¿Qué pasó con la globalización? Hace unas décadas parecía que íbamos rumbo a un mundo cada vez más integrado, con fronteras abiertas y economías interconectadas. Sin embargo, hoy vemos cómo resurgen los nacionalismos, como ocurrió a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la competencia entre potencias desembocó en la Primera Guerra Mundial.
El sueño de la libre circulación en Europa, ejemplificado en el acuerdo de Schengen, enfrenta cada vez más obstáculos. Países como Hungría y Polonia, en el caso de la migración de países árabes y musulmanes no reciben refugiados y el auge de la extrema derecha en Austria, Países Bajos, Alemania y Francia, entre otras naciones del Viejo Continente, se sustenta en que muchos ciudadanos – antes abiertos al mundo – no estén hoy de acuerdo en pertenecer a bloques políticos como el de la Unión Europea (el libre mercado sí es más popular), y exigen a sus políticos abandonar la idea de fronteras abiertas. ¿Es, entonces, la aspiración de una Europa unida, un espejismo de una privilegiada y breve época cuyo fin estamos presenciando?

Y ahora le tocó al libre comercio. Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo apostó por derribar barreras económicas, un proceso que se aceleró con la caída del comunismo en la Unión Soviética y Europa del Este, así como con el giro de China hacia el capitalismo. Pero la misma superpotencia que lideró esa transformación, Estados Unidos, impone regulaciones que frenan la competencia global. ¿Se trata solo de un capricho de Trump, o es un cambio de paradigma más profundo?

Las respuestas a estas preguntas son complejas. Podemos analizar algunos de los acontecimientos claves que han desacelerado la globalización y la han transformado en algo diferente a lo que imaginábamos. Hoy, la interconexión es más digital que real: tenemos más contacto virtual, pero menos profundidad en las relaciones humanas y el pensamiento crítico.
Estos son algunos de los principales eventos que han ralentizado la globalización:
- El 11- S- 2001 marcó un antes y un después en la política de respetar la privacidad de los ciudadanos en las democracias. Hasta ese momento, los servicios de inteligencia de las grandes potencias se enfocaban en vigilar a gobiernos rivales, pero tras los atentados de Nueva York y Washington, su prioridad pasó a ser el espionaje interno. Lo mismo ocurrió tras ataques en Europa. El miedo y la desconfianza cambiaron la idea de sociedades democráticas abiertas, generando un ambiente de mayor vigilancia y control.
- La crisis financiera de 2008 dejó claro que la banca privada y las grandes empresas no podían operar sin regulación.
- La migración masiva a Europa de refugiados de Medio Oriente y África también generó tensiones. La llegada de miles de personas escapando de conflictos en Irak, Siria y Libia coincidió con un problema que ya existía: generaciones de inmigrantes musulmanes que, por errores en las políticas de integración o por fanatismo religioso, no se adaptan del todo a sus países de acogida. Esto alimentó la xenofobia, la discriminación y, en algunos casos, enfrentamientos violentos en varias ciudades europeas.
- El ascenso económico y comercial de China puso en jaque a las potencias tradicionales. Mientras Estados Unidos y el Reino Unido dominaban la industria en el siglo XX, China fue ganando terreno. Su estrategia, discreta pero efectiva, desplazó a los líderes industriales de antaño y reconfiguró el mapa del comercio global.
- El Brexit.
- El Covid es un factor que nos genera desconfianza sobre ese mundo interconectado del cual esperábamos que todo sería en beneficio de todos.
- La obsesión proteccionista de Trump de creer que los aranceles son la panacea para volver a industrializar a su país, unido a su inestable personalidad y su estilo de convertir un necesario debate mundial en un asunto de represalias y venganzas, nos devuelva a una era de regulaciones que creíamos superada.
A pesar de todo esto, la globalización sigue avanzando, impulsada por la tecnología y la interdependencia económica pero el instinto humano de protegerse de lo desconocido sigue ahí, resistiéndose al cambio.
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