El ganador de las elecciones del pasado 28 de abril en Canadá no fue el ex Beatle si no el sustituto temporal del anterior primer ministro Trudeau, Mark Carney, líder del partido liberal desde marzo de este año, valga el parónimo (vocablo que se parece a otro en pronunciación o forma de escribirse).
Tras la renuncia de Trudeau al liderazgo del del Partido Liberal eligió temporalmente a Carney quien asumió el cargo de jefe de gobierno en marzo de este año y aunque las encuestas daban una ventaja importante al Partido Conservador dirigido por el diputado Pierre Poilievre, el partido Carney obtuvo una ajustada mayoría parlamentaria sobre el de Poilievre ¨with a little help of his friends¨ en Washington.
Carney y Polievre
Las políticas arancelarias de Trump y el perfil de Marc Carney – hábil y experimentado economista, ex director del Banco Central de Canadá y de otras organizaciones económicas de Europa (tiene nacionalidad inglesa e irlandesa también) – cambiaron las prioridades de muchos canadienses que votaron, principalmente, pensando cuál primer ministro podría enfrentar mejor al presidente de Estados Unidos.
Por supuesto que Carney le dirá a Trump ¨I want to hold your hand¨, aunque sea hipócritamente, para negociar un acuerdo comercial bilateral sensato como el TLC anterior junto a México y le tendrá que hacer comprender al exaltado presidente vecino que en Estados Unidos también tienen que ¨drive my car¨ si no quieren represalias para productos necesarios para su industria automotriz
Trump tendrá que entender que el ¨make America great again¨ quedó en ¨yesterday¨, que no es posible restaurar el pasado y que las relaciones entre aliados no se pueden dar con constantes amenazas de ¨hello, goodbye¨. Carney, de 60 años, preguntará de nuevo a los canadienses, si termina su primer mandato completo: ¨will you still need me, Will you still feed me when I´m sixty four¨.
Pero antes:
¨Hey Trump, don´t make it bad/ take a wrong deal and make it better/remember to let it go with the wind/ then you can start it to make it better…¨
La Iglesia Católica comenzó a adquirir poder político con la unificación del Imperio Romano bajo Constantino, quien, en su lecho de muerte, se bautizó en Bizancio (actual Estambul). En el año 379 d.C., Teodosio I estableció el cristianismo como la religión oficial. La intersección de religión y política ha sido una constante desde que el ser humano se organizó socialmente, y continúa siendo relevante, especialmente, en el mundo musulmán.
Durante la Edad Media, la Iglesia Católica se convirtió en un escenario de intensos conflictos internos, originados por disputas doctrinales y luchas por el poder. Un ejemplo ilustrativo es la «querella de las investiduras» en el siglo XI, que enfrentó a los Papas de Roma con los monarcas europeos, quienes empezaban a resistir la intromisión de la Iglesia en asuntos políticos. Todo comenzó cuando el Papa Gregorio VII, conocido por introducir el celibato, proclamó que la autoridad papal estaba por encima de reyes y príncipes, otorgándole el derecho de nombrar y destituir obispos en el Vaticano y en iglesias locales.
El emperador Enrique IV del Sacro Imperio Germánico se opuso a esta doctrina. La historia, compleja y extensa, culminó cuando Enrique expulsó a Gregorio de Roma, y el Imperio Germano consiguió imponer a los Papas posteriores, lo que sentó un precedente que politizó la Iglesia de una manera sin precedentes.
Esta tensión fue un precedente de otros conflictos como ¨el Cisma de Occidente¨ cuando dos obispos se dividieron la jurisdicción de la Iglesia con Clemente V residiendo en la ciudad francesa de Aviñón (y 6 de sus sucesores) y Urbano VI quien regía en Roma.
FUENTE: HISTORIA UNIVERSAL PARA PRINCIPIANTES
Este breve resumen, aunque simplificado y muy incompleto, subraya que las divisiones internas entre los sectores conservadores y reformistas de la Iglesia han sido, desde que la Iglesia se independizo de Italia como el estado independiente más pequeño del mundo, en 1929, (Tratado de Letrán entre el Papa Pío XI y Benito Mussolini), resueltas civilizadamente en cónclaves. Desde entonces el Vaticano no ha podido tener mayor influencia política y fue (¿cómplice o neutral?) durante los regímenes de Mussolini y el Nazismo y quizás, gracias a Juan Pablo II, algo más comprometida en la lucha por la libertad, contra el comunismo soviético y de Europa Oriental.
Hoy en día, muchos de los cristianos del mundo no siguen las doctrinas eclesiásticas en su vida cotidiana, excepto en cuestiones específicas como el divorcio o los derechos de las comunidades LGBTQ+. Para muchos católicos, el cambio en la doctrina vaticana tiene escaso impacto en su vida.
Desde mi perspectiva, el Vaticano, como estado, actúa como una «voz» simbólica en un escenario saturado de intereses políticos, organizaciones internacionales, corporaciones, incluyendo su propio banco, y la cacofonía de redes sociales. No es mucho lo que pueda hacer por el mundo un Papa hoy, pero al menos, por decencia y simbolismo, defender los principios de tolerancia, luchar contra el antisemitismo, denunciar la pederastia en la Iglesia, y evitar ser manipulado por dictaduras como las de Cuba o Venezuela.
Todo lo demás tiende a reducirse a lo milagroso o lo mediático.
¿Qué pasó con la globalización? Hace unas décadas parecía que íbamos rumbo a un mundo cada vez más integrado, con fronteras abiertas y economías interconectadas. Sin embargo, hoy vemos cómo resurgen los nacionalismos, como ocurrió a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la competencia entre potencias desembocó en la Primera Guerra Mundial.
El sueño de la libre circulación en Europa, ejemplificado en el acuerdo de Schengen, enfrenta cada vez más obstáculos. Países como Hungría y Polonia, en el caso de la migración de países árabes y musulmanes no reciben refugiados y el auge de la extrema derecha en Austria, Países Bajos, Alemania y Francia, entre otras naciones del Viejo Continente, se sustenta en que muchos ciudadanos – antes abiertos al mundo – no estén hoy de acuerdo en pertenecer a bloques políticos como el de la Unión Europea (el libre mercado sí es más popular), y exigen a sus políticos abandonar la idea de fronteras abiertas. ¿Es, entonces, la aspiración de una Europa unida, un espejismo de una privilegiada y breve época cuyo fin estamos presenciando?
Y ahora le tocó al libre comercio. Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo apostó por derribar barreras económicas, un proceso que se aceleró con la caída del comunismo en la Unión Soviética y Europa del Este, así como con el giro de China hacia el capitalismo. Pero la misma superpotencia que lideró esa transformación, Estados Unidos, impone regulaciones que frenan la competencia global. ¿Se trata solo de un capricho de Trump, o es un cambio de paradigma más profundo?
Las respuestas a estas preguntas son complejas. Podemos analizar algunos de los acontecimientos claves que han desacelerado la globalización y la han transformado en algo diferente a lo que imaginábamos. Hoy, la interconexión es más digital que real: tenemos más contacto virtual, pero menos profundidad en las relaciones humanas y el pensamiento crítico.
Estos son algunos de los principales eventos que han ralentizado la globalización:
El 11- S- 2001 marcó un antes y un después en la política de respetar la privacidad de los ciudadanos en las democracias. Hasta ese momento, los servicios de inteligencia de las grandes potencias se enfocaban en vigilar a gobiernos rivales, pero tras los atentados de Nueva York y Washington, su prioridad pasó a ser el espionaje interno. Lo mismo ocurrió tras ataques en Europa. El miedo y la desconfianza cambiaron la idea de sociedades democráticas abiertas, generando un ambiente de mayor vigilancia y control.
La crisis financiera de 2008 dejó claro que la banca privada y las grandes empresas no podían operar sin regulación.
La migración masiva a Europa de refugiados de Medio Oriente y África también generó tensiones. La llegada de miles de personas escapando de conflictos en Irak, Siria y Libia coincidió con un problema que ya existía: generaciones de inmigrantes musulmanes que, por errores en las políticas de integración o por fanatismo religioso, no se adaptan del todo a sus países de acogida. Esto alimentó la xenofobia, la discriminación y, en algunos casos, enfrentamientos violentos en varias ciudades europeas.
El ascenso económico y comercial de China puso en jaque a las potencias tradicionales. Mientras Estados Unidos y el Reino Unido dominaban la industria en el siglo XX, China fue ganando terreno. Su estrategia, discreta pero efectiva, desplazó a los líderes industriales de antaño y reconfiguró el mapa del comercio global.
El Brexit.
El Covid es un factor que nos genera desconfianza sobre ese mundo interconectado del cual esperábamos que todo sería en beneficio de todos.
La obsesión proteccionista de Trump de creer que los aranceles son la panacea para volver a industrializar a su país, unido a su inestable personalidad y su estilo de convertir un necesario debate mundial en un asunto de represalias y venganzas, nos devuelva a una era de regulaciones que creíamos superada.
A pesar de todo esto, la globalización sigue avanzando, impulsada por la tecnología y la interdependencia económica pero el instinto humano de protegerse de lo desconocido sigue ahí, resistiéndose al cambio.
En América Latina están los totalitarios de Cuba, Venezuela y Nicaragua y los que quieren quedarse o volver al poder en Bolivia: el ahora presidente Luis Arce vs. Evo Morales, antes compadres y ahora enemigos de un país al cual ambos han conducido a la quiebra.
También está el caso de Bukele con su reelección, quien probablemente intentará repetirla en El Salvador. Y dan señales de querer atornillarse a sillas presidenciales con reformas que se lo faciliten el colombiano Gustavo Petro y en México con un sistema de autoritarismo de partido- como lo logró durante décadas el PRI – el partido MORENA con la presidencia de López Obrador y la actual de Claudia Sheinbaum.
En África, apenas 10 países de los 54 que existen en ese continente, son plenamente democráticos: con separación de poderes, imperio de la ley y elecciones libre y justas. El resto son sistemas híbridos con elecciones amañadas y en los cuales el presidente o una junta militar dan las órdenes. Los dictadores más longevos son Paul Biya en Camerún (43 años), Teodoro Obiang en Guinea Ecuatoria (casi 40 años) y Yoweri Kaguta Museveni en Uganda 33 años. Hay muchos más hasta llegar a las dictaduras surgidas de 7 golpes de estado que se ejecutaron entre 2020 y 2023.
En Asía compiten también por el renglón de naciones dictatoriales las teocracias del Medio Oriente como Irán, Arabia Saudí y los pequeños países del Golfo Pérsico; la de los Talibanes en Afganistán; la orwelliana de Corea del Norte y por supuesto su madrastra China y las de exrepúblicas soviéticas como Bielorrusia y Rusia entre otras. En fin, hay para todos los gustos.
Y si los demócratas ya estábamos preocupados con la decadencia de la tradición republicana por casos como los de Turquía, Hungría y las tendencias ideológicas de otros países, la democracia de Estados Unidos está amenazada con Trump quien se pelea con el sistema de justicia e intenta no, reformar, si no refundar a su país. ¡Cuidado! Es el mismo discurso y las mismas consecuencias con diferentes matices.
En un artículo titulado “Solo sé que sé todo” (27/10/19), argumenté que, a diferencia de los discípulos racionalistas de Platón, vivimos en tiempos en los que poseer tecnologías de comunicación inmediata en la palma de la mano (celulares, iPads, etc.) parece darnos la licencia de creer que lo sabemos todo. La dinámica de mensajes descontextualizados que propagamos forma parte del fenómeno que los académicos de las ciencias sociales han denominado “posverdad”.
La mentira obvia y la posverdad son conceptos distintos. Según el diccionario de Oxford, que eligió “posverdad” como palabra del año en 2016, este término se refiere al fenómeno en el que los hechos objetivos tienen menos influencia en la formación de la opinión pública que aquellos argumentos que apelan a las emociones y las creencias personales.
La posverdad representa el triunfo de los múltiples relatos. Uno de los fundadores de la ideología posmoderna, el académico francés Jean-François Lyotard, aborda este tema en su texto “La condición posmoderna: informe sobre el saber” (1979), donde plantea una confrontación con la cultura y el conocimiento de la era moderna, caracterizada por su racionalidad y empirismo. Lyotard reivindica el lenguaje como moldeador de realidades. En otras palabras, la opinión de cada usuario de las redes sociales parece pesar más que los hechos verificables.
Entre las consecuencias de la posverdad se encuentran la proliferación de noticias falsas (“fake news”), teorías conspirativas y un revisionismo histórico que menosprecia las contribuciones de la civilización occidental, especialmente durante el periodo de la Ilustración y el de la modernidad. Estas etapas promovieron la integración y el progreso de minorías raciales, étnicas, religiosas y de género que, históricamente, habían sido relegadas. Sin embargo, ciertos grupos luchan contra lo que perciben como la persistencia de una “clase patriarcal, heterosexual y blanca” (asociada al llamado “marxismo cultural”), generando polarización y lo que se ha denominado “batallas identitarias”.
TRES IMPORTANTES FUNDADORES DEL POSMODERNISMO: FOUCUALT, LYOTARD Y DERRIDA.
La posverdad se ve fortalecida por una cultura online que profundiza la crisis de identidad y la irracionalidad. Esto ocurre en un mundo más conectado tecnológicamente, pero más divorciado del sentido común y de la sensibilidad hacia los demás.
POPULISMO Y AUTOCRACIAS
En El engreimiento de la mente americana (2018), los autores Jonathan Haidt, psicólogo, y Greg Lukianoff, escritor, advierten que las generaciones más jóvenes, sobreprotegidas por sus padres, escuelas y universidades, se han vuelto “frágiles, hipersusceptibles y maniqueas. No están preparadas para enfrentar la vida, que implica conflicto, ni la democracia, que requiere debate”. El psicólogo clínico Jordan Peterson advierte, sobre este ¨diagnostico¨ social, que la victimización perenne de colectivos identitarios revela el carácter esencialmente totalitario ya que ¨priva a los individuos de su sentido de responsabilidad sobre su propio destino¨.
La llamada “cultura woke” (que se define como estar “despiertos” ante las injusticias) estimula al boicot y la cancelación cultural de aquellos que, con sus mensajes, podrían ofender nuestras creencias. Excluir a una persona de un campus universitario, una institución laboral o un ámbito profesional por sus ideas o expresiones genera el deterioro de las democracias.
La victimización, sumada a la carencia de verdades fácticas y principios morales claros, genera un sentido confusión que conduce a las mayorías a estar dispuestas a conceder poder a figuras autocráticas como Donald Trump o los líderes de la extrema derecha en Europa, o a populistas que prometen utopías sociales, como el comunismo de Jean-Luc Melenchón en Francia o los movimientos de izquierda extremista y separatista en España y Latinoamérica.
En tiempos de posverdad, los hechos se deforman y adquieren nuevos significados. Así, la invasión de Rusia a Ucrania se presenta como una “operación militar especial” pese a su duración de años y su trágico saldo de muertes. La ocupación de territorios sirios por parte de Turquía o Israel se describe como “política de defensa”. En México, la inacción frente al narcotráfico se disfraza como una “política de abrazos y no balazos”. Este uso deliberado de un lenguaje manipulador recuerda la neolengua del régimen distópico de 1984, la célebre novela de George Orwell, en el cual el protagonista trabaja para el Ministerio de la Verdad, una institución dedicada no a informar, sino a controlar y adormecer a los ciudadanos.
En este contexto las redes sociales son aprovechados para los difusores de la posverdad.
«SAFE PLACES¨
La primera vez que leí sobre los «espacios seguros» en universidades de Estados Unidos, Canadá y Europa, pensé que se trataba de una noticia falsa. La idea de zonas en los campus donde las personas pudieran refugiarse de conversaciones ideológicas o intelectuales, evitando cualquier tema polémico que alterara su tranquilidad, parecía sacada de una obra de ciencia ficción. Sin embargo, me equivoqué.
Con el tiempo, descubrí que estos «safe places» no solo eran reales, sino cada vez más comunes en universidades del «primer mundo». Surgieron en la década de 1960 como refugio para la comunidad LGBTIQ+ y, posteriormente, para movimientos feministas. En su contexto original la propuesta tenía sentido: ofrecer espacios protegidos para minorías históricamente vulneradas. Sin embargo, lo que comenzó como un acto de protección derivó en un fenómeno más complejo.
Hoy, los «espacios seguros» se han transformado en trincheras desde las cuales algunos grupos buscan imponer censura activa fuera de esos lugares. Esta evolución llevó a que ciertos estudiantes demanden la cancelación de conferencistas o profesores cuyas opiniones desafíen sus sensibilidades. Así, bajo la bandera de la protección, se fomenta la restricción del pensamiento crítico y la libertad de expresión.
El fenómeno no termina allí. Estas zonas libres de debate fueron caldo de cultivo para el auge de la corrección política, que inicialmente pretendía promover respeto, pero que hoy se ha desbordado hacia la cultura de la cancelación. Profesores, académicos e invitados han sido etiquetados como «fascistas», «racistas» o «machistas», y boicoteados simplemente por expresar ideas disonantes. Este movimiento está debilitando el corazón de la vida académica: el intercambio de ideas.
Paradójicamente, las universidades, que históricamente se presentaron como bastiones de libertad de expresión y pensamiento crítico, se han convertido en entornos hostiles para la inteligencia, la tolerancia y la polémica. Los eventos recientes de 2024, marcados por discursos de odio y antisemitismo relacionados con el conflicto en Medio Oriente, son prueba de las universidades, en lugar de fomentar el debate respetuoso, se van transformado en recintos de intolerancia y censura.
CULTURA DE LA CANCELACIÓN
En septiembre de 2024, la ministra de Educación del Reino Unido, Bridget Phillipson, quien también lidera el Ministerio de la Mujer y la Igualdad en el gobierno laborista, suspendió una legislación destinada a la educación superior con el objetivo de frenar la proliferación de la llamada «cultura de la cancelación» en los campus universitarios británicos.
El término «cancel culture» comenzó a utilizarse en 2015, pero alcanzó gran notoriedad a partir de 2018, cuando no solo en redes sociales, sino también en universidades y empresas, se empezó a boicotear la contratación o permanencia de personas cuyas opiniones sobre temas polémicos —desde políticas de género hasta conflictos internacionales— no eran aceptadas por ciertos grupos de presión, generalmente asociados al movimiento woke.
El reconocido psicólogo, científico y lingüista canadiense Steven Pinker, quien logró evitar un intento de cancelación gracias al respaldo de decenas de colegas académicos de su universidad, Harvard, y de intelectuales de otras instituciones, expresó en una entrevista con el diario La Nación de Argentina: «Estamos ante la puja de dos corrientes comandadas por una derecha autoritaria, nacionalista y populista, y una izquierda posmodernista, identitaria y políticamente correcta. Si solo debatimos sobre ciertas ideas, nos garantizaremos la ignorancia.»
La ignorancia es, precisamente, la base de la posverdad. En una sociedad saturada de información, pero con escaso conocimiento, entregada a la instantaneidad, es fácil caer en la superficialidad y, como consecuencia, eludir la cultura del debate.
El exjuez del Tribunal Supremo británico, Lord Sumption, sintetizó con precisión el peligro que representan la posverdad y la cultura de la cancelación. Declaró: «En la última década hemos presenciado demasiados casos de académicos acosados, marginados, amenazados con procedimientos disciplinarios, obligados a autocensurarse e incluso despedidos por negarse a aceptar los clichés habituales sobre cuestiones que son materia de legítimo debate, como la identidad de género, el imperialismo, la esclavitud, la discriminación racial y muchas otras. Lo que ocurre es una traición a la vocación de nuestras universidades.»