La supuesta propuesta de paz de Trump para poner fin a la guerra en Ucrania parece haber sido redactada en Moscú para imponer al país invadido una capitulación disfrazada de negociación diplomática.
El 25 de febrero se hizo evidente, en La Casa Blanca, que Trump impondría su agenda, por la fuerza, a Zelensky. En ese momento el presidente ucraniano explicaba que ya se habían hecho acuerdos pasados con Putin para cese al fuego que el dictador ruso no cumplió y tanto el vicepresidente J. D. Vance y su jefe lo acorralaron: ¨…no estás en una buena posición. No tienes las cartas ahora mismo. ¨ – le dijo Trump enojado.
Esta tensa escena que, nos permitió a los simples mortales que no vemos lo que sucede tras las bambalinas del poder mundial, pero lo que no percibimos fue el resonante mutismo de del secretario de Estado Marco Rubio. Y es que él podría ser el único miembro del gabinete de Trump que no ve la geopolítica solo como un asunto de negocios. Como senador con experiencia en el comité de defensa del congreso Rubio estuvo de acuerdo con la entrega de dinero, armas e inteligencia a Ucrania y mostró una visión estratégica sobre el Medio Oriente, el Pacífico y Latinoamérica (es probable que es el principal estratega de acorralar al chavismo).
En estos días, mientras negoció con los europeos lo que el mismo podría percibir como un acuerdo de saqueo económico a Ucrania y premios a Putin a cambio de inversiones con EEUU, Rubio lució algo avergonzado y tuvo que poner la mejor cara. Su posición es difícil porque debe competir con el protagonismo de Vance y del empresario Witkoff.
Rubio es para mí el termómetro de este gobierno. Si renuncia debemos preocuparnos sobre la dirección que está tomando este gobierno¨. Creo que Zelensky y los venezolanos, entre otros, apostamos a Rubio.
Después de más de un año y medio de intensas protestas y críticas —algunas sensatas y justificadas, otras claramente malintencionadas— contra Israel por su conducción de la guerra en Gaza, ahora que una frágil tregua se sostiene en esa región no se observa la misma obsesión por enviar flotillas de ayuda humanitaria, ni hay urgencia en ciertos gobiernos por colaborar en su reconstrucción. También se diluyó el entusiasmo por organizar manifestaciones o saturar los medios y redes sociales con denuncias sobre lo que ocurre en la supuesta “segunda fase” del plan de Trump.
Tras el intercambio de más de mil prisioneros palestinos por los últimos rehenes secuestrados en la masacre perpetrada por Hamas en el sur de Israel en octubre de 2023, y luego de la retirada parcial del ejército israelí de Gaza, el gobierno de Netanyahu abrió dos corredores para que organismos internacionales alivien la situación humanitaria. Por alguna razón, este hecho —que contradice la narrativa de un “genocidio”— no parece despertar interés.
Tampoco resulta relevante, para muchos medios y simpatizantes de la causa palestina, que los dirigentes de Hamas declaren abiertamente que no se desarmarán, pese a que este es un requisito básico del cese al fuego y una demanda respaldada incluso por la mayoría de países árabes y gobiernos islámicos como Pakistán, Indonesia o Turquía. Esta exigencia se encuentra estancada frente a la apatía de un mundo que ahora prefiere distraerse con la demagogia de Trump, Mandani y Maduro pidiendo un “Give Peace a Chance”, con los delirios de Petro Navaja o con los libros autobiográficos del ex rey Juan Carlos y de la ex “madrastra¨ Isabel Preysler.
Si no hubo reacción mundial cuando, tras la retirada parcial israelí, Hamas fusiló a rivales palestinos acusados de traición, no sorprende que tampoco exista mayor interés en la creación de una fuerza multinacional que proteja a los gazatíes de sus propios fanáticos y permita iniciar la reconstrucción del territorio.
¿Por qué nada de esto genera mayor atención? ¿Será porque no hay judíos involucrados en la prolongación del sufrimiento en Gaza? La respuesta es obvia y dolorosa para el pueblo judío que —y me incluyo— constata que, bajo el subterfugio del “antisionismo”, se camufla un viejo odio al judío alimentado por el islamismo radical y las ideologías extremistas de derecha e izquierda, todo ello fermentado en el vacío de ignorancia de un mundo tiktokiano.
Desde una puerta del Palacio del Elíseo con vista al número 5 de la rue du Faubourg Saint-Honoré, en el VIII Distrito de París, Emmanuel Macron miraba al vacío hasta que, de pronto, dirigió la mirada hacia el joven peruano al que había conocido en la Catedral de Notre Dame: un tal Saint-Jaques Zavala.
Este le había pedido al presidente francés que lo llamara “Petite Zavala” o Zavalita. Entonces Macron, como si hablara consigo mismo, lanzó la pregunta: “¿En qué momento se había jodió La France?”.
Algunos dirán que nada de esto ocurrió y que es solo una adaptación del célebre inicio de Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa, trasladada a la realidad parisina para interrogar, con ironía literaria, el estancamiento político, la crisis económica y el desencanto social que atraviesan los franceses. Pero el paralelismo no es gratuito porque Perú ha tenido ocho presidentes en diez años y Francia, en apenas dos años del segundo mandato de Macron, ya ha visto pasar cinco primeros ministros.
Reelegido en 2022, Macron perdió lo que más necesitaba: una mayoría parlamentaria. La Asamblea Nacional quedó dominada por dos bloques enfrentados —la ultraderecha de Marine Le Pen (Agrupación Nacional) y la izquierda del Nuevo Frente Popular de Jean-Luc Mélechon— obligando al presidente, líder del partido Renacer, a pactar coyunturalmente con socialistas y republicanos, los partidos que durante décadas sostuvieron la Quinta República.
Pero la debacle en las elecciones al Parlamento Europeo lo llevó a tomar una decisión arriesgada em 2024: disolver la Asamblea y convocar nuevos comicios. El tiro salió por la culata, que, en este caso, aunque nada tiene que ver con los sants-culotses, – aquellos militantes extremistas de clase baja de la Revolución Francesa – de los 577 escaños, 143 fueron para Le Pen y 182 para Mélechon, quienes representan a los extremistas de derecha e izquierda de hoy. Los partidos tradicionales, apenas sobrevivientes, pasaron raspando la valla electoral.
Quizá La France empezó a resquebrajarse cuando se vio obligado a enfrentar un déficit fiscal desbordado y una deuda que bordea los 67 mil millones de euros, impulsándolo a aprobar una reforma previsional impopular pero inevitable, elevando la edad de jubilación de 62 a 64 años y desatando furia en las calles.
También tuvo la mala fortuna de gobernar en medio de un mundo revuelto: los costos de apoyar a Ucrania en su guerra de supervivencia frente a Rusia, los golpes de Estado en el Sahel —Mali, Burkina Faso, Níger, Chad— territorios cuyas materias primas y economías han orbitado París desde la época colonial, y cuyos nuevos gobiernos militares hoy prefieren los brazos de Moscú y Pekín.
¿O comenzó la hecatombe antes, cuando decidió subir el precio de la gasolina y el diésel para financiar políticas climáticas, encendiendo la chispa que dio vida al movimiento de los chalecos amarillos? Tal vez el tiempo pasa factura y los franceses, cansados de promesas incumplidas, buscan soluciones más extremas para la inmigración, la pobreza enquistada en las banlieues (barrios periféricos pobres). Incluso el derrumbe británico y la fatiga alemana terminan salpicando al ánimo nacional.
Lo cierto es que Macron no deja de preguntarse ¿cuándo “ça a a foiré La France? ¨imaginando una conversación imaginaria con un Petite Zavala al estilo de «Conversation à la Cathédrale». Y, como Zavalita en París, busca un interlocutor —un amigo, un confidente — a quien contarle que solo intenta llegar entero al 2027, cuando la ley francesa lo obliga a dejar el poder.
La humanidad se enfrenta a una nueva corriente del protestantismo, pero no parecido al de Lutero o Calvino, sino al de las protestas que, gracias a las redes sociales, se organizan con una rapidez inédita y con rasgos similares en países distintos, unidas por la denuncia de la corrupción, el abuso de poder y la incapacidad política.
El fenómeno no es nuevo, pero sí más frecuente y globalizado. En el siglo XX hubo movimientos emblemáticos: el Mayo Francés y la Primavera de Praga en 1968, las marchas contra la guerra de Vietnam o las luchas por los derechos civiles. En el XXI, el descontento se multiplicó: los indignados tras la crisis financiera de 2008, la Primavera Árabe, las protestas contra dictaduras en Venezuela, Cuba y la del alza de tarifa de transporte en Chile, entre muchas otras.
Hoy las movilizaciones responden a causas diversas —autoritarismo, desigualdad, precariedad institucional—, pero comparten un fondo común: la indignación ante la injusticia y la falta de futuro. Se las agrupa bajo un mismo rótulo: la “revolución de la Generación Z”.
En casi todas las protestas los protagonistas son jóvenes nacidos en la era digital, conscientes de un sistema político que no avanza al ritmo del mundo tecnológico. Ven la realidad desde la inmediatez, sin paciencia para esperar soluciones lejanas a problemas urgentes. Sin embargo, cada manifestación tiene su propio rostro. En Perú, la irrupción de grupos violentos distorsionó las causas originales; en Nepal, el detonante fue la prohibición de redes sociales, que dejó “en modo avión” a una generación que no concibe la vida sin TikTok o Instagram. Y también están las marchas pacíficas en Estados Unidos como las que hubo contra Trump, “No queremos un rey”, en donde la movilización no derivó en violencia.
FUENTE: BBC, Tessa WongAsia Digital Reporter–
Entonces, ¿podemos colocar en un mismo saco a todas estas revueltas tan dispersas geográficamente y diversas en sus causas? Quizá en los métodos de convocatoria y frustración ante el futuro inmediato sí hay un ¨ADN común¨, pero no necesariamente todos los que protestan son de la misma generación ni comparten la visión Z del mundo.
Para leer este artículo, querido lector, imagínese de fondo la melodía de la canción ¨Pedro Navaja¨ de Willy Colón y Rubén Blades y vámonos a la ciudad de Nueva York:
En una calle cerca de la ONU de Nueva York
Petro Espada con un grupete se apareció
Grita consignas con un megáfono que consiguió
Y su complejo muy caudillista de Libertaor…
Mientras Colombia se hunde en crisis por su gestión
El se proclama líder de Gaza junto a un cantante de rock and roll
Porque a su lado se ha juntado con el Pink Floyd
Y ambos dicen que el sur peligra por culpa e Trump
Pide a tropas de Estados Unios no obedecer
Las ordenes de su presidente en militarización
Y yo que escucho en esa calle de Nueva York
Pienso lo mismo para las tropas de mi nación
Porque ese Petro quiere quedarse en el poder
Y para eso busca cambiar la constitución
Y Petro Espada lleva su nombre por su obsesión
De aferrarse a la espada e Simón Bolívar
Primero cuando fue guerrillero que la robó
Y luego cuando de presidente se inauguró
Y este 1 e mayo alzó la espada del Libertador
Como lo hizo Chávez y Manuel Noriega con un machete de cazador
Y Petro chilla bravatas contra Milei (Y otros más)
Y amenaza con liquidar a la oposición
Si no se queda de presidente guerra civil
Aunque pa lo de Gaza y Venezuela
¨soy pacificador¨
Y mareado se fue gritando desafinao
¨Aquí el que tiene la vaina soy yo y nada más que yo¨
(vaina de la espada y vaina del poder)
CORO: Cuidado a los colombianos que Petro salió del closet, ay Dios (2)
Mostrando que no es demócrata como su amigo Maduuuro
Cuidado a los colombianos que Petro salió del closet, ay Dios
Que si no sacan Uds. a Petro viene violencia de ese señor
Cuidado a los colombianos que Petro salió del closet, ay Dios
Están a tiempo de reaccionar, no sean como Pink Floyd.
La la la la la la la la…(trompeta)
He likes to scream in America
Como en una novela de Kafka, Petro te puede someter a un eterno e injusto proceso
¨…Cuando (K) miró a su alrededor, vio el último piso del edificio junto a la cantera. Vio cómo se encendía una luz y se abrían las dos mitades de una ventana, alguien, debilitado y delgado por la altura y la distancia, se asomó de repente a ella y estiró aún más los brazos. ¿Quién era? ¿Un amigo?
¿Una buena persona? ¿Alguien que participaba? ¿Alguien que quería ayudar? ¿Estaba solo? ¿Era todo el mundo? ¿Ayudaría alguien? ¿Había objeciones que se habían olvidado? Seguro que las hubo. La lógica no puede ser refutada, pero alguien que quiere vivir no se resiste a ello.
¿Dónde estaba el juez que nunca había visto?
¿Dónde estaba el alto tribunal al que nunca había llegado?…¨
PRÓLOGO DE LA PELÍCULA EL PROCESO DIRIGIDA POR ORSON WELLES, 1962.
Son muchas las aproximaciones a tener en cuentra sobre el complejo conflicto palestino-israelí, y en particular, las guerras entre Israel y Gaza, tema del cual se habla, escribe, debate y se hace propaganda con ligereza en estos tiempos de fake news, posverdad, opinologolos. Varios debates sobre quién tiene derechos sobre Cisjordania, Israel y Gaza carecen de sentido para resolver el conflicto sobre todo para los fanáticos religiosos de ambos bandos.
Tras la expulsión de los turcos en el siglo XX, los británicos y franceses repartieron el Medio Oriente, creando, de manera artificial, los actuales países de la región. La Palestina británica fue dividida en un Estado judío y un estado árabe, pero los gobiernos árabes de la época (1947-1948) rechazaron ese plan.
Como resultado, tras la primera guerra árabe-israelí, Cisjordania y Jerusalén del Este quedaron en manos de Jordania, mientras que Gaza pasó a control de Egipto. Nunca se presionó para establecer un Estado palestino hasta que Israel conquistó estos territorios en la Guerra de los Seis Días.
En 2005, Israel se retiró de Gaza, aunque la masacre perpetrada por Hamas contra Israel el 7 de octubre de 2023 marcó un punto de quiebre en la historia de ambos pueblos.
GAZA TRAS LA RETIRADA ISRAELÍ
En 2005 Israel intentó, de forma unilateral resolver la situación al retirarse de la Franja de Gaza completamente, entregándola —por primera vez en la historia— a los árabes palestinos (recordemos que los árabes no llegaron a esa región hasta el siglo VII d.C.).
FUENTE: WHO GOVERNS THE PALESTINIANS? MAY 2024. COUNCIL ON FOREIGN RELATIONS.
El entonces primer ministro israelí Ariel Sharon ordenó la evacuación total del ejército y de unos 14 mil colonos israelíes de Gaza. La Franja quedó bajo control de la Autoridad Palestina (AP), dominada por Fatah, el movimiento laico que desde 1993 también administra parte de Cisjordania
Palestinians rally beneath images of President Mahmoud Abbas and his predecessor, Yasser Arafat. FUENTE: COUNCIL ON FOREIGN RELATIONS.
Sin embargo, pocas semanas después, militantes del grupo islamista Hamas destruyeron centenares de invernaderos que los colonos israelíes habían dejado intactos. Posteriormente, comenzaron los primeros ataques con misiles contra territorio israelí, marcando el inicio de una escalada de violencia que derivó en varias guerras.
En 2006, tras la muerte de Yasser Arafat, Mahmoud Abbas —su ex primer ministro— ganó las elecciones presidenciales. Sin embargo, Hamas venció en las parlamentarias. El hartazgo de la población palestina frente a la corrupción endémica de los funcionarios de la AP —quienes habían recibido miles de millones de dólares de organismos internacionales bajo el marco de los Acuerdos de Oslo de 1993— derivó en un voto castigo. Muchos palestinos, en busca del «mal menor», no anticiparon que estaban eligiendo al «mal peor».
En 2007, Hamas desató una guerra civil contra Fatah por el control de Gaza. Centenares de miembros del movimiento de Arafat fueron asesinados, y el grupo islamista tomó el poder absoluto de la Franja. Desde entonces, se sucedieron ataques terroristas y represalias israelíes en un círculo vicioso de violencia que tuvo su punto de quiebre el 7 de octubre de 2023, con la masacre perpetrada por Hamas en suelo israelí.
FUENTE: TRT WORLD.
EL 7 DE OCTUBRE Y GAZA
Si, tras la masacre perpetrada por el movimiento terrorista palestino Hamas el 7 de octubre de 2023, hubieran ocurrido movilizaciones de repudio contra esa organización islamista —al menos con una fracción de la intensidad que han tenido las protestas, campañas mediáticas y denuncias contra las acciones del ejército israelí en Gaza— quizás el ciudadano israelí promedio no sentiría que, detrás de muchas de esas críticas, se esconde un odio visceral hacia el judío, más que hacia las políticas del Estado de Israel.
LA TRAGEDIA DEL 7 DE OCTUBRE, 2023 Y DE LOS SECUESTRADOS AUN EN LOS TÚNELES DE HAMAS NARRADA POR REHENES LIBERADOS EN INTERCAMBIOS DE SECUESTRADOS POR PRESOS PALESTINOS. PROGRAMA DE CBS: 60 MINUTES.
¿Fue condenada internacionalmente la masacre de más de mil doscientos israelíes que vivían en las comunidades fronterizas con Gaza? Sí, políticos y líderes de opinión alzaron la voz. Pero esa condena fue breve, sin movilizaciones masivas ni acusaciones por «genocidio» contra Hamas, pese a que su carta fundacional sí aboga explícitamente por la destrucción del Estado de Israel. En contraste, el término «genocidio» ha sido utilizado profusamente desde que Israel inició sus ataques en Gaza, algunos de los cuales —según la Corte Penal Internacional— podrían constituir crímenes de guerra. Sin embargo, de acuerdo con los marcos legales internacionales, estos no encajan técnicamente en la definición de genocidio.
“¿Qué importa si se le llama genocidio o no?”, me dijo una persona bienintencionada. “Igual Israel está matando indiscriminadamente a muchos civiles palestinos”. Desde una perspectiva humanitaria, toda matanza de inocentes es abominable, sin importar cómo se la denomine.
Sin embargo ciertas palabras como “genocidio”, tienen un peso legal e histórico preciso: fueron creadas justamente para distinguir y tipificar los crímenes más atroces de la humanidad. Por cierto, otra palabra a la cual se le ha cargado con un significado negativo por quienes deslegitiman el derecho de Israel es ¨sionismo¨ que no es más que el movimiento nacional del pueblo judío para lograr un estado que se concretó en 1948, ni más ni menos. Para entender la historia del movimiento sionista y porque se ha demonizado el término invito a ver el Podcast DE POCO UN TODO, conducido por el Prof. Isaac Nahón de la Universidad e Otawa y este escritor, Prof. de Historia, Análisis Internacional y Medio Oriente, en:
La única salida posible sigue siendo política: que Gaza vuelva a ser administrada por palestinos no radicalizados, con Hamas desarmado —una exigencia reciente incluso de gobiernos árabes— y, quizás por un tiempo, bajo una fuerza internacional de seguridad regional.
¿GENOCIDIO EN GAZA?
Después de la Segunda Guerra Mundial, el jurista Raphael Lemkin propuso un concepto para calificar los crímenes perpetrados por el Imperio otomano contra los armenios (1915–1923) y por los nazis contra su pueblo, el judío (1941–1945). En 1948, la Convención sobre el Genocidio de la ONU definió ese término como actos criminales cometidos “con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. A diferencia de los crímenes de guerra o de lesa humanidad, el genocidio se define legalmente por la intención deliberada de exterminio, no por la cantidad de víctimas.
Cuando estalla un conflicto con matanzas masivas, lo urgente es detenerlas. Pero con el tiempo, las palabras importan y algunas, por su uso indiscriminado o manipulación, pierden su significado. Tal es el caso de “genocidio”.
La primera propuesta de Donald Trump (¨una rivera en Gaza¨ —recibida con entusiasmo por Netanyahu y algunos ministros radicales de su gabinete— de “trasladar” a palestinos de Gaza a otros países mientras se reconstruye la franja, podía ser interpretada como una forma de limpieza étnica pero no de genocidio porque no implica exterminio.
Sin embargo, la acusación de genocidio contra Israel comenzó a circular desde los primeros días de su ofensiva en Gaza tras el ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023.
En mi opinión, calificar de genocidio lo que hoy hace Israel en Gaza es un error. Existen indicios de crímenes de guerra, como señaló la Corte Penal Internacional, pero no una intención sistemática de exterminar al pueblo palestino.
En algunos casos, la acusación de genocidio se lanza con una carga ideológica antisemita, buscando establecer una equivalencia entre las víctimas de ayer y los victimarios de hoy, en un nuevo intento de demonizar a los judíos.
EL HUMORISTA POLÍTICO BILL MAHER EN SU PROGRAMA ¨REAL TIME¨ HACE UNA REFLEXIÓN SOBRE LO QUE SIGNIFICA LA FRASE ¨DEL RÍO AL MAR PALESTINA SERÁ LIBRE¨UTILIZADA EN VARIAS PROTESTAS CONTRA ISRAEL EN 2024. FUENTE: HBO.
¿Podría el actual gobierno de Netanyahu llegar a cometer limpieza étnica o incluso genocidio? Al aceptar la actual propuesta de Trump, a las buenas o a las malas, se demuestra que no hay intención de genocidio y mucho menos cuando existe en Israel una sociedad civil que se moviliza, resiste y exige que esta pesadilla —para israelíes y palestinos— no se concrete.
GAZA: MORAL Y DOBLE MORAL
Hemos analizado distintos aspectos del conflicto en Gaza. Concluyo con algunas reflexiones:
No comparto la calificación de “genocidio” para describir las matanzas en Gaza. Este término, definido en 1948 por la ONU, se basa en la intención deliberada de exterminar a un grupo étnico, religioso o nacional, no en la magnitud de las víctimas. Aunque hay sectores radicales en el actual gobierno israelí que respaldan la expulsión de los palestinos de la Franja, la mayoría de la sociedad israelí —incluido el estamento militar, la inteligencia y gran parte importante de la opinión pública— no comparte esa visión y exige el fin de la guerra.
El origen de esta tragedia fue la masacre perpetrada por Hamas contra civiles israelíes en octubre de 2023. Ese horror dejó una profunda herida y provocó una respuesta de indiferencia hacia el sufrimiento palestino. Sin embargo, con el paso del tiempo y la urgencia por liberar a los rehenes la opinión pública israelí se inclinó hacia una salida negociada y el apoyo al plan de paz de Trump es masivo.
Solo una minoría religiosa extremista, envalentonada por propuestas como la primera de Trump sobre la “transferencia” de gazatíes, apoya ideas de limpieza étnica. Ese grupo no representa al conjunto del pueblo israelí.
Netanyahu y su gobierno cargan con una triple responsabilidad: 1) la sorprendente falta de reacción ante la infiltración de Hamas durante la masacre de 2023; 2) una ofensiva militar en Gaza, justificada por la amenaza, pero sin un plan político para el día después; y 3) la prolongación de la guerra sin lograr el rescate de todos los rehenes, tanto porque Hamas no estaba dispuesto a entregarlos y porque ese objetivo no fue prioritario para su gobierno hasta que Trump se lo impuso a ambas partes.
DANIEL LEVY ENTREVISTADO EN LA CADENA CATARÍ AL JAZEERA HACE UN AÑO ANALIZÓ YA EN ESE MOMENTO POR QUÉ NETANYAHU NO QUERÍA SOLUCIONAR LA GUERRA DE GAZA.
El pueblo judío, en Israel y la diáspora, debe mantener su tradición de debate libre y crítico para exigir que Israel siga siendo una democracia comprometida con los valores éticos del judaísmo. Y, al mismo tiempo, debe saber diferenciar entre la crítica legítima a un gobierno y la deslegitimación del estado, una forma moderna de antisemitismo.
EL LÍDER DE LA OPOSICIÓN ISRAELÍ YAIR LAPID CRITÍCA A NETANYAHU Y A SU GOBIERNO POR LOS RECIENTES ATAQUES EN GAZA, POR NO BUSCAR UNA SALIDA POLÍTICA AL CONFLICTO Y REFLEXIONA SOBRE LA IMPORTANCIA DE DETENER LAS MATANZAS EN GAZA NO SOLO POR EL SUFRIMIENTO PALESTINO SI NO TAMBIÉN POR EL BIEN DE LA ESENCIA DE LO QUE DEBE SER ISRAEL, UN ESTADO DEMOCRÁTICO Y JUDÍO.
La historia, el presente y los dilemas de este conflicto son demasiado complejos para caber en los moldes simplistas de TikTok o las redes sociales.
Esta semana, la crisis política y social de Nepal —un país poco presente en los titulares globales— alcanzó un punto de ebullición.
Gurkha, nombre original de ese país en nepalés, se remonta al fundador de la dinastía que dominó ese territorio —hoy enclavado entre China e India— desde el siglo VIII. Pasarían mil años antes para que se consolidara como un reino unificado, que hoy, ya transformado en república, conserva un rasgo singular: junto con la India, es el único país del mundo que mantiene al hinduismo como religión oficial.
La transición de una monarquía hereditaria a un sistema parlamentario democrático, con un primer ministro como jefe de gobierno y un presidente como jefe de Estado, culminó en 2008 tras una sangrienta guerra civil que duró una década.
Nepal, conocido por albergar el Everest —la montaña más alta de la Tierra— y, según la tradición, el lugar de nacimiento de Buda, no siempre refleja la calma de sus paisajes montañosos ni el silencio de sus templos.
La chispa del descontento actual fue la decisión del primer ministro Khadga Prasad Oli de bloquear temporalmente Facebook, Instagram y TikTok. La medida fue justificada como un intento de frenar la proliferación de cuentas falsas que —según el gobierno— difunden odio, rumores y desinformación. Pero para muchos, especialmente para la juventud urbana, fue un claro intento de silenciar las voces críticas contra la corrupción y el abuso de poder.
Lo que comenzó como una protesta digital se transformó rápidamente en una revuelta callejera. Las manifestaciones escalaron a niveles alarmantes: se incendió la casa de un ex primer ministro, causando la muerte de su esposa, hubo linchamientos de políticos y ataques a cárceles que terminaron con la liberación de presos.
En un país golpeado por el desempleo, las brechas sociales y la frustración con la clase dirigente, esta «revolución de la Generación Z» deja abierta una pregunta crucial, no solo para Nepal, sino para el mundo: ¿están las nuevas generaciones dispuestas a luchar por la libertad, la justicia y la democracia… o solo por el derecho a estar conectadas a las redes? Enredado el asunto, ¿no?
EL PENSADOR SIMON SINEK SOBRE LA GENERACIÓN Z. FUENTE: Chris Williamson
Si durante años prometiste que resolverías la guerra en Ucrania en un solo día, porque “eres más astuto que Biden” y todo era cuestión de saber negociar con Putin, y ya van seis meses de gobierno tuyo sin lograr nada —salvo que el ruso te manipule como el maestro del ajedrez geopolítico que es (sanguinario, sí, pero hábil)—, entonces tal vez te convenga buscar un enemigo más manejable. Uno más pequeño, gobernado por un payaso perverso, pero payaso al fin. Digamos…el de un país cercano.
Entonces revientas una embarcación cargada de drogas y le pones el sello de “lucha contra el terrorismo y el crimen organizado”, para demostrar músculo, firmeza y determinación. Y sí, millones de ingenuos aplaudirán pensando que por fin estás haciendo algo. Recuperas algo de popularidad. Punto para ti.
Seamos claros: cuando caiga el régimen “robolucionario” y traidor a la patria —ese que abrió las puertas a la invasión silenciosa del imperio ruso, cubano, iraní y chino—, habrá fiesta. Una feria sin fin para millones que llevan 25 años pagando por errores electorales con un castigo bíblico, pero no justo en cuanto a duración y sufrimiento porque nadie merece tanto dolor, hambre, exilio, tortura y muerte.
Si el Cartel de los Soles —sí, el de los soles bordados en los uniformes de los generales bolivarianos enriquecidos a costa de su pueblo— cae por una lucha de poder, por un bloqueo naval que ahogue su negocio o por un misil que borre a uno de sus jefes, no importa. La Historia con H mayúscula ya tiene su relato: el de los demócratas venezolanos que arriesgaron todo en su más reciente intento liderados por una gran mujer: María Coraje. No el mito del 4 de febrero, cuando un coronel cobarde se escondió en la Casa Militar durante un golpe de estado mientras mandaba a morir a sus subalternos en nombre de una falsa revolución.
A los venezolanos ya no les importa cómo. Les importa que pase. Sin promesas vacías. Así que tú, que juraste poner en su sitio a Putin, Xi Jinping y Kim Jong-un —mientras tambaleas la democracia de tu propio país—, dinos la verdad:
¿Estás distrayendo a tu gente de tus líos internos? ¿Jugando a macho con dictadores? ¿O vas en serio y nos harás el favor de poner fin a esta pesadilla continental?
Porque no vaya a ser que, al final, todo quede en un barquito chiquitico.
El despliegue ordenado por Trump de una flota de buques de guerra con más de 4 mil efectivos militares cerca de la costa venezolana, en el Caribe, ha vuelto a generar esperanzas de que se acerca el fin de la dictadura chavista.
Somos muchos los escépticos que dudamos de que Estados Unidos lleve a cabo algún tipo de operación militar, incluso una intervención “quirúrgica” en Venezuela. Tal vez porque, emocionalmente, no queremos ilusionarnos otra vez con que “esta vez sí” caerá el régimen. También influye, quizá, que Trump, obsesionado con ganar el Nobel de la Paz y presentarse como un gran mediador internacional —aunque sus gestos no pasen de shows mediáticos o sesiones fotográficas con diplomáticos y gobernantes de India y Pakistán, Azerbaiyán y Armenia, la República Democrática del Congo y Ruanda, entre otros— considere que el uso de la fuerza contra la narcotiranía de Maduro podría alejarlo de ese ansiado premio.
Es probable que el despliegue naval sea una versión contemporánea de la doctrina del “Big Stick” (la zanahoria y el garrote) que Theodore Roosevelt aplicó en América Latina entre 1901 y 1909: usar el diálogo y la diplomacia mientras se exhibe el poder militar. Quizá a Trump le hayan recordado que, aun así, Roosevelt recibió el Nobel de la Paz en 1906 por mediar el fin de la guerra ruso-japonesa.
Este movimiento militar estadounidense en aguas cercanas a Venezuela se acompaña de otras acciones: el aumento a 50 millones de dólares de la recompensa por información sobre el paradero de Maduro —más que la ofrecida por Bin Laden o cualquier capo narco— y la inclusión de los políticos y militares del llamado Cártel de los Soles en la lista de grupos considerados terroristas por Washington.
Por ahora, se mantiene un bloqueo marítimo que busca frenar el narcotráfico, una vía que representa más del 30 % de los ingresos del chavismo. Veremos si esta estrategia logra resquebrajar la lealtad de los militares al régimen. Una operación militar limitada no está descartada, pero no parece inminente. Como dijo Chávez tras su fallido golpe de Estado en 1992: no “por ahora”.