Donald Trump parece haberse desatado de la camisa de fuerza de sus asesores si asumimos que ellos lo controlaron alguna vez o, quizá, éstos están de acuerdos con la mayoría de las delirantes decisiones de las últimas semanas de su jefe, en cuyo caso, una pequeña elite en La Casa Blanca ha perdido la cordura.

En pocos días Trump declaró la guerra comercial a naciones amigas Estados Unidos al anunciar aranceles al acero y al aluminio a Europa, Canadá y México, y en la cumbre de G7, de los países industrializados, retó a sus jefes de gobierno, grupo como si fueran sus enemigos, llegando a insultar a su anfitrión, al canadiense Trudeau. Trump, además, sugirió que occidente levante las sanciones políticas y comerciales a Rusia a pesar de que Putin no ha asumido su responsabilidad en el intento del asesinato del espía ruso y matanzas ejecutadas a empresarios rusos asilados en Reino Unidos y el hackeo para influir en los resultados del Brexit, el referéndum de Cataluña las elecciones de Holanda y Francia, y las que le ayudaron a ganar en su propio país.
Luego pelearse con los grandes aliados históricos de EEUU y defender al dictador ruso Trump viajo a estrechar la mano del peor tirano del planeta, Kim Jong-un, anunciando el comienzo de un acuerdo con Corea del Norte que implicaría la desnuclearización de ese país sin anunciar detalles, plazos ni exigencias, tal como sí exige el acuerdo nuclear con Irán que abandonó por ser “el peor de la historia” y luego de criticar a Obama por negociar con el déspota cubano, Raúl Castro, sin exigencias previas de democratización.
Vivimos el momento más peligroso de Trump desde que asumió la presidencia y con el mundo al revés, el único acuerdo multilateral que ha logrado la potencia del norte es el TLF: el tratado de libre futbol del mundial EEUU, Canadá, México de 2026.

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