Unos días antes de los atentados de París falleció uno de los más connotados intelectuales franceses, André Glucksmann, autor de tres libros que analizan el problema del terrorismo islamista.

En ““Dostoievski en Manhattan” (2002), nos advirtió: “Nosotros viviremos, y nuestros hijos sobrevivirán, en el seno de una historia en la que la explosión de las Torres (Gemelas) ha rehecho el mapa geográfico y trazado el horizonte infranqueable de un crepúsculo terrorista de la humanidad. El 11 de septiembre de 2001 siempre habrá ocurrido. Y hay que aprender a medir nuestras emociones y nuestras decisiones a escala de horror mediático”.
Glucksmann, hombre vinculado a tendencias políticas de izquierda, comprendió luego del 11-S-2001 que la mayoría de los intelectuales, periodistas y políticos franceses no querían renunciar al pensamiento “políticamente correcto” de las mayorías que en el nombre de un pacifismo ingenuo no comprendieron lo que significó esa fecha. En “Occidente contra Occidente” (2003) escribió: “Los terroristas se han arrogado ante el mundo el derecho a matar a quien sea…Ese ‘mal’ que nadie quiere nombrar en nuestros salones posmodernos por miedo a ser tachado de indecente moralista, lo designan los estadounidenses, pues más allá de la moral, recubre realidades muy concretas e hirientes. Al no nombrar el mal, se evita combatirlo…”.

Glucksmann fue un visionario que advirtió a los franceses que Europa, con excepción de Inglaterra, “dormía la siesta” mientras el terrorismo islamista internacional avanzaba y señalo que a pesar de la invasión a Iraq los europeos no podían darse el lujo de dividirse entre ellos y de EEUU ante el desafío de un enemigo común con una ideología de exterminio.

La muerte de Glucksmann pocos días antes de los atentados de París, luce como una metáfora de no haber querido presenciar, en su querida ciudad, que el tiempo le dio la razón.
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PARIS Y LOS TIEMPOS DE REDES
Hace meses el Estado Islámico decretó una guerra contra todos quienes se opongan al establecimiento de un Califato (Imperio) Islámico, que comienza en sus territorios conquistados en Iraq y Siria pero debe extenderse hacia el resto del mundo.
En Septiembre su amenaza fue aún más específica: “»Si podéis matar a un incrédulo estadounidense o europeo -especialmente a los maliciosos y sucios franceses- o a un australiano o canadiense o a cualquier otro (…) ciudadano de los países que ingresaron en una coalición contra el Estado Islámico, entonces confiad en Alá y matadlo por cualquier medio», declaraba un comunicado supuestamente predicado por su líder Al-Baghdadi.

Al-Baghdadi
¿Por qué sorprenderse con los atentados de la semana pasada en París si desde que este grupo que se escindió de la filial de Al Qaeda en Iraq ha masacrado a decenas de miles de ciudadanos iraquíes y sirios – incluyendo a musulmanes que no cumplen con la versión rígida de su interpretación coránica – y sus células terroristas han matado a centenares de personas en Egipto, Túnez, Kenia, Turquía, Somalia, Kuwait, etc., sin contar los miles de muertos por otros grupos islamistas como Al Qaeda como los de Estados Unidos, Madrid, Londres, Bali, Bombay, Nairobi, etc.?
Si los medios de comunicación occidentales hubiesen dedicado a los anteriores atentados –como el ocurrido en El Líbano un día antes del viernes negro de París (43 muertos y más de 200 heridos) – una cobertura medianamente empática como lo hacemos cuando ocurre en América o Europa; quizá nosotros sentiríamos a Beirut como a Paris, y hubiésemos exigido un “basta” mediático para que se traduzca en acciones políticas en el combate contra el flagelo del islamismo radical, pero nuestros tiempos de redes (terroristas y sociales), provocan una globalización que termina por dirigir nuestra atención a nuestro propio ombligo geográfico-cultural.

El mensaje de fraternidad e igualdad de Francia debe ser igual para cada vida que se extingue por el fanatismo religioso en cualquier parte del planeta.
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