Quien observe un mapa del Golfo Pérsico —la franja marítima que separa a Irán de la península arábiga, donde hoy se ubican Omán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Yemen— advertirá un angosto paso que conecta con el mar Arábigo y el océano Índico: el Estrecho de Ormuz. Su nombre remite a antiguas fuentes persas, luego recogidas por griegos y romanos cuando sus imperios alcanzaron la región.

Hoy, en medio de la guerra de Irán, se repite un dato clave: cerca del 20% del petróleo mundial atraviesa este corredor. La tensión ha evidenciado que, pese a la presencia militar de Estados Unidos en la zona, Teherán conserva capacidad de interferir la navegación, con impacto inmediato en el abastecimiento energético y en los precios globales.

Pero Ormuz no es solo una arteria del petróleo moderno. Desde la antigüedad formó parte de rutas que enlazaban Mesopotamia y Persia con la India y África oriental. En el siglo VI a. C. fue enclave del Imperio persa aqueménida; siglos después, los califatos (imperios) árabes musulmanes lo integraron a su red comercial. En 1515, los portugueses ocuparon la isla de Ormuz y dominaron el tránsito marítimo. Más tarde, el Imperio persa safávida, aliado con Inglaterra, disputó su control frente a otomanos y mogoles (mongoles convertidos al islam). La influencia británica se extendió hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando el proceso de descolonización consolidó a Irán como actor central en la zona.
A partir de la revolución islámica iraní de 1979 el actual régimen teocrático iraní domina Ormuz y en su rivalidad con los países árabes, Israel y Estados Unidos (a quienes declara como pequeño y gran Satán, respectivamente), y su política expansionista del islamismo chiita a través de proxies en el Medio Oriente y de su intento de crear armas nucleares y el gran arsenal de misiles de largo alcance que demuestra que debe contenerse su poderío.
¿Justifica eso el actual conflicto? El tiempo lo dirá mientras el estrecho de Ormuz ensancha nuestro temor a una pesadilla de carácter global.
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