Desde 2016, cuando la mayoría de británicos decidió abandonar la Unión Europea con el Brexit, el Reino Unido entró en un período de inestabilidad. La promesa de soberanía se transformó en incertidumbre: gobiernos que se suceden, una economía que no se afirma y un descontento que cala en los cimientos del Estado.
Conservadores y laboristas no han revertido una crisis estructural. Los impuestos alcanzan niveles inéditos desde la Segunda Guerra Mundial; la deuda pública crece; el PIB avanza con pasos casi imperceptibles. Cuando la macroeconomía se enfría, el deterioro llega a los servicios públicos, afectando dos emblemas del orgullo británico: el NHS y los servicios sociales municipales, herederos de la arquitectura institucional del siglo XIX.
La inflación, recrudecida desde 2020, golpea especialmente a esa “joya de la corona”: no al monarca Carlos III ni al Príncipe Andrés, vinculado a Epstein, sino al NHS, creado en 1948 por Aneurin Bevan bajo Clement Attlee. La promesa de salud como derecho, no privilegio, cruje hoy bajo listas de espera interminables y hospitales exhaustos.
El Brexit también desató una inestabilidad política inusual. Tras la renuncia de David Cameron, los conservadores tuvieron cuatro jefes de gobierno en una década hasta que el Laborismo retornó con Keir Starmer, vencedor abrumador en junio de 2024. La rotación británica solo se compara con los 8 presidentes de Perú y los primeros ministros de Italia (2010 – 2019) y de Japón con seis (2006 -2012), aunque los cambios de gobierno son más comunes en sistemas parlamentarios que en presidencialistas.
Starmer sufre erosión de popularidad. El nombramiento de su exasesor Peter Mandelson, apodado “el príncipe de las tinieblas”, como embajador en Washington, reavivó polémicas: Mandelson, vinculado a Epstein, habría filtrado información financiera confidencial a un amigo magnate, generando rebelión dentro del Laborismo que exige la renuncia del primer ministro.
El fantasma del Brexit proyecta su sombra, y dos “príncipes” complican la vida en los palacios británicos sin que haya un mago Merlín que asesore a un súbdito plebeyo que lucha por mantenerse en el poder.
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