Desde una puerta del Palacio del Elíseo con vista al número 5 de la rue du Faubourg Saint-Honoré, en el VIII Distrito de París, Emmanuel Macron miraba al vacío hasta que, de pronto, dirigió la mirada hacia el joven peruano al que había conocido en la Catedral de Notre Dame: un tal Saint-Jaques Zavala.

Este le había pedido al presidente francés que lo llamara “Petite Zavala” o Zavalita. Entonces Macron, como si hablara consigo mismo, lanzó la pregunta: “¿En qué momento se había jodió La France?”.
Algunos dirán que nada de esto ocurrió y que es solo una adaptación del célebre inicio de Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa, trasladada a la realidad parisina para interrogar, con ironía literaria, el estancamiento político, la crisis económica y el desencanto social que atraviesan los franceses. Pero el paralelismo no es gratuito porque Perú ha tenido ocho presidentes en diez años y Francia, en apenas dos años del segundo mandato de Macron, ya ha visto pasar cinco primeros ministros.

Reelegido en 2022, Macron perdió lo que más necesitaba: una mayoría parlamentaria. La Asamblea Nacional quedó dominada por dos bloques enfrentados —la ultraderecha de Marine Le Pen (Agrupación Nacional) y la izquierda del Nuevo Frente Popular de Jean-Luc Mélechon— obligando al presidente, líder del partido Renacer, a pactar coyunturalmente con socialistas y republicanos, los partidos que durante décadas sostuvieron la Quinta República.

Pero la debacle en las elecciones al Parlamento Europeo lo llevó a tomar una decisión arriesgada em 2024: disolver la Asamblea y convocar nuevos comicios. El tiro salió por la culata, que, en este caso, aunque nada tiene que ver con los sants-culotses, – aquellos militantes extremistas de clase baja de la Revolución Francesa – de los 577 escaños, 143 fueron para Le Pen y 182 para Mélechon, quienes representan a los extremistas de derecha e izquierda de hoy. Los partidos tradicionales, apenas sobrevivientes, pasaron raspando la valla electoral.

Quizá La France empezó a resquebrajarse cuando se vio obligado a enfrentar un déficit fiscal desbordado y una deuda que bordea los 67 mil millones de euros, impulsándolo a aprobar una reforma previsional impopular pero inevitable, elevando la edad de jubilación de 62 a 64 años y desatando furia en las calles.
También tuvo la mala fortuna de gobernar en medio de un mundo revuelto: los costos de apoyar a Ucrania en su guerra de supervivencia frente a Rusia, los golpes de Estado en el Sahel —Mali, Burkina Faso, Níger, Chad— territorios cuyas materias primas y economías han orbitado París desde la época colonial, y cuyos nuevos gobiernos militares hoy prefieren los brazos de Moscú y Pekín.

¿O comenzó la hecatombe antes, cuando decidió subir el precio de la gasolina y el diésel para financiar políticas climáticas, encendiendo la chispa que dio vida al movimiento de los chalecos amarillos? Tal vez el tiempo pasa factura y los franceses, cansados de promesas incumplidas, buscan soluciones más extremas para la inmigración, la pobreza enquistada en las banlieues (barrios periféricos pobres). Incluso el derrumbe británico y la fatiga alemana terminan salpicando al ánimo nacional.

Lo cierto es que Macron no deja de preguntarse ¿cuándo “ça a a foiré La France? ¨imaginando una conversación imaginaria con un Petite Zavala al estilo de «Conversation à la Cathédrale». Y, como Zavalita en París, busca un interlocutor —un amigo, un confidente — a quien contarle que solo intenta llegar entero al 2027, cuando la ley francesa lo obliga a dejar el poder.

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