Al filósofo ateniense Sócrates (470-399 DC), se le atribuye la frase “solo sé que no se nada”, que aparentemente la expresó para reconocer la conciencia que tenía de su propia ignorancia, pero nosotros vivimos en tiempos en los cuales pareciese que poseer tecnologías de comunicación inmediata en la palma de la mano (celulares, IPad, etc.), nos dieran la licencia de creer que lo sabemos todo.

Nos llegan mensajes, análisis y fotografías descontextualizas de cualquier evento mundial y los propagamos, sin constatar la fuente, sin saber quiénes son los autores de la información, simplemente, porque simpatizamos o coincidimos ideológica o políticamente con esas comunicaciones.

La era de la post-verdad, caracterizada por la inmediatez, provoca que la cantidad de información que nos abruma nos convierta en presas fáciles de aceptar contenidos sin profundizar sobre ellos. Esto genera una sociedad ignorante y confusa que se vuelve susceptible a la manipulación de las agendas ideológicas de grupos de interés con fórmulas simples para soluciones complejas.
Basta con exigir la cabeza de un presidente o de unos cuántos políticos, como si eso fuese a solucionar los problemas estructurales y crónicos que padecen varias sociedades, desde la chilena a la francesa con los “chalecos amarillos”, desde la ecuatoriana a la libanesa en donde también se han tomado las calles para exigir, con todo derecho, el fin de la corrupción y de los privilegios de la clase política.
Las democracias están en crisis porque por su naturaleza son lentos: obligan a negociar, concertar, fiscalizar proyectos antes y durante su gestión, y las generaciones jóvenes, con su idealismo (que no deben perder) y su ímpetu porque todo “se haga ya”, café, sexo, comunicación y expectativas laborales instantáneas, no tiene paciencia para este sistema.

Las democracias están en crisis porque por su naturaleza son lentos: obligan a negociar, concertar, fiscalizar proyectos antes y durante su gestión, y las generaciones jóvenes, con su idealismo (que no deben perder) y su ímpetu porque todo “se haga ya – café, sexo, comunicación y expectativas laborales instantáneas- no tienen paciencia para este sistema.
¿La alternativa? Populistas como Boris Johnson con su irresponsable “Brexit Now” o Trump con sus decisiones simplistas, apresuradas y caóticas. ¿O mejor, emular a las dictaduras fracasadas de Cuba, Venezuela o Corea del Norte que liquidan, sin contemplaciones, a quien protesta contra ellos?
Sólo sé que no hay respuestas simples.

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