En 1938 el científico Roy J Plunkett y su asistente Jack Rebok, trabajadores de la empresa química DuPont, experimentaban para la fabricación de gases relacionados con refrigerantes cuando, accidentalmente, produjeron una materia blanca que años después sirvió para la fabricación de varios instrumentos y utensilios de gran resistencia al calor y a la adhesión de sustancias. A esta materia (polímero) se le llamó teflón y durante décadas ha sido utilizado en varias industrias que producen maquinarias y materiales con recubrimiento protector.

Desde comienzos del siglo 21 hay una polémica sobre el uso de utensilios de cocina hechos con teflón, y un caso de contaminación de un río en West Virginia ocasionó un caso judicial que demostró que el teflón tiene sus peligros. (Esta historia está ficcionalizada en la película de 2019 ¨Dark Waters¨).
El término ¨teflón¨ se popularizó durante la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989) como metáfora de que ningún error que se le adjudicaba al mandatario influía en la percepción positiva que la mayoría de los estadounidenses tenían sobre él. En otras palabras, los desaciertos que se le adjudicaban a Reagan le ¨resbalaban¨ y como a una sartén de teflón, ninguna crítica se adhería a su imagen.

Lo mismo ocurre con Donald Trump. Desde su ingreso a la política en 2016, no importan sus insultos y su discurso polarizador, xenófobo y agresivo ni sus teorías de conspiración que son fáciles de desmantelar con hechos, el magnate ex presidente es, para millones de estadounidenses, inmune a todo eso. Gane o pierda las elecciones de 2024 Trump sigue siendo un candidato muy competitivo como lo fue al ganar las de 2016 y perder, por poco margen, las de 2020, aunque él todavía insiste en la insostenible afirmación de que hubo fraude.
¿Quién emana más el efecto teflón? ¿Trump, inmune a juicios, escándalos y comportamientos erráticos, o una importante cantidad de la población estadounidense a quienes les resbala si él vuelve al poder?
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