Es obvio que el origen del conflicto entre Corea del Norte vs. Corea del Sur, Japón y Estados Unidos tiene orígenes históricos (“La Guerra Fría”, La Guerra de Corea de 1950 a 1953 y las tensiones del proyecto nuclear que desarrolló el régimen norcoreano en la década de 1990), y sin embargo no podemos desdeñar las patologías de Kim Jong-Un (sobre todo cuando su principal enemigo, guardando enormes distancias, es el también narcisista Donald Trump).

Algunos biógrafos de Kim Jong-Il, padre del actual tirano norcoreano, aseguran que la crueldad y la violencia de ambos tienen su origen en que ambos fueron testigos, desde la infancia, de los tratos sanguinarios del aparato represivo del régimen de sus respectivos progenitores ante sus enemigos y la indiferencia de éstos ante el sufrimiento del pueblo.
Kim Jong-Un, el más joven de los tres hijos de Kim-Jong-Il, debió asumir la presidencia sin mayor preparación no mucho después de finalizar sus estudios en Suiza (¡sí, conoció algo del mundo pero el mundo no pasó por él!), dado que su padre falleció, sorpresivamente, en diciembre de 2011 y apenas gobernó 7 años cuando el fundador de Corea del Norte, su abuelo Kim Jong-Sun lo hizo desde 1948 a 1994.
En el estado totalitario de Corea del Norte gobierna el treintañero regordete bajo la sombra de su abuelo Kim Jong-Sun, “gran líder supremo” adorado por las masas como una divinidad y la de Kim Jong-Il, que vendría a ser como el “hijo del “padre”, (con una historia digna de un manual de psicopatología), en una ideología parecida a una religión. Al más inexperto de esta “trinidad” le urge ser percibido como alguien grandioso que no vacilaría en tomar cualquier decisión qué lo catapulte como líder, ergo, reta al mundo con juegos nucleares.
Este puede ser un factor a tomar en cuenta cuando Kim Jong-Un apreta botones para disparar misiles y disfruta con ser filmado celebrando con sus generales el éxito de sus peligrosos experimentos nucleares.

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