Hace una semana falleció el senador estadounidense Johan McCain, uno de los pocos Políticos con P mayúscula que quedaban en su país y en el mundo porque tomaba decisiones en función de sus convicciones, porque lideró varios acuerdos para que demócratas y republicanos pudieran aprobar leyes en un sistema bipartidista cada vez más polarizado en el cual se ha vuelto casi imposible llegar a compromisos en el congreso.

Por esa característica de McCain, el voto de conciencia, lo apodaban como “maverick”, en español, “inconformista” o “disidente”.

El ex piloto de la guerra de Vietnam que saltó de un avión en llamas, que rescató a un pilotó de una explosión de bomba y quedó herido por eso y sufrió torturas como rehén en manos de los comunistas norvietnamitas, decidió ingresar a la política en 1981 como representante del estado de Arizona en la cámara baja del congreso y luego, a partir de 1986, fue reelecto en el senado hasta su reciente partida del mundo material.
Coincidió en casi todas la política exterior de los gobiernos republicanos, pero tenía alma demócrata en sus posturas sobre el medio ambiente, la unión civil de parejas del mismo sexo (aunque no matrimonio), y fue un acérrimo rival de Trump durante las primarias del partido republicano, las elecciones presidenciales y hasta que el cáncer lo postró en cama, no sin antes provocarle una derrota en el senado por un voto dirimente cuando el maverick salió del hospital, recién operado, para impedir que sus compañeros republicanos revocaran la reforma de salud de Obama.
McCain argumentó que su voto no fue por considerar que el Obamacare era un buen seguro de salud, sino, porque no se podía dejar 20 millones de ciudadanos sin cobertura cuando no se propuso otro proyecto de seguro sanitario mejor.
Las historias del coraje y el sacrificio de McCain por su país, relatadas por centenares de políticos del mundo y de EEUU y la profunda aversión que sentía por él Donald Trump, confirman la calidad de este gran ser humano.
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