Estaban sentados en la sala de prensa, el espacio donde tradicionalmente los presidentes de Estados Unidos y sus homólogos visitantes hacen breves declaraciones—casi siempre retóricas—ante los medios de comunicación. Los diálogos sinceros, y a veces acalorados, ocurren a puerta cerrada, en presencia de las comitivas oficiales.
Pero entonces ocurrió lo que solo es posible cuando el presidente anfitrión es un ególatra rodeado de un séquito de incondicionales que compiten por su aprobación. En este caso, J.D. Vance, como si fuera el secretario de Estado en lugar de Marco Rubio—quien estaba presente, pero sin saber cómo desvanecerse—acusó al dirigente invitado de faltar al respeto al presidente en el Salón Oval.

Trump, urgido por demostrar aún más agresividad que Vance, arremetió contra el mandatario extranjero, quien intentaba defenderse con sólidos argumentos a pesar de las constantes interrupciones. Explicó que su pueblo estaba profundamente agradecido por la ayuda estadounidense, pero que la agresión que sufrían había comenzado por un ataque enemigo, no por su país. No podía aceptar, «con todo respeto, presidente de una superpotencia», negociar la paz con un adversario que buscaba la total destrucción de su nación, algo que ya había demostrado reiteradamente.
¡Y de repente! Trump recordó que el hombre frente a él era Netanyahu. Su reciente discusión con el «dictador» Zelensky sobre hacer la paz con el «demócrata» Putin lo confundió: «Perdón, Bibi. En este caso, la solución para la paz es seguir ignorando a la Autoridad Palestina en Cisjordania. Destruye totalmente a Hamás, aunque eso implique que no podrás rescatar a más rehenes israelíes. Luego viene lo mejor: nosotros mandamos tropas para la reconstrucción de Gaza y deportamos a los dos millones de palestinos que viven allí».

Semanas antes, Zelensky había abandonado la Casa Blanca como un genuino representante de los intereses de Ucrania y fue recibido en su país como un héroe. Netanyahu, en cambio, regresó a Israel donde la mayoría de sus ciudadanos quedaron preocupados por el destino las decenas de rehenes aun torturados por Hamas. Muchos otros, se sentían avergonzados de que el líder del estado judío hubiera sugerido que la expulsión de los palestinos era una «buena idea».
COMENTARIO CERTERO DEL PERIODISTA CHRISS COUMO
Mejor veo menos noticias; me provocan pesadillas como ésta.
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