Posted in Sin categoría on agosto 17, 2025|
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En África se desarrollan múltiples guerras casi invisibles para la opinión pública internacional. A diferencia de lo que ocurre con Ucrania o Gaza, los conflictos del continente apenas reciben atención mediática ni generan debates globales.
Hoy persisten guerras civiles prolongadas en Sudán, Libia, Angola y, de manera especialmente cruenta, en la República Democrática del Congo (RDC) o Congo-Kinshasa, llamada así para diferenciarla de su vecino mucho más pequeño Congo-Brazzaville.
En este vasto país —segundo en extensión de África y uno de los más ricos en recursos naturales— se libra desde hace décadas un conflicto conocido como la “Guerra Mundial Africana”, por la cantidad de naciones involucradas: Ruanda, Zimbabue, Angola, Namibia, Chad y Libia, entre otras. A ello se suman las empresas extranjeras que negocian directamente con “señores de la guerra” que controlan regiones estratégicas. En juego están minerales codiciados como cobre, diamantes, petróleo y, sobre todo, cobalto, fundamental para la industria de semiconductores.
La RDC es un Estado fallido en el que operan más de un centenar de grupos armados y donde el gobierno central apenas domina una parte de su territorio. Esta fragmentación beneficia a compañías internacionales y a gobiernos extranjeros que prefieren pactar directamente con facciones locales, evitando tratar con un poder central capaz de fijar precios únicos para sus exportaciones. El resultado ha sido devastador: más de siete millones de desplazados internos, miles de muertos y el reclutamiento forzoso de niños soldados.
Aunque la responsabilidad principal recae en actores congoleños, la indiferencia internacional revela un patrón etnocéntrico. Países y organismos que alzan la voz por otros conflictos ignoran tragedias africanas mucho más sangrientas. El general canadiense Romeo Dallaire, que en 1993 desafió la orden de la ONU de retirarse de Ruanda en pleno genocidio, lo denuncia repetidamente: al mundo no le interesa un país sin valor geopolítico, sobre todo si sus víctimas son africanas.
Paradójicamente, Sudáfrica dedica más energías a denunciar a Israel por Gaza que a enfrentar masacres mucho más cercanas, en su propio vecindario continental. África sangra en silencio mientras la comunidad internacional elige mirar hacia otro lado.
El abogado británico Karim Khan se convirtió en figura mediática al acusar como fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI) a Vladímir Putin y a Benjamín Netanyahu de crímenes de guerra. Desafiar al hombre que invadió Ucrania y al líder israelí que respondió con devastación a la masacre perpetrada por Hamas contra civiles en Israel en octubre de 2023, provocando una catástrofe humanitaria en Gaza, lo elevó a héroe para muchos y a villano para otros.
Pero Khan enfrenta ahora sus propias sombras. En su escritorio reposa desde 2018 el caso por violaciones sistemáticas de derechos humanos de la dictadura venezolana. En 2021 anunció la apertura de la investigación, pero el expediente sigue paralizado, mientras que sobre la guerra entre Israel y Hamas actuó con celeridad. Para críticos, su selectividad confirma la frase de Orwell: “Todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros”. En otras palabras, algunos lo acusan de doble rasero.
Su historial genera suspicacias: fue abogado defensor de figuras como Charles Taylor, expresidente de Liberia condenado a 50 años por crímenes atroces, incluyendo el reclutamiento de niños para la guerra, y de otros personajes responsables de masacres.
DE DEFENSOR DE CRIMINALES DE GUERRA A FISCAL ACUSADOR DE CRIMENES DE GUERRA.
Además, pesa sobre él una acusación de violación presentada por una abogada asistente.
El 1 de agosto, la CPI lo apartó del caso venezolano por “conflicto de intereses”: una de las abogadas defensoras del régimen de Maduro es cuñada suya. Abogados denunciaron este vínculo hace años, pero Khan se negó a retirarse, demorando así el proceso.
Ahora, los fiscales adjuntos deberán familiarizarse más con el expediente, lo que retrasa cualquier juicio mientras el régimen gana tiempo con el apoyo de Petro, Sheinbaum. Lula e importantes autócratas totalitarios.
El cancán, baile nacido en la Francia del siglo XIX, también significaba “escándalo”. El “Khan-Khan” de la CPI, lejos de ser un espectáculo alegre, deja más desprestigiada a la institución y sin justicia a las víctimas.
En estos días de celebraciones patrias del Perú vale la pena recordar a una figura clave en la historia de la libertad americana: el venezolano Francisco de Miranda, conocido como el “precursor de la emancipación latinoamericana”. Nacido en Caracas en 1750, hijo de un comerciante canario y una criolla caraqueña, Miranda fue un lector voraz desde joven. Estudió latín, historia, geografía y otras disciplinas humanísticas que lo llevaron a reunir —y transportar por el mundo— una de las bibliotecas personales más distinguidas y diversas de su tiempo.
En 1773, ya establecido en España, decidió ingresar al ejército. Participó en campañas militares en Marruecos y más tarde fue enviado al continente americano para luchar contra los británicos en Luisiana, Florida, y posteriormente participó en batallas en islas del Caribe. Ascendido al rango de coronel, su carrera militar en el imperio español se vio abruptamente interrumpida en 1778 cuando la Inquisición lo acusó de herejía y anticlericalismo. ¿Su crimen? Expresar ideas contrarias a la Iglesia, poseer libros prohibidos y pinturas consideradas obscenas. En el expediente aparece incluso un general peruano, Manuel Villalta, quien le habría regalado parte del material ¨pernicioso¨. Aparentemente, como la mayoría de los precusores de la independencia en América, desde el norte hasta al sur, Francisco de Miranda pertenecía a la masonería, como George Washington, Benjamin Franklin, Bolívar y San Martín, entre otros, pero esa acusación no consta en las actas de la Inquisición.
RETRATO DE MIRANDA PINTADO POR GEORGES ROUGET (1835)
Cuando la Corona ordenó su arresto en 1783, Miranda huyó y no volvería a servir a la monarquía española. Desde entonces, su vida se convirtió en una odisea política y militar por Europa y América. En Estados Unidos conoció a figuras como Washington y Jefferson, y participó en la Revolución Americana.
En 1784 partió de Estados Unidos rumbo a Londres, y desde allí inició un periplo extraordinario por Europa. Conoció a John Adams —entonces embajador de EEUU en Londres y futuro presidente estadounidense—, también al rey Federico II de Prusia, y viajó incluso a Constantinopla, capital del imperio otomano. En cada destino se relacionó con figuras clave del pensamiento, la política y el arte. Llegó a codearse con Catalina la Grande de Rusia, y hay quienes sostienen que fue uno de sus amantes.
MONUMENTO DE FRANCISCO DE MIRANDA EN PHILADELPHIA, CIUDAD EN DONDE SE DECLARÓ LA INDEPENDENCIA DE ESTADOS UNIDOS.
En 1791, Miranda se unió al ejército revolucionario francés con el grado de mariscal. Amistó con el Marqués de Lafayette, una figura clave de la Revolución Francesa, quien fue miembro de la Asamblea Nacional y participó en la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789. Es el único latinoamericano cuyo nombre está inscrito en el Arco del Triunfo de París.
Más tarde, el llamado ¨américano universal¨ regresó a Estados Unidos e intentó varias expediciones militares para liberar territorios americanos. Fracasó en Haití (1806) y en tres desembarcos en la costa venezolana, pero su empeño no cesó.
EL POLITOLOGO Y HUMORISTA LAUREANO MÁRQUEZ CONVERS SOBRE MIRANDA CON LA HISTORIADORA INÉS QUINTANA, AUTORA, ENTRE OTROS LIBROS, SOBRE UNO SOBRE EL PRECUSOR DE LA INDEPENDENCIA TITULADO: ¨EL HIJO DE LA PANADERA¨ (2014).
Su gran sueño era otro: la creación de un imperio americano independiente, desde el Misisipi hasta la Tierra del Fuego, donde convivieran blancos, negros, mestizos e indígenas bajo una monarquía constitucional con un emperador llamado “Inca” y un sistema parlamentario bicameral. A esa utopía la bautizó Colombeia, germen de lo que años después sería la Gran Colombia soñada por Simón Bolívar.
Desconocido durante más de un siglo el paradero de los diarios y el archivo que guardó a todo lo largo de su vida fue identificado por el historiador estadounidense William Spence Robertson en 1922 mientras realizaba investigaciones para su monumental biografía The Life of Miranda: los 63 volúmenes que lo conforman se hallaban en una biblioteca privada en Cirencester, Inglaterra.
Tras ser adquiridos por Venezuela una primera edición del archivo fue iniciada en 1929 con el título de Archivo del General Miranda. Una segunda edición titulada Colombeia (designación que el propio Miranda le dio a su archivo)- En 2011, el gobierno de Venezuela publicó en Internet una versión digitalizada de los manuscritos originales de Colombeia (www.franciscodemiranda.org) que p
permite el acceso a los documentos originales de Miranda gratuitamente a toda persona con acceso a Internet. Los manuscritos fueron inscritos en 2007 por la UNESCO en el Registro de la Memoria del Mundo, lista patrimonial de la cual forman parte documentos irremplazables como el manuscrito de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven.
En 1810, con Caracas ya en manos criollas, Miranda regresó a su tierra natal y firmó la Declaración de Independencia de Venezuela en 1811, para luego, con más de 60 años (muchísimos para esa época) continuar dirigiendo, con el rango de generalísimo, tropas venezolanas luchando por la independencia de su territorio.
La gran ironía de su vida ocurrió en su patria. Luego de verse obligado a capitular en una batalla contra el ejército español, para evitar una masacre de sus tropas, se enteró que Bolívar tenía la intención de arrestarlo por ¨tracción¨. Por eso, Miranda tuvo la intención de volver al extranjero y buscar apoyo internacional para la causa libertadora de Venezuela, pero la noche antes de zarpar fue arrestado por orden del Libertador quien, en persona, llegó a su residencia y le dijo: “Déjese preso, general”.
Según los relatos—históricos o nacidos del rumor—Miranda exclamó: “¡Bochinche, bochinche! ¡Esta gente no sabe hacer sino bochinche!”. Era 31 de julio de 1812. Un año después fue entregado a los españoles y enviado al penal de las Cuatro Torres del Arsenal de La Carraca, en Cádiz, donde murió en 1816. El pintor Arturo Michelena inmortalizó ese encierro en un cuadro en el cual Miranda parece preguntarse por qué en nuestro continente persisten el caudillismo, el desorden, la improvisación, los rencores. “Bochinche” —palabra muy venezolana— alude al alboroto, al caos.
MIRANDA EN LA CARRACA. FAMOSO RETRATO DE ARTURO MICHELENA PRESENTADO EN 1896. SE EXHIBE EN LA GALERÍA DE ARTE NACIONAL DE CARACAS, VENEZUELA.
El hombre que atravesó medio mundo, terminó entregado a la Inquisición y a la corona, en la misma tierra donde soñó sembrar la libertad. ¡Bochinche, pues!
PINTURA DEL DIBUJANTE, CARICATURISTA Y PINTOR EDU.