En 2020 la famosa frase de “un mundo globalizado” dejo de serla para convertirse en una realidad palpable para todos los habitantes de la tierra con la propagación de la primera pandemia que circuló por todos los continentes.

Entonces nos contaron que ese organismo que podía enfermarnos, e incluso matarnos, se llamaba coronavirus. No recuerdo cuando dejamos de hablar del coronavirus para llamar a la pandemia Covid-19, aunque para los epidemiólogos fue, es y será SARS-CoV-2 con las distintas mutaciones que pueda tener. A fines de ese año la mayoría de los seres humanos incorporamos a nuestro lenguaje diario palabras benditas como Sinopharm, Pfizer, Moderna, Sputnik – ya no los satélites artificiales soviéticos – y unos cuantos términos más que forman parte de la cultura mundial y de las conversaciones cotidianas.
Luego vino el tema del Delta, una mutación del Covid, y ahora el Omicrón, menos mortal pero mucho más contagiosa, y seguimos en la historia de cómo derrotar al virus y sus mutantes, quizá porque estamos tan apurados en volver a la normalidad – si es que habrá una “normalidad” anterior al Covid – que muchos gobiernos permitieron a sus ciudadanos dejar de usar mascarillas por eso de que es incomodo. De hecho, en algunos países “civilizados” el derecho a la libertad impera sobre el derecho a la salud y no se puede obligar al uso de tan sencillo adminículo.

Y aquí estamos, en 2022, con el milagro de la ciencia que a menos de un año del surgimiento de una pandemia desarrolló vacunas para mitigar sus efectos, pero por razones políticas, culturales y nuestra costumbre a la instantaneidad no tenemos la mínima paciencia para mantener las mascarillas para que nos tapen la boca y salvarnos del virus y también de estupideces que salen de algunas, empeorando la situación.

No sé por qué esto me recuerda la frase de Sigmund Freud: ¨La humanidad progresa. Hoy solo queman mis libros; siglos atrás me hubieran quemado a mí¨.
Deja un comentario