Uno de los perros más emblemáticos de la literatura universal es Argos, el fiel compañero del héroe de La Odisea. Durante veinte años aguardó el regreso de Odiseo a Ítaca y fue el único ser capaz de reconocerlo a pesar del disfraz de mendigo harapiento que la diosa Atenea le había impuesto para hacerlo pasar desapercibido mientras evaluaba la peligrosa situación de su hogar. Sin embargo, Argos, ya viejo y descuidado por los humanos, aún poseía la lealtad intacta. Con un último esfuerzo, agitó la cola y enderezó las orejas al ver a su dueño y a duras penas murió a sus pies. Odiseo, quien no podía delatarse mostrándole cariño a su mascota solo derramó una lágrima antes de seguir su camino.

A lo largo de la historia, la literatura ha dado vida a múltiples protagonistas caninos, pero pocos han encarnado la lealtad como Argos. Quizá su historia cimentó la idea de que los perros son los más fieles entre los animales domesticados. Algunos autores, sin embargo, les han otorgado un atributo humano: la palabra. Tal es el caso de Cipión y Berganza en El coloquio de los perros, de las Novelas ejemplares de Cervantes (1613). Estos canes no solo dialogan, sino que satirizan la hipocresía y corrupción de la sociedad de su tiempo. Cervantes, además, les concede una sabiduría esencial: la capacidad de vivir el presente. ¿No es ese, acaso, el propósito del yoga, la meditación y tantas prácticas espirituales que buscan liberar al ser humano del peso del pasado y la ansiedad del futuro?

También Kafka, en Investigaciones de un perro, nos introduce en la mente de un can que, reflexivo y desconcertado, se enfrenta a su propia naturaleza: la dependencia de los humanos y, a la vez, su incapacidad para comprenderlos.

Hace unas horas, nos despedimos de un miembro de nuestra familia: Lulu, una Beagle de trece años. A diferencia de Argos fue querida, mimada y, finalmente, acompañada hasta su viaje eterno por quienes la amamos: Rocío, Hannah y yo. Lulish se fue, creemos, como vivió: en un aquí y ahora, un eterno presente. En sus ojos, me pareció a menudo, percibir una melancolía opuesta a la alegría que mostraba al sacudir la cola, como si se apiadara de quienes tenemos demasiada consciencia de la maldad, las enfermedades y la muerte.


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