Días atrás se dio el ritual periodístico de varios medios de comunicación para presentar a quienes consideran el personaje del año que pasó y el 2016 nos permitió se testigos, sin lugar a dudas, de la aparición de un “personaje”, (en todo el sentido de la palabra, por lo mediático y teatral): Donald Trump, el candidato, pues aun no sabemos si será igual a Trump, el presidente de Estados Unidos.

Los editores del semanario Time, revista pionera en nombrar a personajes de cada año, ironizaron su selección titulando en la portada: “Donald Trump, presidente de Estados Desunidos de América” y explicaron que su decisión se basa, en parte, a recordarle al país que “la demagogia se nutre de la desesperanza y que la verdad sólo vale en función de la confianza que se le tiene a quien la enuncia, por haberle dado confianza a un electorado oculto, canalizando sus iras y difundiendo sus temores…”.

Este personaje, representa, sin dudas, mucho de lo que caracteriza a nuestros tiempos (no solo un año, sino un período), cuando lo superficial gana terreno sobre lo esencial; lo banal sobre lo importante; lo mediático sobre lo substancial y la vulgaridad sobre la excelencia. Hoy, como en el pasado, quien capitalice los miedos y odios que abierta o soterradamente sienten millones de personas en cualquier parte del mundo, si maneja un discurso pasional y las redes sociales, puede ganar gran apoyo popular.

Caricatura del genial Quino.
El hombre que supo llevar su reality show de las pantallas de la televisión a la arena política estadounidense, atrajo a los mismos medios que en la recta final de las elecciones intentaron convencer a su audiencia de que Trump era peligroso. ¡Pero así es la democracia de hoy! Cuando el personaje buscado por las cámaras por su extravagancia va dejando de ser parte del entretenimiento de algo tan serio como una campaña política, para convertirse en un probable jefe de gobierno, muchos periodistas ya dieron vida propia al monstruo Frankenstein al que crearon.
Trump representa a nuestros tiempos cuando todo se vale para lograr los objetivos que nos imponemos sin importar los “daños colaterales” que se causen a aliados, rivales y a toda una sociedad.
El tango Cambalache es más vigente hoy que en el siglo 20, al advertirnos que: …“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor!…”
Por eso, no solo hay que reconocer que Trump es el personaje del año, sino también, una personalidad referencial de la actualidad cuando casi todo se reduce a la política como reality shows; crueles videos de las matanzas del Estado Islámico por YouTube; guerras de tuits y las cinematográficas “del hambre” sin casi cobertura sobre la real inanición que cada año causa la muerte de más de 5 millones de niños en el mundo.
TANGO «CAMBALACHE» DE ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO, COMPUESTO EN 1934 Y NUNCA MÁS VIGENTE COMO EN NUESTROS TIEMPOS.
Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también; que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos.
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao… Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.
¡Pero que falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón! Mezclaos con Stavisky van don Bosco y la Mignon, don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón.
Siglo veinte, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale nomás, dale que va, que allá en el horno nos vamo a encontrar! ¡No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao! Es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley.
Enrique Santos Discepolo
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