Abundan en nuestros tiempos autócratas que, dominando todas las instituciones de sus estados, realizan comicios para crear una fachada democrática en sus naciones para luego gobernarlas de forma tiránica. Cuando estos neo-dictadores comienzan a perder comicios recurren a trampas para mantener el poder absoluto.

MAFALDA, DEL GENIAL QUINO
La más reciente historia de este tipo es la del presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, jefe de gobierno desde 2001 como primer ministro hasta que cambió el sistema parlamentario en 2014 por uno presidencialista para perpetuarse en el poder con más potestades.

En recientes elecciones el partido de Erdogan, el AKP, perdió por primera vez en 25 años la alcaldía de Estambul – la ciudad más poblada, prospera y cosmopolita de Turquía- y el presidente exigió que se anularan los resultados que dieron como victorioso a Erem Imamoglu, del Partido Popular Republicano, acusándolo de supuesto fraude. No es de extrañar que el tribunal electoral turco decidió repetir las elecciones de la ciudad más emblemática del país porque Erdoğan, que fue alcalde de esa urbe, no acepta una derrota que lo humilla.
Ocurre lo mismo en Bolivia en donde Evo Morales perdió el referéndum para permitir la reelección indefinida para luego lanzarse con una triquiñuela del tribunal electoral de su país, y en Nicaragua que ve la consolidación de Daniel Ortega como dictador, y por supuesto en Venezuela cuando UNASUR prometió revisar la dudosa elección de Maduro contra Capriles y luego sus miembros se hicieron la vista gorda.
El mundo se va acostumbrando a esta estirpe de “demócratas” absolutistas como Putin, Lukashenko en Bielorrusia, Orban en Hungría y los extremistas de derecha e izquierda en Europa que de llegar al poder trataran de crear neo-dictaduras.

ALEXANDER LUKASHENKO, EN EL PODER DESDE 1994
La democracia se demuestra en la forma de gobernar y no porque haya elecciones.

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