A fines de octubre la legisladora del partido oficialista ecuatoriano Alianza País, Soledad Buendía, anunció el cambio de artículos constitucionales para que Rafael Correa pueda ser el caudillo electo de Ecuador hasta que, como ocurrió con Hugo Chávez, la muerte le separe del cargo.

Rafael Correa es un buen gestor que con avances económicos y sociales implementados desde su primera elección en 2007 se ha ganado una merecida popularidad. Sin embargo no es un demócrata, pues controla los poderes públicos de Ecuador (mayoría parlamentaria, influencia en el sistema judicial), y ha maniatado a la prensa con una ley draconiana que facilita demandar, multar y cerrar medios de comunicación social que no sean sumisos al gobierno. También, como “buen populista”, utiliza dinero estatal a la hora de las elecciones.

Frase de Bolívar que no mencionan aquellos quienes dicen seguir su legado.
Hoy la mayoría de los ecuatorianos son indiferentes a la propuesta de Soledad Buendía de manejar a un país como al Macondo de Aureliano Buendía y sus compadres de la obra de García Márquez, pero un día se pueden arrepentir de que se viole el principio de la alternancia en el poder, esencial de toda democracia: lo intentó Alberto Fujimori quien, de haber podido, se hubiese perpetuado más tiempo en el poder; ocurrió con el recién defenestrado Blaise Campaoré en Burkina Faso tras 27 años de gobierno; Robert Mugabe, héroe de la independencia de Zimbabue, reeligiéndose fraudulentamente por 33 años para conducir a su nación, junto a Venezuela, en la de mayor índice de inflación del mundo. Lo común a todas las autocracias electorales es que las mayorías terminan votando por miedo a la represión o a la venganza de sus regímenes clientelistas.
No es buen día cuando se anuncia una reelección indefinida.
Curioso que Bolívar diga algo así, ya que él mismo luego intentó hacerse Presidente de por vida con la Constitución Vitalicia peruana de 1825.