«Allí donde hay perseguidos por su raza, religión o ideas políticas, ese lugar debe – en ese momento – ser el centro del universo.”. Elie Wiesel.
La semana pasada falleció Elie Wiesel, el hombre galardonado con el Premio Nobel de la Paz de 1986 por sus aportes a la difusión y exigencia de actuar contra genocidios y masacres en diversos rincones del planeta.
La semana pasada falleció Elie Wiesel, el hombre galardonado con el Premio Nobel de la Paz de 1986 por sus aportes a la difusión y exigencia de actuar contra genocidios y masacres en diversos rincones del planeta.

Wiesel comprendía muy bien la necesidad de dar testimonio sobre grandes catástrofes provocadas por el ser humano ya que fue sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald durante el Nazismo.
Su vida y su obra puede conocerse por la lectura de sus libros y más superficialmente por Internet, pero si algo obsesionaba a Wiesel era el problema de la indiferencia, tema del cual habló en varios auditorios del mundo, incluyendo en Venezuela, en donde lo escuché, cuando nadie sospechaba que en un país tan generoso surgiría un régimen con tentación totalitaria como aquellos que provocan situaciones de odio y discriminación a quienes no son sumisos a su pensamiento único.

En el circulo, rostro de Elie Wiesel en el campo de concentración.
En su ensayo sobre “Los peligros de la indiferencia” Wiesel nos alertó que ignorar a los demás beneficia siempre al agresor: “El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar, se sienten abandonados, no por la respuesta a su súplica, no por el alivio de su soledad sino porque no ofrecerles una chispa de esperanza es como exiliarlos de la memoria humana. Y al negarles su humanidad traicionamos nuestra propia humanidad. Indiferencia, entonces, no es sólo un pecado, es un castigo. Y es una de las más importantes lecciones de la amplia gama de experimentos del bien y el mal del siglo pasado.»
No debemos ser indiferentes al legado de Elie Wiesel.
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Comienzo de su novela EL OLVIDADO en la que Elhanan, un hombre que nota cómo poco a poco se le borra la memoria que lo hará un olvidado, un hombre sin raíces, un desposeído, le dirige a Dios un rezo propio:
“Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no olvides a su hijo, que apela a ellos.
Tu sabes bien, fuente de toda memoria, que olvidar es abandonar, que olvidar es repudiar; no me abandones, Dios de mis padres, porque yo nunca Te he repudiado.
Dios de Israel, no rechaces a un hijo de Israel que, con todo su corazón, con toda su alma, quiere estar unido a la historia de Israel.
Dios y Rey del universo, no me destierres de ese universo.
De niño aprendí a venerarte, a amarte, a obedecerte; ayúdame a no olvidar al niño que fui.
De adolescente, repetí la letanía de los mártires de Mainz y de York; no lo borres de mi
memoria, Tu, que no borras nada de la tuya. De adulto he aprendido a respetar la voluntad de nuestros muertos; impide que olvide lo que he aprendido.
Dios de mis antepasados, haz que el vínculo que me une a ellos permanezca sólido y entero.
Tu que ha elegido residir en Jerusalem, haz que yo no olvide Jerusalem. Tu que acompañas a tu pueblo en su dispersión, haz que yo lo recuerde.
Dios de Auschwitz, comprende que debo acordarme de Auschwitz. y que debo recordártelo.
Dios de Treblinkka, haz que la evocación de ese nombre continúe haciéndome temblar, Dios de Belzec, dejame llorar sobre las víctimas de Belzec.
Tu que compartes nuestros sufrimiento, Tu que participas en nuestra espera, no me alejes de los que Te han albergado en su corazón y en su morada.
Tu que prevés el futuro de los hombres, ayúdame a no alejarme de mi pasado.
Dios de justicia, sé justo para mi. Dios de caridad, sé bueno conmigo. Dios de misericordia, no me precipites en el kafhakela, ese abismo donde toda la vida, toda esperanza y toda luz están cubiertas de olvido. Dios de verdad, acuérdate de que, sin la memoria, la verdad se convierte en mentira, pues que sólo toma la máscara de la verdad. Acuérdate de que, gracias a la memoria, el hombre es capaz de regresar a las fuentes de su nostalgia por Tu presencia.
Acuérdate Dios de la historia, de que has creado al hombre para que recuerde. Tu me has traído al mundo, Tu me has protegido en el tiempo de los peligros y de la muerte para que testifique: pues bien: que testigo sería yo sin mi memoria?
Has de saber, Dios que no quiero olvidarte. No quiero olvidar nada. Ni a los muertos ni a los vivos. Ni las voces ni los silencios. No quiero olvidar los momentos de plenitud que han enriquecido mi existencia, ni las horas de desamparo que me han desesperado.
Aunque Tu me olvidases, Dios, yo me niego a olvidarte.
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