Se llama Justin Trudeau llama Justin Trudeau y a un año de asumir el poder en Canadá es uno de sus gobernantes más populares a pesar de que los índices de productividad de su país han bajado con respecto a los de los años de su predecesor Stephen Harper y de que ha anunciado que no cumplirá con algunas promesas de campaña como crear una política energética ejemplar ante el calentamiento global o implementar la declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.

Entonces, si es tan temprano para juzgar a su gobierno, ¿por qué Trudeau es tan querido?
La primera sorpresa la dio cuando conformó un gabinete que representa la diversidad de su país en el cual 15 de los 30 ministros son mujeres y entre todos están representadas las 10 provincias de Canadá. La diversidad de los ministros incluye, por ejemplo, a una refugiada de Afganistán; otra de procedencia indígena (“naciones originarias”); un hijo de inmigrantes de la religión sij de la India, un millonario, un periodista y otros tantos que simbolizan a esa nación heterogénea, bilingüe y multicultural.

Trudeau ha impulsado, vertiginosamente, una agenda progresista con la legalización de la marihuana, la protección de los derechos de gais, lesbianas y trasgéneros; la aprobación de la muerte asistida a enfermos terminales y ha sido aplaudido por la política humanitaria de recepción de miles de refugiados sirios, aunque su gobierno se retractó de implementar la declaración de la ONU sobre Derechos de los Pueblos Indígenas.

Algunos se preguntan si será que el caso de la gran popularidad del joven y energético hijo de uno de los políticos que transformó a Canadá en la sociedad tolerantes y multicultural de hoy, Pierre Trudeau se impone el estilo a la sustancia, y si la economía canadiense no mejora en unos meses seguirá Monsieur Justin manteniendo la larga luna de miel de la que ahora goza.
La transición de Obama a Trump (la otra T) demuestra que ningún país es inmune a los discursos de miedo e intolerancia.

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