El recién juramentado presidente de Irán, Ebrahim Raisí, comienza un gobierno que calza perfectamente la horna del zapato del líder espiritual que detenta el poder absoluto del país, el ayatolá Alí Khameini. Tras la muerte del ayatolá Khomeini, el hombre símbolo de la revolución islámica y para muchos el imán oculto (una especie de figura mesiánica de la rama chiíta del Islam), su sucesor Rujolá Khameini flexibilizó el sistema teocrático totalitario iraní y permitió la creación de un parlamento y una figura presidencial, obviamente, con poder limitado.

EL AYATOLÁ KHAMEINI JURAMENTA AL PRESIDENTE RAISÍ ANTE EL RETRATO DEL DIFUNTO AYATOLÁ KHOMEINI.
Irán es república islámica a diferencia de las monarquías árabes del Medio Oriente porque a diferencia del sistema dinástico de éstas su sistema impone la meritocracia y la política para elegir al ayatolá principal y la segunda institución más importante del estado: los doce miembros del Consejo de los Guardianes de la Revolución, todos clérigos, cuyo poder también es superior al del presidente y el parlamento, electos por voto popular.

Ebrahim Raisí ganó con el 62% de los votos pero con casi la mitad de la población votante se abstuvo, lo cual es un claro mensaje de desobediencia civil a un régimen que inhabilitó a varios candidatos reformistas para la elección parlamentaria y no dejó lanzarse a ninguno de ellos a la presidencia. Los próximos cuatro años serán de simbiosis entre el gobierno de turno y el poder eclesiástico y será difícil negociar sobre un acuerdo nuclear y la injerencia persa en varios conflictos regionales: El Líbano, Siria y Yemen; con un presidente afín al poder religioso, ex fiscal de Teherán, ex presidente del Poder Judicial y famoso por ejecuciones a presos políticos del partido reformista de la oposición iraní.
Irán estará por un tiempo bajo el poder de un ayatolá y de un verdugo.

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