Los germanos padecen la peor crisis desde que el diario británico The Times calificó, en 1950, “milagro económico alemán”, la manera vertiginosa cómo su ya sólida democracia prosperó en apenas cinco años recuperándose de las ruinas de la II Guerra Mundial y de los fantasmas de su pasado Nazi.

Canciller (Primer Ministr)o Konrad Adenauer y Ministro de Finanzas, Ludwig Erhard, los forjadores principales del milagro político y económico alemán, desde 1949 hasta 1963.
Cuando se hablaba del milagro económico alemán en los 1950, por la rápida recuperación de ese, los germanos lo vincularon a su victorial del Mundial de Futbol de Suiza 1954 cuando la FIFA levantó el veto impuesto a ese país que ganó, en lo Alemania Occidental calificó como “El Milagro de Berna”, luego de ganar la final a la mítica y favorita selección de Hungría de Puskás y Kocsis.
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Por primera vez desde entonces, hay en Alemania una coalición débil que lucha por contener el crecimiento del partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD), y que, junto a los gobiernos de Austria, Hungría, Polonia y, recientemente, la coalición de izquierda y derecha radical que llegó al poder en Italia, proponen políticas anti-inmigrantes y contra el acogimiento de refugiados, acorralando a Angela Mekel.
Esto obligó a la canciller alemana y al francés Emmanuel Macron a organizar una mini-cumbre sobre migración, excluyendo a casi todos los países de la Unión Europea (UE) y aun así no lograron concretar una solución por la oposición italiana.
La historia del éxito de las selecciones alemanas en los mundiales de fútbol está parcialmente ligada al ambiente de bienestar del país. En los 1950s «El Milagro de Berna» se vinculó al regreso de Alemania a la palestra internacional, en todos los ámbitos, como una nación democrática y prospera.
Si a esta fractura europea, cuyo vinculo se cimienta en el liderazgo germano, menguado internamente por las divisiones políticas del partido de Merkel y el incremento del AfD; por las amenazas arancelarias de Trump que ponen bajo riesgo a grandes empresas como a Volskswagen, BMW, etc.; y porque Reino Unido tras Brexit, va dejando a la UE, no es casualidad que el gobierno de la canciller alemana saltase de una política de tolerancia que recibió a más de un millón de refugiados en 2015 a endurecer medidas fronterizas y buscar un acuerdo con otras naciones de la Unión intentando conseguir una solución futura al problema de los refugiados fuera de Europa Continental. Merkel necesita confrontar a los extremistas nacionalistas de su país.
Los cuatro mundiales que han ganado las selecciones alemanas(dos como Alemania Occidental y dos como Alemania unificada)han estado parcialmente vinculados con momentos de bienestar social y político de ese país.
El de Suiza 1950 coincidió con la reinserción de Alemania Federal a todos los ámbitos internacionales reconocida como una democracia vibrante y una nación prospera.
En Alemania 74 se consolidó es «normalización» cuando Alemania Occidental fue el país anfitrión de la copa del mundo la cual ganó.
La victoria del Mundial Italia 90 luego de la caída del Muro de Berlín y el comienzo del proceso de unificación alemán y el pasado Mundial de Brasil 2014 cuando las grandes mayorías germanas celebraban el éxito de proceso de integración étnica y de inmigrantes en su país.
Entonces, los alemanes estaban orgullosos de su selección multicultural con futbolistas de ascendencia turca (Özil), tunecina (Khedira), polaca (Podolski y Klose), ghanés (Boateng) y albanés (Mustafi).

La “catástrofe” alemana en el Mundial de Rusia (primera vez que su selección no pasa la primera fase desde que existe esa modalidad para clasificar) coincide con la crisis de los refugiados de 2015 y los atentados terroristas islamistas que han incrementado el nacionalismo y la xenofobia en el país pero también ocurrió una hecho que afectó a todos los integrantes de la selección provocada por dos de sus miembros: Mesut Özil e İlkay Gündoğan, ambos de origen turco, se fotografiaron con el presidente de Turquía, Erdogan, días antes del Mundial, apoyándolo para su reelección y eso causó polémica.
En una sociedad menos tolerante que la generación de Brasil 2014, muchos cuestionaron la identidad nacional de ambos jugadores (Gündoğan obsequió una camiseta de su equipo, el Manchester City, a Erdogan, con la dedicación: “a mi presidente”). Si bien el entrenador Joachim Low y los miembros de la selección minimizaron lo ocurrido, algunos periodistas deportivos advirtieron que este evento podía afectar la armonía y, por ende, el desempeño del equipo.

Es natural que personas se identifiquen a la vez con el país de sus ancestros y con la nación en donde nacieron y se desarrollaron como ciudadanos y profesionales pero como lo expresó Sevim Dagdeles, una diputada alemana también de ancestros turcos: «Es una falta grosera posar con el déspota Erdogan en un hotel de lujo en Londres y dignificarlo con el título de ‘mi presidente’, mientras que en Turquía los demócratas son perseguidos y los periodistas críticos están detenidos».
No es un asunto de lealtad a un país sino a la libertad, como en el futbol que, si uno no se siente liberado, no puede hacer jugadas tan alegres y llenas de expresividad como las de estos dos cracks:
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