En muchos países occidentales el bipartidismo está en crisis porque hasta las más sólidas democracias se desgastan cuando los partidos tradicionales asumen, erróneamente, que los ciudadanos se acostumbran a perdonar sus errores y corruptelas. Entonces, en el mejor de los casos, surgen nuevos partidos (en Grecia con el gobierno del partido Sryiza; en España con Ciudadanos y Podemos, etc.) o en el peor caso, se transforman en autocracias electorales caudillistas (Venezuela a partir del siglo 21 luego de tener el sistema democrático más longevo de Sudamérica desde 1959, etc.).

En Estados Unidos aun no se da el fenómeno del “outsider” o una tercera opción electoral ajena a los demócratas y republicanos, y sin embargo, en esos partidos han surgido candidatos atípicos en las primarias presidenciales como el excéntrico Donald Trump (por no decir delirante) o el sosegado neurocirujano Ben Carson, y el muy experimentado senador demócrata Bernie Sanders, a quien muchos periodistas de EEUU califican de socialista hasta la medula.

«Sanders y Trump»
Ni Trump ni Sanders representan al establishment político. El empresario hace propuestas radicales xenófobas, pero en algunos temas como el aborto, el matrimonio gay, e incluso, la colaboración con Putin en el conflicto sirio, no se muestra ideologizado como la mayoría de sus rivales, mientras que paradójicamente, Sanders entusiasma a sus seguidores con una propuesta muy ideológica de una “revolución liberal” contra los poderes económicos (Wall Street, grandes corporaciones, etc.); extensión del sistema de salud de Obama; más impuestos al que más tiene; etc.
Muchos analistas anticiparon desde hace muchos meses elecciones presidenciales entre Hillary Clinton y Jeb Bush. A quienes confunden el análisis (que se trata de dar contextos) con la predicción (un don bíblico y hoy, un ejercicio especulativo o consideraciones relacionadas con el azar), valgan estas primarias estadounidenses como uno de muchos ejemplos de la imposibilidad de adivinar el futuro en la esfera política.
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