Rusia no ha sido un Mundial como el de Italia 1934 o Argentina 1978 en los cuales los regímenes dictatoriales no solo tenían como objetivo demostrar la excelencia de la organización del evento, sino también, el triunfo, como fuese, de sus selecciones: Mussolini amenazó a árbitros y Videla de Argentina y Morales Bermúdez de Perú, pactaron para que los locales ganaran por 4 goles como mínimo (y lo hicieron por seis) y así pasaran a la final en Buenos Aires.
El régimen de Putin no es una dictadura tradicional como las de la del siglo 20, aunque sí una autocracia cruel que no permite la disidencia de quienes realmente pudiesen desalojar al caudillo del poder y por eso varios rivales del caudillo han muerto en extrañas circunstancias en el exilio; se inhabilita políticamente a quien puede retar, electoralmente, al líder como ocurrió con el opositor Alexei Navalny en las recientes elecciones; los servicios secretos están bajo la mira de organizaciones internacionales por numerosas torturas y el periodismo es censurado.
En lo deportivo Rusia está cuestionada por el escándalo de dopaje masivo manipulado por el regimen.
Putin, ciertamente, no esperaba que Rusia ganase el Mundial pero sí que los fans que visitan su país y los telespectadores nos llevemos la impresión de que su nación es un modelo de orden y de bienestar en un engañoso ambiente de libertad que no es real, y desde ese punto de vista, este es el Mundial, a nivel propagandístico, que más se parece a los de Italia 34 y Argentina 78.
Y luego vendrá Qatar, otra sede que nos mostrará grandiosas estructuras de cemento en un sistema fundamentalista monárquico con pocos derechos para las mujeres y maltrato, incluso, esclavitud, hacia los trabajadores extranjeros que realizaron la infraestructura para este gran evento.
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