Me llamo Mohammed bin Salmán, aunque todos me conocen como MBS. Soy hijo del actual rey de Arabia Saudita y mi madre es su tercera esposa. No me tocaba ser el príncipe heredero, pero supe mover las piezas dentro de la política familiar, y aprovechando que mi padre ya no está del todo lúcido, escalé posiciones y hasta me inventé el cargo de primer ministro para mí. Desde hace años, soy el gobernador de facto de esta monarquía que todavía tiene una estructura medieval, aunque con una economía moderna y globalizada.

Me acusan de tirano, pero, a ver… ¿acaso no lo fueron también todos mis antecesores desde que mi tribu, los Saud, unificó este país en 1932? Me responsabilizan del asesinato de un periodista saudí disidente que se había asilado en Estados Unidos, un tal Khashoggi, pero yo lo niego rotundamente. ¿O es que los qataríes, los kuwaitíes y otros emires árabes no reprimen también y dan órdenes igual de cuestionables?

Yo, por lo menos, estoy modernizando mi país. Eliminé la absurda prohibición que impedía a las mujeres manejar, ahora pueden sentarse junto a los hombres en estadios de fútbol y otros eventos públicos. Le quité poder a la policía religiosa. Diversifiqué la economía y privaticé parcialmente las acciones de la petrolera estatal Aramco. Y sí, me gusta la buena vida “a la occidental”: tengo múltiples propiedades y soy dueño del club de fútbol inglés Newcastle. Ah, y hablando de fútbol, logré que mi país sea la sede del Mundial 2034.

Hace poco recibí a Donald (él me dice “Mohammed”) junto con algunos de sus ministros y empresarios. Cerramos un acuerdo millonario que favorece mucho a mi país. Estoy convirtiendo el desierto en un campo de rascacielos. ¿Por qué no?

En uno de mis viajes, mientras me alojaba en mi castillo cerca de Versalles, un millonario me habló de una obra de Shakespeare —Ricardo III, creo— donde el rey, antes de morir en batalla, grita: “¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!”. Parece que el herrero le advirtió que no le quedaban suficientes clavos para la herradura, pero él igual se fue a la guerra. Bueno, yo no leo a Shakespeare… lo mío son los camellos.
¿Jesús no decía que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos? Con todo respeto, yo soy musulmán y árabe, y para mí el dromedario es un animal noble. En mi país hay más de un millón de camellos, y algunos son de lujo: los Al Jajira se venden por más de un millón de euros. Ahora que vamos a recibir inversiones por 600 mil millones de dólares del país de la tabacalera de Joe Camel, quizá podamos incluirlos en el negocio.


Después de todo, como dice Donald, estamos en un “nuevo Medio Oriente”, donde su gobierno y el nuestro ponen una cortina de humo sobre el terrorismo de Hamas, el sufrimiento en Gaza y el islamismo radical en Siria.
Alá bless Donald.
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