Érase una vez un vasto territorio conocido como la India Británica, que incluía los actuales India, Pakistán, Bangladesh y zonas de Afganistán y Myanmar (antes Birmania). Al retirarse el Imperio británico, emergieron profundas divisiones religiosas, étnicas y políticas que impidieron la formación de una India unificada.

Pakistán se creó como un estado musulmán separado de la India, mayoritariamente hindú, pese a los esfuerzos de Mahatma Gandhi por mantener una nación secular, multiétnica y unificada. Sin embargo, el extremismo religioso y el tribalismo se impusieron. Pakistán, dividido en dos regiones —una al oeste y otra al este del subcontinente— enfrentó tensiones internas. En 1971, el Pakistán oriental proclamó su independencia bajo el nombre de Bangladesh, tras un conflicto con su contraparte occidental. Aunque todos compartían el islam como religión, las diferencias lingüísticas, culturales y étnicas, así como la distancia geográfica, hicieron insostenible su unión.

La herencia del tribalismo y el sistema de castas continúa marcando a la región, donde la movilidad social sigue siendo limitada. El caso más simbólico del conflicto no resuelto es Cachemira y Jammu, un antiguo principado con población hindú y musulmana. Tras la partición en 1947, India y Pakistán se dividieron el control del territorio, sin llegar a un acuerdo definitivo. La región, rica en agua y belleza natural, ha sido escenario de tres guerras entre ambos países, alimentadas por reclamos territoriales y acusaciones mutuas de fomentar el terrorismo.
Hoy, Cachemira – famosa por el tejido de cabra que ahí se produce – representa uno de los tres grandes focos de tensión del siglo XXI entre potencias nucleares junto al conflicto entre Irán e Israel y la guerra entre Rusia y la OTAN en Ucrania. Su historia recuerda que las fronteras impuestas y las diferencias étnico-religiosas mal gestionadas pueden tener consecuencias que perduran por generaciones.
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