En momentos cuando el comportamiento de Donald Trump y unos cuantos secuaces de su entorno y del partido republicano hacen lucir a los Estados Unidos como un país bananero con un gobierno que no reconoce el resultado claro de un sistema electoral que le permitió al golpista de hoy llegar al poder en 2016, se agitan de nuevo los turbulentos nubarrones de la demagogia en países como Perú, Bolivia y pronto en Venezuela se hará un circo electoral para que un régimen ilegitimo configure un parlamento a su medida con el beneplácito de las tiranías del mundo.


Por un tiempo el Covid 19 pareció reducir las fricciones de la politiquería planetaria pero aquella frase optimista de “vamos a ser mejores luego de la pandemia” no se concreta a pesar de que aun estamos inmersos en su universalidad.
Retornan las bajas pasiones que estaban contenidas en varias sociedades por la comunión de enfrentarse unidos a una peste: en Estados Unidos con un delirante que siguió convocando a mítines masivas sin mascarillas en el nombre de luchar contra un supuesto “socialismo” radical de Biden; en Chile quemando iglesias como ejemplo de lo que quizá puede ocurrir si su población no elige bien a los miembros de la Asamblea Constituyente; en Francia con tres ataques terroristas perpetrados por islamistas radicales, el peor, un maestro degollado por enseñar en su colegio sobre tolerancia; en España con la cada vez más creciente polarización mientras aumentan los casos de coronavirus que no seleccionan entre izquierda y derecha: en Hungría donde el autócrata Viktor Orbán recibió poderes especiales del parlamento para gobernar, indefinidamente, por decreto.

EL PROFESOR DEGOLLADO EN FRANCIA A MANOS DE ISLAMISTAS RADICALES
Podemos seguir enumerando ejemplos de la actual realidad “gatopardiana” que hace referencia a una frase de la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa “El Gatopardo”: “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.
El mundo cambia radicalmente y nosotros seguimos igual.
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