En África se desarrollan múltiples guerras casi invisibles para la opinión pública internacional. A diferencia de lo que ocurre con Ucrania o Gaza, los conflictos del continente apenas reciben atención mediática ni generan debates globales.

Hoy persisten guerras civiles prolongadas en Sudán, Libia, Angola y, de manera especialmente cruenta, en la República Democrática del Congo (RDC) o Congo-Kinshasa, llamada así para diferenciarla de su vecino mucho más pequeño Congo-Brazzaville.

En este vasto país —segundo en extensión de África y uno de los más ricos en recursos naturales— se libra desde hace décadas un conflicto conocido como la “Guerra Mundial Africana”, por la cantidad de naciones involucradas: Ruanda, Zimbabue, Angola, Namibia, Chad y Libia, entre otras. A ello se suman las empresas extranjeras que negocian directamente con “señores de la guerra” que controlan regiones estratégicas. En juego están minerales codiciados como cobre, diamantes, petróleo y, sobre todo, cobalto, fundamental para la industria de semiconductores.

La RDC es un Estado fallido en el que operan más de un centenar de grupos armados y donde el gobierno central apenas domina una parte de su territorio. Esta fragmentación beneficia a compañías internacionales y a gobiernos extranjeros que prefieren pactar directamente con facciones locales, evitando tratar con un poder central capaz de fijar precios únicos para sus exportaciones. El resultado ha sido devastador: más de siete millones de desplazados internos, miles de muertos y el reclutamiento forzoso de niños soldados.
Aunque la responsabilidad principal recae en actores congoleños, la indiferencia internacional revela un patrón etnocéntrico. Países y organismos que alzan la voz por otros conflictos ignoran tragedias africanas mucho más sangrientas. El general canadiense Romeo Dallaire, que en 1993 desafió la orden de la ONU de retirarse de Ruanda en pleno genocidio, lo denuncia repetidamente: al mundo no le interesa un país sin valor geopolítico, sobre todo si sus víctimas son africanas.
Paradójicamente, Sudáfrica dedica más energías a denunciar a Israel por Gaza que a enfrentar masacres mucho más cercanas, en su propio vecindario continental. África sangra en silencio mientras la comunidad internacional elige mirar hacia otro lado.
Sumamente interesante Ariel
Vicky (iPhone)