No había razón para que Barack Obama no se reuniera con Raúl Castro en la Cumbre de las Américas de Panamá puesto que lo histórico ocurrió con el anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba y los encuentros de funcionarios de alto nivel de ambos países.

Si bien es comprensible la euforia mediática que causó el apretón de manos y la imagen de ambos mandatarios sentados frente a frente, hablando con cordialidad, lo substancial es lo exigido por Washington y La Habana: la liberación de presos políticos y fin de la represión contra libertades básica que exige EEUU a cambio de la suspensión del embargo norteamericano (no bloqueo, como demagógicamente lo llaman los Castro y sus simpatizantes), que demanda La Habana.
Bajando de la cumbre que los encandiló con los relámpagos de flashes en donde fueron las estrellas del firmamento panameño por dos días, Obama se enfrentará a la terrenal y difícil tarea de convencer al Congreso de su país, dominado por los republicanos, a que derogue el embargo, y para eso necesita que los hermanos Castro impongan su voluntad imperial (¿y se supone que Obama representa a un imperio?), y que Raúl, que tanto dijo admirarlo, lo ayude con algún paso, no simbólico, de liberalización gradual del aparato represivo cubano y/o un deslinde de Maduro en su apoyo a grupos como Hezbollah que se encuentran en la lista de organizaciones terroristas de EEUU. De otra manera Obama no tendrá mayoría congresal para cumplir con el deseo cubano.

DEL BLOG:
http://angelicamorabeals.blogspot.com/2015/02/el-reparto-de-la-torta-caricatura-de.ht%3Cimg
Como en el caso del pre-acuerdo del programa nuclear con Irán, Obama depende de dictadores de dos regímenes totalitarios para pasar de las buenas intenciones a acciones concretas.
¡Qué difícil es bajar de una cumbre!
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