Finalmente ocurrió. El dictador que encarnaba al Cartel de los Soles —esa fracción de la cúpula militar y política venezolana que se enriqueció traficando con el crimen organizado— fue capturado por fuerzas de inteligencia y comandos estadounidenses. Así funciona el poder: quien cree merecerlo de por vida puede perderlo en minutos, detenido en la intimidad de su dormitorio. No sucede con todos los autócratas ni con todos los mafiosos; muchos mueren plácidamente tras largas vidas —Stalin, Mao, Fidel, Pinochet—, pero a veces la historia concede justicia terrenal y algunos pagan sus culpas tras las rejas.

Así terminará la historia de Nicolás Maduro. No debemos olvidar que fue el heredero del hombre que instauró la dictadura bolivariana, Hugo Chávez, quien, gracias a su carisma, su elocuencia y a no haber gobernado durante las “vacas flacas” de la economía venezolana, logró seducir a millones de compatriotas y también a la izquierda latinoamericana, que lo vio como sucesor de Fidel Castro. A ambos los calificaron —como señalé en artículos anteriores— de “dictadores buenos”. Ese es, precisamente, el drama de la izquierda rancia. Vuelvo a Orwell: “El pecado de casi todos los izquierdistas a partir de 1933 ha sido querer ser antifascistas sin ser anti totalitarios.”

¿Lo negativo de lo ocurrido?
Figuras del chavismo que, como Maduro, se creen intocables siguen aferradas al poder: Diosdado Cabello, Padrino López, los hermanos Rodríguez. Solo si entienden que el inquilino de la Casa Blanca es capaz de ir tras ellos podría abrirse una salida relativamente rápida.

Segundo, que fue el gobierno de Trump —y no otros—el que actuó contra el régimen chavista. Su discurso es abiertamente imperial: habla de Venezuela como colonia, de hegemonía hemisférica, de petróleo, narcotráfico y terrorismo. No menciona a los presos políticos ni tampoco la tortura, la represión ni la censura. Lo más grave, ningún funcionario estadounidense menciona que la transición la debe conducir el presidente legítimamente electo, González Urrutia y María Corina Machado.
Trump hizo lo que los venezolanos pidieron durante más de dos décadas a la región cuando, invocando la Carta Democrática Interamericana y la Responsabilidad de Proteger a los Pueblos, exigieron algún tipo de intervención para librarlos de un régimen que se basa en el terrorismo de estado y la violencia institucionalizada.
Paradójicamente, un imperialista puede estar rescatando a un país que, por la voracidad de sus gobernantes, permitió la invasión consentida de otros imperios: China, Rusia, Irán y sus satélites.
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