre Libia y estos países, y sin embargo, la mayoría de los analistas consideran que el cambio de estrategia geopolítica del régimen libio se debe a la creciente influencia de Seif al-Islam Khadafi, hijo del dictador y según varias fuentes, candidato preferido de su padre para la sucesión en el liderazgo del país, interesado en desarrollar a su país con una visión pragmática y moderna de la gestión gubernamental.

Libia pasó de ser el cuarto productor mundial de petróleo en los años 80 a sufrir un severo estancamiento en le exportación de crudo que la imposibilita a cumplir sus actuales cuotas de producción fijadas por la OPEP debido al embargo comercial de la ONU y el poco interés de inversión de empresas extranjeras en un país que nacionalizó sus hidrocarburos. Ahora que el país vuelve a abrirse política y económicamente al mundo, se especula que en los próximos años se podría implementar un agresivo programa para su infraestructura energética y empresas como Exxon Mobil, Chevron Texaco y otras europeas, ya han comenzado a negociar posibilidades de explotación petrolera”.

La sanguinaria represión contra su propio pueblo, en días recientes, demuestra que Khadafi como todos los fanáticos y delirantes dictadores, cuando hacen cambios estratégicos no lo hacen por el bienestar de su país, sino, por adicción al poder.

 

Recomiendo leer

http://grumberto.blogspot.com/  (del blog de viajes de mi amigoDaniel Grumberg que recuerden, está como uno de los links que más recomiendo de mi blog

Disfruten el viaje a la Ciudad Perdida…

A continuación otro artículo de una serie destinada al analisis de la situación actual de varios países árabes y uno musulmán, muy importante – Irán (Persia) – a raiz de las revueltas populares de  Túnez y Egipto que culminaron con la caida de dos dictadores  (¿De dos regímenes?…eso aún esta por verse), y que invitan a reflexionar sobre la posibilidad de la democracia en países de mayoría musulmana.

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EGIPTO Y LA PARADOJA BUSH

Ariel Segal

Lo dijo varias veces, y un buen ejemplo es el de su discurso del estado de la unión ante el congreso de Estados Unidos en enero de 2007: «La gran interrogante de nuestra era es saber si Estados Unidos ayudará a hombres y mujeres de Medio Oriente a construir sociedades libres y a beneficiarse de los mismos derechos que el resto de la humanidad».

George W. Bush justificó así el derrocamiento de  Saddam Husein como propósito fundamental de su país en la lucha contra el terrorismo islamista, y más allá de los cuestionamientos de las verdaderas razones de la invasión a Irak, el hecho de que esa nación sea hoy – con todas las dificultades y desafíos – la única nación árabe, junto a El Líbano (muy entre comillas), que tiene un sistema de democracia representativa, quizá fue uno de los factores de inspiración de las revueltas populares de Túnez y Egipto.

La Irak previa a W. Bush, fue desde su independencia en 1932, un país en el cual su mayoría árabe de la rama chiíta del Islam estaba dominada por una monarquía de la minoría sunita hasta que un grupo de militares derrocó y ejecutó al Rey Faisal II en 1958. Esos militares, también sunitas, fundaron un partido nacionalista, laico y socialista llamad Baath, a imagen y semejanza del que gobierna a Siria hasta hoy – que mantuvo los privilegios de los árabes sunitas (sobre los chiítas y los kurdos sunitas), hasta la era post-W. Bush en la que ahora Irak goza de un sistema parlamentario con elecciones multipartidistas.

El actual gobierno iraquí del primer ministro chiíta Nuri al Maliki cumple con los requisitos de la constitución de 2005 que obliga que la presidencia la ejerza un kurdo (etnia no árabe de religión musulmana y primera minoría del país) y el del parlamento sea un árabe chiíta (segunda minoría de Irak)

Si Bush justificó la invasión a Irak, entre otras supuestas razones, por la instauración de una democracia que podía ser ejemplo para el mundo árabe, y ese sistema está funcionando – bajo cimientos muy pantanosos y frágiles – ¿por qué no podrían gozar de ese sistema político otras naciones que han vivido bajo represión desde su independencia?

El discurso occidental hipócrita de apoyo incondicional a la democracia en todo el mundo, sumado al experimento iraquí impuesto y el turco, soberano, de un partido islámico no radical con alta popularidad, junto al fenómeno comunicacional de la estación qatarí Al Jazeera, que permite a millones de árabes conocer su realidad como sus propios medios oficiales no se la revelan, y ahora las redes sociales como Twitter y Facebook, son ingredientes a tomar en cuenta para entender el fascinante y a la vez, impredecible fenómeno que está ocurriendo en el mundo árabe.

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Enlaces de interés:

Arriba Egipto por Thomas Friedman
http://www.eluniverso.com/2011/02/11/1/1363/egipto.html 

http://www.unitedexplanations.org/2011/02/07/las-protestas-en-egipto-%C2%BFpor-que-la-comunidad-internacional-reacciono-tan-tarde/

Entrevista a politologo Fareed Zakaria
http://www.letraslibres.com/index.php?art=12061

Article of Fareed Zakaria
http://www.fareedzakaria.com/home/Articles/Entries/2011/2/7_Can_Obama_get_it_right_on_the_economy_2.html

Video – Fareed Zakaria program

¿Puede Egipto ir en la vía de Turquía? Y sobre la democracia en el mundo musulman, recomiendo leer mis articulos:
http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/9991164.asp

http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/4970916.asp

http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/4865035.asp

http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/6688099.asp

http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/8675231.asp

http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/1828689.asp

YEMEN

¿Se puede incluir a Yemen a la lista de países que está siguiendo la “vía tunecina” de revueltas contra largas dictaduras porque en algunas de sus ciudades – especialmente del norte – hay protestas contra su presidente Ali Abdullah Saleh, en el poder desde 1990?

 La respuesta es compleja, puesto que a diferencia de Egipto y los países del Magreb (norafricanos árabes), Yemen es un estado fallido, con un gobierno que solo controla una parte del norte del país, inmerso en una larga guerra civil y con áreas controladas por diferentes grupos.

Fundado en 1947 como una monarquía, en 1962 los militares destronaron a la dinastía de la rama del Islam chiíta Zaydi que cogobernó al Yemen desde el siglo ocho, bajo la supervisión de otros imperios musulmanes como el turco, y luego, de la vecina monarquía de Arabia Saudita que expandió su doctrina sunita fundamentalista, el wahabismo, a millones de sus actuales habitantes.

A partir de 1962 el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser vio la oportunidad de incorporar a Yemen, ahora bajo una junta militar, a la alianza ideológica del Pan-Arabismo que predicaba la integración árabe bajo la noción de  la etnicidad (origen y lengua común) y no del Islam (religión).  Con la asistencia saudí en el norte de mayoría zaydi, y la de Egipto a guerrillas el sur, el país se dividió en dos repúblicas que se unificaron en 1990. Las confrontaciones actuales aun  están signadas por las diferentes visiones de los enemigos del pasado: religiosos que quieren restaurar una teocracia vs  seculares de diferentes ideologías a favor de la republica.

El conflicto de siglos entre el fundamentalismo sunita y el chiita, actualmente desbordado en Irak y El Líbano, ha encontrado un terreno fértil en Yemen, en donde la guerrilla radical chiíta zaydi de la tribu Houthi ataca al gobierno del  autócrata secular Ali Abdullah Saleh, buscando la restauración de la monarquía religiosa; mientras que tribus sunitas del sur alojan a miembros de Al Qaeda, que llegaron  de Afganistán tras la retirada soviética en 1989, y otros que cruzan la frontera escapando de la persecución del régimen saudita. Desde entonces, la filial de Al Qaeda en la Península Arábiga  (AQAP) actúa con impunidad en aprovechando que su dictador Saleh no logra controlar gran parte del territorio yemení, por sus fluctuantes alianzas con tribus, guerrillas y países, de acuerdo a su interés de superar sus más de 36 años en el poder. 

Antes esta realidad, no es de extrañar que Yemen sea un nicho en constante conflicto entre tropas de un débil gobierno; grupos fanáticos sunitas y chiitas; y de “señores de la guerra” que manejan una sofisticada industria de tráfico de armas, secuestros de extranjeros y comercio de equipos que utilizan los con piratas somalíes al otro lado del Mar Rojo. Esto ocurre en una de las zonas más estratégicas del mundo, puesto que además de tener petróleo, Yemen limita con el Golfo de Adén, lugar de paso para barcos petroleros entre el Océano Indico y el Mar Mediterráneo. Para Al Qaeda, el control de este territorio tiene otro valor agregado, puesto que su ubicación sirve de vínculo de sus sucursales del Medio Oriente con las de países árabes africanos.

            Una estadística nos da la clave sobre la tragedia de Yemen: es el segundo país del mundo con más armas ligeras de fuego, unas 60 por cada 100 habitantes.

            Si el dictador Saleh es derrocado, será reemplazado por otro, pues los habitantes del sur no quieren que los islamistas del norte creen un régimen fundamentalista basado en el Corán, por lo cual, el destino de Yemen no será el de Egipto, Túnez u otras naciones árabes que puedan cambiar a sus actuales regímenes.

HISTORIA DE UNA MOMIA

Hosni Mubarak no entendió lo que, literalmente, le dijeron en varios idiomas, diplomáticos europeos y estadounidenses durante años ante el obvio desgaste de su régimen y el descontento de la clase media egipcia que se tradujo, entre muchas otras cosas, en el ingreso de estudiantes y profesionales a grupos islamistas como La Hermandad Musulmana.

Mubarak se escudó en la probable hipótesis de que grupos radicales islámicos llegaran al poder en Egipto – como ocurrió en Argelia en 2001 y Gaza en 2006 – para no liberalizar el tablero político, pero fue presionado por varios gobiernos aliados a su régimen para que al menos condujera a su país, a una gradual apertura por medio de gestos mínimos como la liberación de disidentes políticos y la tolerancia a medios de prensa opositores. No lo hizo, y ahora, con 82 años y según fuentes periodísticas, un cáncer en su sistema digestivo, deshojaba la margarita para elegir como sucesor a su hijo Gamal o a su poderoso jefe de servicios secretos, Omar Suleiman. Con ese objetivo volvió a manipular las elecciones parlamentarias de noviembre de 2010 garantizando el poder casi absoluto del Partido Nacional Democrático (PND) hasta los comicios presidenciales de septiembre de este año (El PND proviene del mismo movimiento cívico-militar liderado por el carismático general Nasser, que derrocó al último rey egipcio en 1952).

De no haber sucedido el precedente de Túnez, quizá Mubarak hubiese logrado controlar el descontento popular anunciando una pronta sucesión de su hijo u otorgando el poder a Suleiman, pero su intransigencia de renunciar y comenzar una transición inmediata, hacen ahora muy difícil que algún funcionario de mediana jerarquía de su partido pueda conducir al país a las próximas elecciones, en caso de que no se detengan las protestas masivas.

Mubarak esperaba ser recordado como el hombre que mantuvo estable por 30 años al país árabe más populoso (hay naciones musulmanas, no árabes, con más habitantes como Indonesia, Pakistán, etc.), y uno de los más estratégicos por ser el puente de comercio entre Europa y Asia a través del Canal de Suez, y por su rol como mediador principal entre israelíes y palestinos. Sin embargo, ahora su imagen es, principalmente, la de un tirano que, en su empeño de momificarse en el poder, oprimió a sus oponentes y disminuyó la calidad de vida de los egipcios.

El efecto Túnez y el destino político de Mubarak podrían determinar, en buena medida, el futuro político del mundo árabe.

“Hallare un camino o me lo abriré”
Aníbal de Cartago

Una revuelta en Túnez- en donde se hallaba parte de la antigua Cartago –  puso fin a 23 años del régimen del dictador Ben Alí. Los manifestantes no solo se conformaron con la salida del tirano, sino que aun protestan para que el gobierno de transición no tenga ni a un solo miembro del gabinete que los agraviaron como ciudadanos durante dos décadas.

La revuelta encabezada por estudiantes y la sociedad civil laica tunecina parece estar creando un efecto dominó en el resto de los países del “Magreb” (la zona árabe del norte de África),e incluso, en otros que se consideran geográficamente del “Medio Oriente”, como Siria, Jordania, y Egipto, en donde recientemente las protestas están en plena ebullición.

Un aspecto importante de la revuelta tunecina es la del liderazgo de jóvenes laicos sobre el de grupos radicales islamistas, lo cual es un prometedor precedente en una región en donde pululan y proliferan grupos radicales pro-iraníes y sobre todo, filiales de Al Qaeda. Por esta razón,  los autócratas las naciones más grandes y ricas del Magreb y su vecinos – Mubarak en Egipto, el Rey Mohamed VI de Marruecos, Khadafi de Libia, etc. – quizá deban reconsiderar su idea de que sean sus herederos – hijos o familiares – quienes asuman el poder cuando ya no puedan gobernar, sea por incapacidad física o lo único que ningún tirano, ni el más cruel, puede controlar: el fin del ciclo de la vida.

Todos estos gobiernos comparten problemas similares de enorme corrupción; estados policíacos, y desgaste del carisma de sus líderes, pero por otra parte, también sus sociedades temen el crecimiento de grupos islamistas radicales y por eso toleran el apoyo incondicional – e hipócrita en cuanto a ignorar  la exigencia de apertura democrática – de Europa y otras potencias mundiales.

La población árabe laica y occidente comparten el temor de que elecciones libres conduzcan al poder a partidos islamistas violentos como ocurrió en Gaza cuando  Hamas obtuvo la mayoría parlamentaria en 2006; o la victoria de las elecciones presidenciales en Argelia del Frente Islámico de Salvación en 2001, que causó un golpe militar seguida por una larga guerra civil hasta que Buteflika (presidente desde 1999), logró una relativa pacificación. Por eso, la mayoría de los gobiernos del mundo prefieren un mundo árabe y musulmán sin elecciones pluralistas y transparentes. A diferencia de Turquía e Indonesia (naciones musulmanas, mas no árabes), en donde partidos con valores conservadores islámicos logran respetar el juego democrático y de las libertades individuales, en el Medio Oriente y en el Magreb, esto sigue siendo una utopía.

El precedente tunecino podría ser una buena oportunidad para exigir a los 22 países de la Liga Árabe – cuyo discurso unificador de culpar a Israel  de todos los males que los aquejan, ya está  desgastado – otorguen,  gradualmente, espacios de libertad de expresión y de culto (caso de cristianos perseguidos, etc.), de participación de la mujer en la vida civil y política, y por lo tanto, una esperanza contra las tentaciones del fanatismo religioso.