DEBATES “A TECHNICOLOR”
Esta sección está destinada a presentar diferentes puntos de vista sobre conflictos o asuntos complejos del presente o de la historia, en la cual, los polemistas se confrontan en base a visiones éticas conducidas de manera respetuosa y tolerante, que no incluyen a quienes argumentan en base a prejuicios, rencores o perspectivas ideológicas radicales que impiden la apertura de mente y alma para asuntos delicados que constan de muchos matices. (Mas allá de aquellos maniqueístas que ven la vida sólo en “blanco y negro”
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Sobre Genocidios y eso que denominamos la «Comunidad Internacional», en el caso de Ruanda
http://www.fluvium.org/textos/cultura/cul149.htm
y en video
http://www.youtube.com/watch?v=O8ZkELStZ2o&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=hPsFtJvl96A&feature=related
Un debate muy polémico
http://www.youtube.com/watch?v=-00a9MMACCM&feature=related
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ISRAEL: LA AMISTAD DIFICIL por MARIO VARGAS LLOSA 13/06/2010
Cada día es más difícil ser amigo de Israel, salvo para los incondicionales convencidos de que todo lo que hacen las autoridades israelíes es bueno, que todos los palestinos son terroristas y que las críticas a la política de Israel son siempre producto del antisemitismo. Yo sigo siéndolo, pese a la repugnancia que me inspira su Gobierno actual, la intransigencia fanática de sus colonos y los abusos y, a veces, crímenes que Israel comete en los territorios ocupados y en Gaza, o fuera de sus fronteras, como ocurrió hace poco con los nueve muertos y las decenas de heridos de la flotilla de la libertad.
Esta última es sólo una de las caras de Israel. Hay otra, admirable y ejemplar, desdibujada por la primera, pero más permanente y representativa, la de un país democrático y pionero, que, en medio de un desierto y a la vez que libraba tres guerras, ha sido capaz de construir una sociedad del primer mundo, próspera, moderna, pluralista y de instituciones sólidas, y de integrar en su seno a gentes procedentes de todos los rincones del planeta, de costumbres, lenguas y tradiciones diferentes. Aunque no lo sea para los árabes, esta sociedad es para los israelíes absolutamente libre y en ella se ejerce, de manera sistemática, la crítica al poder, a todos los poderes, con una pugnacidad y virulencia que nunca ha conocido un país del Medio Próximo y que es infrecuente incluso entre las más avanzadas democracias del Occidente. Lo trágico, para mí, es que quienes se oponen a la política de Netanyahu y bregan por la paz y una solución negociada del problema palestino son, hoy por hoy, una minoría electoral.
Pero están allí, movilizados, inasequibles al desaliento. Yo acabo de pasar nueve días con algunos de ellos, y, por eso, pese a todo lo que ha ocurrido y puede ocurrir en un futuro inmediato, creo que todavía hay esperanzas de que se revierta la tendencia en la que parecen ganar terreno los halcones de Israel y los terroristas de Hamás, y resucite el espíritu de Oslo, cuando la paz estuvo tan cerca y la frustró el asesinato de Yitzhak Rabin.
Ésta es la quinta vez que vengo a Israel. Llegué muy pocos días después de la torpeza que cometieron las autoridades impidiéndole el ingreso al país a Noam Chomsky -nadie como ellas para contribuir con sus metidas de pata al desprestigio de la imagen internacional de su país- y partí tres días después de que los comandos israelíes asaltaran en aguas internacionales el Mavi Marmara perpetrando unas violencias inútiles que han hecho tanto daño a la imagen de Israel en el mundo como la invasión del Líbano, lo han enemistado con Turquía, su único aliado entre los países musulmanes, y han atraído sobre él una tempestad de condenas y críticas que está lejos de cesar. Pero me consta que sobre todos estos temas ha habido en Israel protestas enérgicas de esa minoría de “justos” -en el sentido que daba Albert Camus al vocablo- que son la reserva moral de ese país.
El día que di una conferencia en la Universidad Hebrea de Jerusalén vi partir de allí una manifestación de estudiantes árabes e israelíes, con carteles contra las tomas de viviendas efectuadas por los colonos en la localidad de Sheikh Jarrah, y, al día siguiente, estuve en la plaza vecina a este barrio donde, todos los viernes, se manifiestan varios centenares de personas en contra de este último intento del movimiento colonizador extremista Gush Emunim de invadir y ocupar casas y terrenos palestinos. Allí me encontré con viejos amigos, como el escritor David Grossman, que perdió un hijo en la guerra de Líbano y sigue, impertérrito, con su poderosa autoridad intelectual y moral, liderando las campañas a favor de la paz y de la sensatez política frente a quienes, víctimas de la paranoia y la arrogancia, creen que sólo la fuerza bruta garantizará la seguridad de Israel. Estaban también Amira Hass, la periodista israelí que desde hace años vive en los territorios ocupados -lo hizo primero en Gaza y ahora en Ramallah- desde donde, gracias a sus crónicas en Haaretz, mantiene un puente vivo de comunicación con la sociedad palestina, y mi amigo Meir Margalit, dirigente de una organización de voluntarios israelíes que reconstruyen las casas de los árabes dinamitadas por el Tsahal por pertenecer a parientes de palestinos acusados de terrorismo. Meir es ahora concejal del Ayuntamiento de Jerusalén, donde da una diaria batalla con su compañero de partido, Yosef Alalu, profeta laico de barbas bíblicas, a favor del diálogo, la negociación y la paz.
También estaba allí Yehuda Shaul, fundador de Breaking the Silence (Rompiendo el Silencio), organización integrada por ex soldados del Ejército de Israel, empeñados (son sus palabras) en “abrir los ojos de israelíes y extranjeros sobre los excesos y violencias que comete nuestro Ejército con los palestinos”. Yehuda es religioso, no político. El fuego que lo anima es moral y cívico, como a sus compañeros. Las exposiciones que organiza -ahora hay una en el Círculo de Bellas Artes de Madrid- muestran, a base de fotos, vídeos y testimonios de militares, el vía crucis palestino. Con Yehuda estuve todo un día recorriendo las cuevas del sur del Monte Hebrón, espectáculo deplorable de campesinos y pastores árabes que, despojados de sus tierras por los colonos de Gush Emunim, se aferran desesperados a un territorio, cercado por puestos militares, donde los escasos pozos de agua que existían han sido cegados por los invasores para obligarlos a partir. La inmensa mayoría de los israelíes, que han alcanzado tan altos niveles de vida como los de los países más avanzados, no sospechan siquiera que, a muy poca distancia de sus higiénicas viviendas, lindos jardines, fértiles tierras e industrias de alta tecnología, malvive una sociedad miserable condenada -si no cambian antes las cosas- a la desaparición.
Pero todavía es peor el espectáculo que ofrece Gaza, adonde volví luego de cinco años, un día después del asalto de los comandos israelíes al Mavi Marmara. Las casas bombardeadas en los barrios de Beit Lahiya, al norte de la Franja, y de Ezbt Abed Rabbo, lucen sus interiores desventrados, sus muñones de fierros y sus escombros por doquier. Lo peor no es la desolación del panorama, sino advertir que, en esas ruinas a punto de desplomarse, viven familias enteras, nubes de chiquillos desarrapados y descalzos que trepan y saltan entre los derrumbes con total inconsciencia del peligro que corren. Bernard-Henri Levy niega, en un artículo publicado en EL PAÍS el 8 de junio, que en Gaza haya hambre, pues Israel, dice, permite entrar camiones con alimentos diariamente a la Franja. Está muy mal informado. En Gaza hay hambre, desnutrición, enfermedades que no se pueden curar y gente que muere por falta de medicinas y por falta de repuestos para los equipos médicos, como lo descubre cualquiera que visita el Al-Shifa Hospital y habla con sus médicos y se horroriza con las condiciones en que trabajan.
El bloqueo de Gaza no tiene excusa alguna pues condena a su millón y medio de habitantes a una muerte lenta. Las principales víctimas no son los terroristas de Hamás sino los seres más desvalidos: los viejos, las mujeres, los enfermos y los niños. El bloqueo no les permite exportar ni importar, ni siquiera pescar pues apenas se les autoriza a hacerlo dentro de las tres millas marinas de la playa ¡donde no hay casi peces! Quienes viven en esas condiciones difícilmente pueden evitar llenarse del odio y resentimiento que hizo posible la victoria electoral de los fanáticos de Hamás. ¿Volvería ahora a ganar las elecciones la organización terrorista? Casi todas las personas con las que hablé en Gaza me aseguraron que hay una decepción muy extendida con las autoridades actuales y que Al Fatah ha recuperado la popularidad que tuvo en tiempos de Arafat. Este fenómeno se debe, en gran parte, al auge económico que han tenido en este último tiempo las ciudades palestinas de Cisjordania, gracias a la política del primer ministro Salam Fayyad.
Una de las grandes paradojas de lo que ocurre ahora en Israel es que, por primera vez en los 35 años que vengo visitando el país, todos los israelíes con los que conversé -y fueron muchos- aceptaban como principio, algunos con alegría y otros con resignación, la fórmula de dos Estados independientes como solución del problema regional. ¿Cuál es la razón, entonces, de que no haya negociaciones? Los colonos. Son sólo unos 400.000, pero activos, recalcitrantes y fanatizados. Sin embargo, en una cena donde el periodista Gideon Levy, a la que asistían dos escritores que yo admiro, A. B. Yehoshúa y Amos Oz, este último me aseguró que sólo una fracción de unos pocos miles de colonos resistirían con las armas un acuerdo palestino-israelí. Lo que falta no son ideas ni buena voluntad, sino un líder lúcido y valiente que actúe. ¡Ah, si los justos de Israel estuvieran en el poder!
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A propósito del debate sobre la flotilla que intentó llegar a Gaza en Mayo de 2010:
Bernard-Henry Levy es un filósofo judío francés que ha dedicado gran parte de su vida a causas pacifistas y al llamado de la Opinión Pública a poner atención al sufrimiento de los más pobres y desprotegidos, a causa del belicismo y la violencia de grandes potencias. Recomiendo la lectura de su libro ¿Quién Mató a Daniel Pearl?
Es uno de los fundadores de la organización JCall (European Jewish Call for Reason) , la cual en junio de 2010, la cual agrupa a un grupo de intelectuales judíos que obtuvo más de seis mil firmas convocando a “una voz judía, solidaria del Estado de Israel y crítica ante las decisiones de su gobierno”. Ver: http://www.jcall.eu/?lang=es
Gideon Levy- Es periodista y uno de los editores del diario israelí Haaretz quien ha dedicado la mayor parte de su trabajo en denunciar la ocupación de su país en territorios palestinos. Es una figura polémica, considerado por algunos como un visionario y por muchos de sus compatriotas, un pacifista iluso.
http://www.pbs.org/frontlineworld/stories/israel.palestine/levy.html
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TRIBUNA: BERNARD-HENRI LÉVY
Israel-Gaza: alto a la desinformación
Nadie muere de hambre en Gaza, Israel solo bloquea la entrada de armas. Pero unos tontos útiles se embarcaron en una epopeya miserable, cayendo en la trampa de los fanáticos del apocalipsis antijudío
BERNARD-HENRI LÉVY 08/06/2010
Evidentemente, no he cambiado de posición. Como dije ese mismo día en Tel Aviv, durante un acalorado debate con un ministro de Netanyahu, la forma en que se desarrolló el asalto, frente a las costas de Gaza, del Mavi Mármara y su flotilla me sigue pareciendo «estúpida».
Y si me hubiera quedado la más mínima duda de ello, el abordaje, este sábado por la mañana y sin violencia alguna, del séptimo navío habría terminado de convencerme de que había otras formas de actuar para evitar que se cerrase así, es decir, con un baño de sangre, la trampa táctica y mediática que le tendieron a Israel los provocadores de Free Gaza.
Una vez dicho esto, tampoco se puede aceptar, no obstante, el raudal de hipocresía, mala fe y, por si fuera poco, desinformación que parecía no esperar sino este pretexto para, como siempre que el Estado judío da un traspié, inundar los medios de comunicación del mundo entero.
Desinformación: la fórmula, machacada ad náuseam, del bloqueo impuesto «por Israel», cuando la más elemental honestidad exigiría que se precisara: «por Israel y por Egipto», conjuntamente, por ambas partes, por los dos países idénticamente fronterizos con Gaza. Y esto con el beneplácito apenas disimulado de todos los regímenes árabes moderados, encantados de ver a otro contener, en interés y para satisfacción de todos, la influencia de ese brazo armado, de esa avanzadilla y, un día, tal vez, de ese portaaviones de Irán en la región.
Desinformación: la idea misma de un bloqueo «total y despiadado» (Laurent Joffrin, en su editorial del diario francés Libération del 5 de junio) que convierte «en rehén» (ex primer ministro Dominique de Villepin, en Le Monde del mismo día) a la «humanidad en peligro» de Gaza. El bloqueo, no nos cansaremos de recordarlo, solo atañe a las armas y a los materiales que sirven para fabricarlas, y no impide que pasen desde Israel entre 100 y 120 camiones diarios cargados de víveres, medicamentos y material humanitario de toda clase. La humanidad no está «en peligro» en Gaza. Decir que en las calles de la ciudad de Gaza se «muere de hambre» es mentir. Podemos discutir si el bloqueo militar es o no la mejor opción para debilitar y, un día, derribar al Gobierno fascislamista de Ismail Haniyah, pero lo que es indiscutible es el hecho de que los israelíes que sirven, día y noche, en los puestos de control entre ambos territorios son los primeros en hacer la elemental pero esencial distinción entre el régimen (que hay que intentar aislar) y la población (a la que se cuidan mucho de confundir con ese régimen y, aún más, de penalizar, pues, lo repito, la ayuda nunca ha dejado de llegar).
Desinformación: el silenciamiento prácticamente total, en el mundo entero, de la increíble actitud de Hamás, que, ahora que el cargamento de la flotilla ha cumplido su función simbólica; ahora que ha servido para incitar al Estado judío al error y para reactivar con más fuerza que nunca la mecánica de su demonización (Libération, de nuevo, publicaba un terrible titular: Israel, Estado pirata, que, si las palabras aún significan algo, solo puede entenderse como una deslegitimación del Estado hebreo); ahora que, en otras palabras, son los israelíes quienes, una vez llevada a cabo la inspección, deciden encaminar la ayuda hacia sus supuestos destinatarios, se silencia, decía, la actitud de un Hamás que bloquea la mencionada ayuda en el paso fronterizo de Kerem Shalom y deja que se pudra tranquilamente: ¡al diablo las mercancías que pasaron por las manos de los aduaneros judíos!, ¡a la basura los «juguetes» que han hecho llorar a tantos y tan caritativos europeos, pero que se han vuelto impuros tras las horas demasiado largas pasadas en el puerto israelí de Ashdod! Para el gang de islamistas que, hace tres años, tomó el poder por la fuerza en la franja, los niños de Gaza nunca han sido otra cosa que escudos humanos, carne de cañón o reclamos mediáticos; sus juegos o deseos son la última cosa que les preocupa, pero ¿quién lo dice?, ¿quién se indigna por ello?, ¿quién se arriesga a explicar que si hay alguien en Gaza que toma rehenes, si alguien se aprovecha fríamente y sin escrúpulos del sufrimiento de la gente, y de los niños en particular, en resumen, si hay un pirata allí, no es Israel sino Hamás?
Más desinformación: irrisoria, pero teniendo en cuenta el contexto estratégico, desinformación al fin y al cabo: el discurso en Konya, en el centro de Turquía, de un primer ministro que encarcela a cualquiera que ose evocar públicamente el genocidio armenio y tiene la desfachatez de denunciar el «terrorismo de Estado» israelí ante miles de manifestantes exaltados que vociferan eslóganes antisemitas.
Y aún más desinformación: los lamentos de los tontos útiles que cayeron, antes que Israel, en la trampa de esos extraños «activistas humanitarios» que son, la IHH turca (Humanitarian Relief Foundation en sus siglas en inglés, Insani Yardim Vakfi en sus siglas en turco), por ejemplo, adeptos a la yihad, fanáticos del apocalipsis antiisraelí y antijudío, hombres y mujeres que, en algunos casos, pocos días antes del asalto afirmaban que querían «morir como mártires» (The Guardian del 3 de junio, Al Aqsa TV del 30 de mayo). ¿Cómo un escritor del temple del sueco Henning Mankell ha podido dejarse engañar así? ¿Cómo, cuando dice estar considerando la posibilidad de prohibir la traducción de sus libros al hebreo, puede olvidar la sacrosanta distinción entre un Gobierno culpable o estúpido y toda esa multitud que no se identifica en absoluto con este? ¿Cómo ha podido asociar a uno y otro en el mismo insensato proyecto de boicot? ¿Cómo una cadena de salas de cine (Utopia) puede, en Francia de nuevo y exactamente de la misma forma, desprogramar el estreno de una película (A cinco horas de París) solamente porque su autor (Leonid Prudovsky) es ciudadano israelí?
Desinformadores, finalmente, los batallones de tartufos que lamentan que Israel eluda las exigencias de una investigación internacional cuando la verdad es, de nuevo, mucho más simple y más lógica: lo que Israel rechaza es la investigación solicitada por un Consejo de Derechos Humanos de la ONU en el que campan a sus anchas esos grandes demócratas que son los cubanos, los paquistaníes y otros iraníes; lo que Israel no quiere es una dinámica como la que desembocó en el famoso informe Goldstone, encargado tras la guerra de Gaza por la misma simpática Comisión y con ocasión del cual pudimos ver a cinco jueces, de los que cuatro nunca han ocultado su antisionismo militante, reunir en unos días 575 páginas de entrevistas de combatientes y civiles palestinos llevadas a cabo (¡herejía absoluta y sin precedentes en este tipo de trabajo!) bajo la atenta mirada de los comisarios políticos de Hamás. Lo que Israel ha hecho ha sido advertir (¿cómo reprochárselo?) que no se prestará al simulacro de justicia internacional que representaría una investigación chapucera, con unas conclusiones conocidas de antemano y que solo apuntaría, como de costumbre, a sentar, de forma perfectamente unilateral, a la única democracia de la región en el banco de los acusados.
Un último apunte. Para un hombre como yo, para alguien que se honra de haber contribuido a inventar, junto con otros, el principio de este tipo de acciones simbólicas (Un barco para Vietnam; Marcha por la supervivencia de Camboya en 1979; boicots antitotalitarios varios; o, más recientemente, violación deliberada de la frontera sudanesa para romper el bloqueo al abrigo del cual se perpetraban las masacres en masa de Darfur), para un militante, en otros términos, de la injerencia humanitaria y del ruido que conlleva, hay en esta epopeya miserable una especie de caricatura, una mueca lúgubre del destino. Razón de más para no ceder. Razón de más para rechazar esta confusión de géneros, esta inversión de signos y valores. Razón de más para resistirse a esta tergiversación que pone al servicio de los bárbaros el espíritu mismo de una política que fue concebida para combatirlos. Miseria de la dialéctica antitotalitaria y de sus virajes miméticos. Confusión de una época en la que se combate a las democracias como si se tratara de dictaduras o Estados fascistas. Israel está en el centro de este torbellino de odio y locura, pero al mismo tiempo, no lo olvidemos, algunas de las conquistas más preciadas, en la izquierda sobre todo, del movimiento de las ideas de los últimos 30 años se ven así en peligro. A buen entendedor…
Bernard-Henri Lévy es filósofo francés. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.
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In response to Bernard-Henri Levy- 10-06-2010
By Gideon Levy
Dear Bernard-Henri Levy, unfortunately we don’t know each other. We met for a moment in Gori’s smoking rubble in the midst of the war in Georgia. You came on a brief visit and as usual attracted attention, as you did in other conflict zones you visited.
I deeply admire prominent intellectuals like yourself, who make a point of visiting the killing fields and speaking out. Your attempt to protect Israel, as demonstrated by your article in Haaretz on Tuesday («It’s time to stop demonizing Israel»), pleased many Israelis, who were yearning for a good word about their country, a very rare commodity these days.
I won’t spoil their pleasure. But in the name of your call to end the disinformation, I wish to draw your attention to information that may have slipped your memory.
One may hazard a guess that in your younger days you would have joined the flotilla. A blockade of more than four years on 1.5 million people in those days would have awakened a moral urge driving you to join the protest. But today, as far as you and most Israelis are concerned, there is no blockade on Gaza.
Talking about it in your view is «disinformation.»
By the way, since you were here already, why didn’t you pop into Gaza, as your friend Mario Vargas Llosa did, to see with your own eyes whether there’s a blockade? The doctors in Shifa Hospital, for example, would have told you about their dead due to the non-blockade.
True, nobody is dying of hunger. Yet the Gisha organization for freedom of movement released a report this week saying Israel today allows 97 items to be brought into Gaza, compared to 4,000 before the siege. Is that not a blockade?
A large Israeli supermarket holds 10,000-15,000 items; in Paris there are surely more. Yet Gaza is allowed 97. One would expect greater understanding for gastronomic needs from a refined bon vivant such as yourself, of all people.
You mention, as though you were the IDF spokesman, that Israel permits 100-125 trucks into Gaza a day. A hundred trucks for 1.5 million people ¬ is that not a «merciless siege» as the Liberation newspaper you castigated called it?
Eighty percent of Gaza’s residents subsist on aid; 90 percent of its factories are shut down or runing below capacity. Really, Bernard-Henri, isn’t that a blockade? Shouldn’t a great intellectual like you, of all people, be expected to know that people, including Gazans, need more than bread and water?
Let’s leave statistics alone, after all, philosophers don’t deal with numbers.
You write that Israel has been named as responsible for the blockade «ad
nauseum» and that this is a blockade – suddenly even you call it a blockade imposed by both Israel and Egypt.
Correct. Egypt’s participation is indeed outrageous and inexplicable, but
Egypt and Israel should not be judged in the same way. The occupation in Gaza is not over, it has merely moved, to the occupier’s convenience, but Israel is still responsible.
The legal currency in Gaza is the shekel, the population registration is carried out by Israel, which also monitors anyone entering the strip. Decades of occupation have made Gaza dependent on Israel and Israel cannot shake it off merely by «disengaging.»
But let’s put the blockade aside, whether you deny or justify it. How can you ignore the context? There have been 43 years of occupation and despair for millions of people, some of whom may wish to become Bernard-Henri Levy, and not just pass their lives in a battle for survival.
What are the chances a young Palestinian will achieve something in his life?
Look at the pictures of the Gazans crowding the Rafah border pass yesterday and see their expressions.
Surely you’ve heard of freedom. You cannot blame the occupation on anyone but us, the Israelis. There are many excuses for it, but they don’t change the ultimate fact ¬ Israel is an occupier. This is the root of all evil and this is what you have concealed. Not a word about it.
Israel may have the right to prevent arms supplies from entering Gaza, but you don’t have the right to ignore what has turned Gaza into a desperate refugee region.
True, Bernard-Henri, the world demands more of Israel than of dictatorships. This is not the «confusion of an era,» as you put it, but a new (and just) era, in which the world demands Israel pay a price for its conduct as a democracy.
Demonization? Perhaps, but the way to fight that is by imposing a siege on its arsenal. Were it not for the blockade on Gaza, were it not for the occupation, there would be no cause for demonization. Was it too much to expect of you, once the voice of conscience, to understand that?
Estimado amigo en vez de un comentario me gustaria preguntarle sobre que tipo de politica internacinal maneja el Reino Unido en temas migratorios. Espero su respuesta con ansiedad.