En junio de 2009 el consejo electoral iraní proclamó como ganador de la segunda vuelta presidencial al candidato de los ayatolás (clérigos), Ahmadinejad contra el reformista Musavi. Entonces, miles de personas tomaron las calles de Irán protestando lo que percibieron como un fraude.

La llamada, por los medios, “Revolución Verde” (por el color usado por los partidarios de Musavi), demostró lo que la sociedad iraní había manifestado por los votos en campañas presidenciales anteriores cuando eligieron, masivamente, al reformista Jatamí en 1997 y 2001 en cuyos gobiernos se hicieron cambios nunca vistos desde el inicio de la Revolución Islámica de 1979: apertura en la libertad de prensa; flexibilización del código de vestimenta de las mujeres y su reinserción en las universidades, así como políticas económicas liberales y mejora de relaciones con países occidentales.

EL EX PRESIDENTE JATAMÍ JUNTO AL EX PRESIDENTE DE ISRAEL MOSHE KATZAV EN EL ENTIERRO DEL PAPA JUAN PABLO II EN ABRIL DE 2005. SI BIEN NO SE SALUDARON, EL IRANÍ ACEPTÓ SENTARSE JUNTO AL REPRESENTANTE DEL GRAN ENEMIGO SATANIZADO POR EL RÉGIMEN IRANÍ: ISRAEL, PORQUE ASÍ LO ESTABLECÍA, POR ÓRDEN ALFABÉTICO, EL PROTOCOLO.
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Por eso, a partir de 2007, el Ayatolá principal Jameiní y el Consejo de los Guardianes de la Revolución, un organismo formado por 12 doctos del Islam (verdaderos poderes del país), decidieron utilizar la inhabilitación política como un instrumento para impedir que los reformistas retomaran el poder y apoyaron al popular alcalde de Teherán, el populista y agresivo Ahmadinejad para dos periodos presidenciales y ahora toleran al no tan conservador pero manejable, Hassan Rohani en el poder ejecutivo.

Era cuestión de tiempo que un sector de la población iraní, que quiere más reformas exigiese la libertad de sus líderes políticos encarcelados; gradual democratización; lucha contra la corrupción y, sobre todo, luego del levantamiento del embargo comercial tras el acuerdo nuclear entre el gobierno de Obama y Europa con Irán, la población esperaba mejoras económicas inmediatas.
A diferencia de 2009, las protestas de ahora tienen más fundamento social, pero de combinarse podría causar un cambio importante.

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