El parlamento votó por destituir al presidente de la república, no por corrupción, sino por responsabilidad política por violación de normas fiscales al maquillar el déficit presupuestal de su gobierno anterior y no por escándalos que implicaban a Dilma Rousseff en posible recibimiento de dinero ilícito para su campaña de reelección por parte de Petrobras.
Era 2016 y sus simpatizantes acusaban de golpistas a los congresistas y senadores que votaron a favor del impeachment mientras que la mayoría de los parlamentarios argumentaron que seguían las normas constitucionales.


Los corruptos están en todos los partidos, a todos los niveles, y algunos cayeron, y aunque el presidente que asumió, Michel Temer, ha sobrevivido a varias investigaciones, la mayoría de los brasileños lo consideran corrupto mientras que el candidato más popular para las elecciones del 2018 es Lula, quien podría ser condenado a la cárcel en unas semanas. Así están las cosas el país de Odebretch.

Otro juicio político ocurrió en Paraguay cuando su congreso, percibido como muy corrupto, destituyó en 2012, al presidente Fernando Lugo por “mal desempeño de funciones” por su responsabilidad política en un conflicto entre campesinos y policías que dejo un saldo de 16 muertes.

Como los partidos políticos tradicionales criticaban los vínculos de Lugo con chavismo el sacerdote vacado habló de un golpe parlamentario, pero también algunas organizaciones sociales promovieron, sin éxito, un juicio ético contra el congreso por incumplimiento de deberes constitucionales, uso debido de influencia, prácticas antiéticas, etc.

Considero a Pedro Pablo Kuczynski más honesto y moral que a muchos de quienes lo quisieron vacar pero el “que se vayan todos” -cada vez es más estridente en Perú – debe ser contextualizado en la decadencia de la política un mundo cada vez más corrupto.
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