Hace días le tocó a Cervantes ser “derribado”, o más bien, a su efigie, en el Golden Gate Park de San Francisco luego de que una turba lo confundió con un colonizador esclavista. Esto demuestra una característica de nuestros tiempos de bandolerismo: el nihilismo, el placer de destruir por la destrucción misma, y peor aún, por ignorantes quienes no saben quien el escritor y su hermano, Rodrigo, luego de ser capturados por una embarcación de guerra del imperio turco los vendieron como esclavos a un caudillo en Argel.
El escritor español, Alberto Olmos, escribió en su artículo “La pandemia de las buenas intenciones, ignorantes y curillas quieren reeducarnos”, expresa que:”…uno de los beneficios de carecer de cultura es que puedes opinar con más autoridad que nadie sobre qué es y qué debe ser la cultura, inmejorablemente mientras tiras alguna estatua o saboteas algún estreno cinematográfico o quemas dos o tres libros perniciosos. (http://https://blogs.elconfidencial.com/cultura/mala-fama/2020-06-24/arte-cultura-censura_2651336/)
En el pasado, al menos, se achacaba la destrucción de monumentos u obras de arte a gente con locura como ya ocurrió en la antigua Grecia cuando Eróstrato pastor de Éfeso, quemó el templo de Artemisa, considerado una de las siete maravillas del mundo, en 356 a. C., confesando que gracias a su accionar destructivo nombre pasaría a la inmoralidad. (No se equivocó porque en la psicológica se denomina “complejo de Eróstrato” a quien busca sobresalir y ser centro de atención).
Hoy manda la turba en el nombre de cualquier causa y armada de ignorancia, quemando libros y bienes en universidades venezolanas en nombre de Chávez, destruyendo el metro de Santiago en nombre del neoliberalismo o tumbando a Cervantes en contra del racismo.
Un fantasma recorre el mundo Sancho: la frustración justificada con la ignorancia desbocada…



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