La huella que dejó el recién fallecido astronauta Neil Armstrong, no es solo la famosa de su calzado espacial (y especial), en el suelo lunar, sino también, la que simboliza una época en la cual, el ser humano aun se asombraba de “los pequeños pasos y grandes saltos para la humanidad” (famosa frase que la NASA preparó y Armstrong pronunció al bajar del Apolo 11).
Hasta 1969, cuando Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins alunizaron, el astro más cercano a la Tierra era un mundo desconocido que inspiraba a escritores y científicos – ni hablar a los seductores que la ofrecían a sus cortejadas – que ya a partir del siglo 19 confiaban en que la humanidad lograría enviar un cohete hacia ésta.
Están las obras de Julio Verne, “De la tierra a la luna” de Julio Verne, publicada en su totalidad en 1872 o la película de Georges Méliès de 1902, “Viaje a la luna” (de quien podemos aprender mucho en el film “Hugo”, de Martin Scorsese), entre otras ficciones que vislumbraron esa huella.
En todo caso, la luna fue desde tiempos antiguos el referente emblemático del universo, como hoy lo es para nuestra generación el planeta Marte, en donde la sonda Curiosity explora, con detalle, su superficie.
Desde mitad del siglo 20 el espacio sideral y la luna se convirtieron en asuntos muy terrenales por la competencia entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética en conquistar, no solo a nuestro mundo: los norteamericanos que habían quedado rezagados en colocar en órbita al primer astronauta – el ruso Yuri Gagarin – se pusieron la meta de ser los primeros en llegar a la luna.
Quienes éramos niños el día que el hombre llegó a la luna recordamos con mayor o menor nitidez, cómo los adultos se concentraban frente a los grandes aparatos de TV con emoción, comprendiendo que observaban una hazaña de la humanidad, algo que contarían a sus nietos, pero que hoy, sus descendientes -tan acostumbrados a los grandes avances tecnológicos y a la instantaneidad – no pueden comprender el privilegio que tuvo esa generación de presenciar ese hecho histórico. ¡Y es que hemos perdido la capacidad de asombro, y con ella, nos hemos convertido, irremediablemente, indiferentes a las terribles tragedias y a las grandes maravillas a las cuales estamos expuestos!

La huella de Armstrong se encuentra en el llamado “Mar de la Tranquilidad”, y si bien eso debió haber inspirado la visión de nuestro planeta a ese astronauta y a sus compañeros, no debemos apreciarlo como sinónimo de parálisis ante lo asombroso, sino, como el rincón desde el cual, contra la tentación de la indiferencia, podemos cultivar la curiosidad y la atención ante lo misterioso y el dolor de los demás.
Dejo una huella en mi memoria tan marcada que si ,me parece que fue el ultimo gran asombro que nos conmovio..Quien se asombro con lo de Marte?
Tambien me dejo el recuerdo de otra Venezuela…