En un artículo titulado “Solo sé que sé todo” (27/10/19), argumenté que, a diferencia de los discípulos racionalistas de Platón, vivimos en tiempos en los que poseer tecnologías de comunicación inmediata en la palma de la mano (celulares, iPads, etc.) parece darnos la licencia de creer que lo sabemos todo. La dinámica de mensajes descontextualizados que propagamos forma parte del fenómeno que los académicos de las ciencias sociales han denominado “posverdad”.
La mentira obvia y la posverdad son conceptos distintos. Según el diccionario de Oxford, que eligió “posverdad” como palabra del año en 2016, este término se refiere al fenómeno en el que los hechos objetivos tienen menos influencia en la formación de la opinión pública que aquellos argumentos que apelan a las emociones y las creencias personales.

La posverdad representa el triunfo de los múltiples relatos. Uno de los fundadores de la ideología posmoderna, el académico francés Jean-François Lyotard, aborda este tema en su texto “La condición posmoderna: informe sobre el saber” (1979), donde plantea una confrontación con la cultura y el conocimiento de la era moderna, caracterizada por su racionalidad y empirismo. Lyotard reivindica el lenguaje como moldeador de realidades. En otras palabras, la opinión de cada usuario de las redes sociales parece pesar más que los hechos verificables.
Entre las consecuencias de la posverdad se encuentran la proliferación de noticias falsas (“fake news”), teorías conspirativas y un revisionismo histórico que menosprecia las contribuciones de la civilización occidental, especialmente durante el periodo de la Ilustración y el de la modernidad. Estas etapas promovieron la integración y el progreso de minorías raciales, étnicas, religiosas y de género que, históricamente, habían sido relegadas. Sin embargo, ciertos grupos luchan contra lo que perciben como la persistencia de una “clase patriarcal, heterosexual y blanca” (asociada al llamado “marxismo cultural”), generando polarización y lo que se ha denominado “batallas identitarias”.

TRES IMPORTANTES FUNDADORES DEL POSMODERNISMO: FOUCUALT, LYOTARD Y DERRIDA.
La posverdad se ve fortalecida por una cultura online que profundiza la crisis de identidad y la irracionalidad. Esto ocurre en un mundo más conectado tecnológicamente, pero más divorciado del sentido común y de la sensibilidad hacia los demás.
POPULISMO Y AUTOCRACIAS
En El engreimiento de la mente americana (2018), los autores Jonathan Haidt, psicólogo, y Greg Lukianoff, escritor, advierten que las generaciones más jóvenes, sobreprotegidas por sus padres, escuelas y universidades, se han vuelto “frágiles, hipersusceptibles y maniqueas. No están preparadas para enfrentar la vida, que implica conflicto, ni la democracia, que requiere debate”. El psicólogo clínico Jordan Peterson advierte, sobre este ¨diagnostico¨ social, que la victimización perenne de colectivos identitarios revela el carácter esencialmente totalitario ya que ¨priva a los individuos de su sentido de responsabilidad sobre su propio destino¨.
La llamada “cultura woke” (que se define como estar “despiertos” ante las injusticias) estimula al boicot y la cancelación cultural de aquellos que, con sus mensajes,
podrían ofender nuestras creencias. Excluir a una persona de un campus universitario, una institución laboral o un ámbito profesional por sus ideas o expresiones genera el deterioro de las democracias.
La victimización, sumada a la carencia de verdades fácticas y principios morales claros, genera un sentido confusión que conduce a las mayorías a estar dispuestas a conceder poder a figuras autocráticas como Donald Trump o los líderes de la extrema derecha en Europa, o a populistas que prometen utopías sociales, como el comunismo de Jean-Luc Melenchón en Francia o los movimientos de izquierda extremista y separatista en España y Latinoamérica.
En tiempos de posverdad, los hechos se deforman y adquieren nuevos significados. Así, la invasión de Rusia a Ucrania se presenta como una “operación militar especial” pese a su duración de años y su trágico saldo de muertes. La ocupación de territorios sirios por parte de Turquía o Israel se describe como “política de defensa”. En México, la inacción frente al narcotráfico se disfraza como una “política de abrazos y no balazos”. Este uso deliberado de un lenguaje manipulador recuerda la neolengua del régimen distópico de 1984, la célebre novela de George Orwell, en el cual el protagonista trabaja para el Ministerio de la Verdad, una institución dedicada no a informar, sino a controlar y adormecer a los ciudadanos.
En este contexto las redes sociales son aprovechados para los difusores de la posverdad.
«SAFE PLACES¨
La primera vez que leí sobre los «espacios seguros» en universidades de Estados Unidos, Canadá y Europa, pensé que se trataba de una noticia falsa. La idea de zonas en los campus donde las personas pudieran refugiarse de conversaciones ideológicas o intelectuales, evitando cualquier tema polémico que alterara su tranquilidad, parecía sacada de una obra de ciencia ficción. Sin embargo, me equivoqué.
Con el tiempo, descubrí que estos «safe places» no solo eran reales, sino cada vez más comunes en universidades del «primer mundo». Surgieron en la década de 1960 como refugio para la comunidad LGBTIQ+ y, posteriormente, para movimientos feministas. En su contexto original la propuesta tenía sentido: ofrecer espacios protegidos para minorías históricamente vulneradas. Sin embargo, lo que comenzó como un acto de protección derivó en un fenómeno más complejo.
Hoy, los «espacios seguros» se han transformado en trincheras desde las cuales algunos grupos buscan imponer censura activa fuera de esos lugares. Esta evolución llevó a que ciertos estudiantes demanden la cancelación de conferencistas o profesores cuyas opiniones desafíen sus sensibilidades. Así, bajo la bandera de la protección, se fomenta la restricción del pensamiento crítico y la libertad de expresión.
El fenómeno no termina allí. Estas zonas libres de debate fueron caldo de cultivo para el auge de la corrección política, que inicialmente pretendía promover respeto, pero que hoy se ha desbordado hacia la cultura de la cancelación. Profesores, académicos e invitados han sido etiquetados como «fascistas», «racistas» o «machistas», y boicoteados simplemente por expresar ideas disonantes. Este movimiento está debilitando el corazón de la vida académica: el intercambio de ideas.
Paradójicamente, las universidades, que históricamente se presentaron como bastiones de libertad de expresión y pensamiento crítico, se han convertido en entornos hostiles para la inteligencia, la tolerancia y la polémica. Los eventos recientes de 2024, marcados por discursos de odio y antisemitismo relacionados con el conflicto en Medio Oriente, son prueba de las universidades, en lugar de fomentar el debate respetuoso, se van transformado en recintos de intolerancia y censura.
CULTURA DE LA CANCELACIÓN
En septiembre de 2024, la ministra de Educación del Reino Unido, Bridget Phillipson, quien también lidera el Ministerio de la Mujer y la Igualdad en el gobierno laborista, suspendió una legislación destinada a la educación superior con el objetivo de frenar la proliferación de la llamada «cultura de la cancelación» en los campus universitarios británicos.
El término «cancel culture» comenzó a utilizarse en 2015, pero alcanzó gran notoriedad a partir de 2018, cuando no solo en redes sociales, sino también en universidades y empresas, se empezó a boicotear la contratación o permanencia de personas cuyas opiniones sobre temas polémicos —desde políticas de género hasta conflictos internacionales— no eran aceptadas por ciertos grupos de presión, generalmente asociados al movimiento woke.
El reconocido psicólogo, científico y lingüista canadiense Steven Pinker, quien logró evitar un intento de cancelación gracias al respaldo de decenas de colegas académicos de su universidad, Harvard, y de intelectuales de otras instituciones, expresó en una entrevista con el diario La Nación de Argentina: «Estamos ante la puja de dos corrientes comandadas por una derecha autoritaria, nacionalista y populista, y una izquierda posmodernista, identitaria y políticamente correcta. Si solo debatimos sobre ciertas ideas, nos garantizaremos la ignorancia.»
La ignorancia es, precisamente, la base de la posverdad. En una sociedad saturada de información, pero con escaso conocimiento, entregada a la instantaneidad, es fácil caer en la superficialidad y, como consecuencia, eludir la cultura del debate.
El exjuez del Tribunal Supremo británico, Lord Sumption, sintetizó con precisión el peligro que representan la posverdad y la cultura de la cancelación. Declaró:
«En la última década hemos presenciado demasiados casos de académicos acosados, marginados, amenazados con procedimientos disciplinarios, obligados a autocensurarse e incluso despedidos por negarse a aceptar los clichés habituales sobre cuestiones que son materia de legítimo debate, como la identidad de género, el imperialismo, la esclavitud, la discriminación racial y muchas otras. Lo que ocurre es una traición a la vocación de nuestras universidades.»
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