Una perversa mitología LA REVOLUCIÓN SEGÚN EL GABO, por Alicia Freilich
De la web http://www.ideasdebabel.com/home/?p=34720
Posiblemente no se ha escrito en el castellano de Hispanoamérica una obra de fondo más elegíaco, amargo y pesimista que ésta. Pero tampoco ninguna otra ha promovido más carcajadas, goces y sonrisas. Un trágico y detenido sino colectivo, un patético sacrificio comunitario, un largo y sostenido funeral de guerras civiles que primero narró escueto y sombrío el mexicano Juan Rulfo en su fantasmal Pedro Pàramo, se vuelca por contraste barroco y alegre, en la desorbitada selva de Macondo descrita con festiva hilaridad. Comala de Rulfo y Macondo de Colombia son una sola y tristísima elegía por la revolución popular que se desintegró frustrada en el militarismo de caudillos locales y controladores poderes internos y foráneos.
En Gabriel García Márquez el proceso se reconstruye como epopeya de situaciones amables, pura joda, es decir, mero bochinche, como dirían él mismo, su y nuestra gente, pero la composición de la novela remeda en su atormentada espiral, infinitamente retorcida sobre un eje, este fenómeno de la violencia espasmódica en permanente estallido concéntrico y sin término.
Son las rebeliones truncas, extenuadas, que avanzan y retroceden sobre sí mismas, en espacios y tiempos múltiples, a la vez estáticos.
GGM mostró a toda una generación heredera del llamado boom –discìpulos, continuadores, imitadores y plagiarios– cómo reírse de esa trágica realidad histórica regional y continental, desde su estilo tan propio, artificialmente mágico porque el profundo y auténtico de la magia cotidiana ya viene intrínseco en la mitología de las culturas precolombinas y posteriores añadidos que sobre ellas impuso la Inquisición en Centro y Suramérica. El humor mismo, tan natural, que luego el Gabo irradió guasón, viene, por ejemplo, contenido en aquella célebre polémica entre sabios teólogos de la época para resolver si el indígena era bestia o prójimo y así justificar abusos de los colonizadores.
Pero es precisamente este personal histrionismo literario de estudiado payaseo imaginativo lo que otorga la clave de su originalidad notable a la obra de GGM.
Cien años de soledad es la crónica continuamente anunciada de, en este caso, treinta y dos revueltas armadas, los treinta y dos fracasos del Coronel Buendía. La revolución totalmente irrealizada durante un siglo. Al último de la estirpe, Aureliano, el de la cola de cerdo, destinado para la gran y definitiva victoria, se lo comen las hormigas.
Si GGM tuvo claro ese concepto fatalista ¿por qué pudo intuir de inmediato en Hugo Chàvez a uno más de los tradicionales dictadores caudillistas pero se hizo mudo cortesano y cómplice de la cruel tiranía castro-comunista?
La respuesta exige que se desnude la personalidad de este autor. Eso lo hacen de maravilla competentes psiquiatras y psicoanalistas.
Sería un estudio muy conveniente y de urgente divulgación pública masiva porque esta perversa mitología revolucionaria regalada sin escrúpulos por el chavismo, usando como mentira utilitaria la petrolera espada de Bolívar, es capaz de cegar no sólo a talentos individuales sino que ha desgarrado las venas latinoamericanas de sangre joven y pura envenenando pueblos ignorantes, muy pobres, aptos para ser sacrificados y esclavizados por sectas fanatizadas, oportunistas y criminales, mitomaníacas, como lo comprobamos durante esta crisis venezolana, en plena vigencia.
Ya es hora de crecer también literariamente, de rescatar, de reconocer lo esencial y enfatizar el ingenio duro, serio y comprometido, tradición por demás muy venezolana.
A PROPO DE UNA VISION PSICOLOGICA DE GABO, ARTICULO DE MARCOS AGUINIS PUBLICADO EN LA NACION
GABO Y EL OTOÑO DE FIDEL.
En la web http://www.lanacion.com.ar/1688245-gabo-y-el-otono-de-fidel
EL justificado vendaval de letras que produjo la muerte de García Márquez condujo a innumerables anécdotas e interpretaciones. No debo guardarme las que ayudan a comprender mejor su jardín de opiniones, sentimientos, fijaciones y altibajos.
Lo conocí personalmente en el año 1970. Demostró que su brusca y potente fama no le había amputado la modestia. Yo acababa de ganar el Premio Planeta con La cruz invertida y él manifestó a mi editorial su deseo de visitarme. Regresé al hotel Ritz luego de una entrevista con periodistas en un café cercano y ya me esperaba en la recepción. Aún tenía el cabello y bigotes negros, estaba flaco y parecía tímido. Elegimos un rincón silencioso. Enseguida preguntó por sus amigos Paco Porrúa y Tomás Eloy Martínez. Peloteamos elogios sobre Cortázar, a quien confesó admirar sin límites: «Es un maestrazo». Le conté que conocía la vida, obra y milagros de Juan Filloy, a quien Cortázar le había dedicado unos renglones en su monumental Rayuela, porque ambos éramos entonces vecinos de Río Cuarto. Antes de los diez minutos, con el rostro serio y los ojos brillantes, produjo un giro en la conversación al formularme la pregunta que más circuló en España por aquellos días: «¿Cuándo abandonaste los hábitos?».
-Nunca fui cura -expliqué-. Pero interrogué a más de veinte, con y sin sotana.
-Me sorprendieron tus conocimientos teológicos. Tu novela no sólo es audaz en la estructura, sino densa en el contenido.
-Soy un teólogo frustrado, entonces. O rebelde.
Nos lanzamos a comentar la Biblia. Dijo que tiene más cuotas de magia que los novelones de caballería, a los que estaba revisando.
-No sólo tiene magia, sino psicología y hasta humor -agregué.
-¡Claro que sí! -se entusiasmó y, con una sonrisa de oreja a oreja, lanzó la ocurrencia que luego repitió en otros lugares-. Fíjate si tendrá humor que cuando Jonás reapareció ante su mujer con tres días de atraso, le dijo que no había hecho nada malo, que no tenía la culpa, que se demoró porque lo había tragado una ballena.
Por cierto que en esa anécdota, como en otras que exprimimos, corrieron sin freno las deformaciones iconoclastas del texto sagrado, como se hace al componer una novela. Le pregunté qué estaba escribiendo. Se ensombreció y durante un largo minuto estudió el fondo vacío de su taza de café.
-Mira, el éxito tiene sus bemoles. Se están reeditando mis textos previos y Mario Vargas Llosa ha terminado un voluminoso estudio sobre todo lo que pudo averiguar de mí e interpretar de mis escritos. ¡Es un trabajador infatigable! Le ha puesto un título también religioso: Historia de un deicidio.
-Concilio Vaticano II…
-Tal cual. ¡Qué buen papa fue el gordo Juan XXIII!
-Pero ¿qué estás escribiendo ahora? Se dice que no pasa un día sin que teclees unos renglones.
-Sí, es cierto. Ya elegí el título de otra novela, pero no me convence la forma. Para nada. Me tiene angustiado. Se llamará El otoño del patriarca y quiero reventar a todos los dictadores de América latina. Hasta me referiré a los 300 pesos que necesitaba Perón para vivir y el absurdo peregrinaje de un cadáver. No eres peronista, supongo.
Quedamos en seguir la conversación en su casa, pero cuando regresara Vargas Llosa, que se había ido por unos días a Perpignan.
No pudo ser, porque debí acelerar mi regreso a la Argentina debido a que mi novela iba a ser prohibida por la dictadura militar de entonces. Años después, Vargas Llosa recordó ese frustrado encuentro; en aquella época Gabo y Mario eran casi un matrimonio.
En España también intentaron bloquear La cruz invertida. El poderoso editor de Planeta me dijo: «Voy a entrevistar personalmente al Caudillo». Le explicó que era la primera vez que el premio se otorgaba a un extranjero, que la noticia ya se había difundido por el mundo, que el argumento no se desarrollaba en España, que causaría daño a la nueva imagen que el gobierno se esmeraba en lucir. Entonces Franco levantó la censura. En la Argentina le explicaron al general Levingston que en la España franquista, nada menos, la novela circulaba sin inconvenientes; que la censura provocaría un efecto inverso, un papelón mayúsculo. Entonces el jefe de Estado se avino a dejarla circular. Más adelante, al recordar esa transitoria crisis, dije que pocas veces dos tiranías se ponen de acuerdo para garantizar la libertad de expresión.
Sigo con la modestia de García Márquez. El escritor colombiano ya vivía en México y el presidente Alfonsín me invitó a integrar su comitiva cuando fue a ese país. Enterado García Márquez, llegó hasta mi hotel. Ya tenía el bigote blanco y vestía con mucha elegancia, incluso brillaban sus bien lustradas botas cortas. Estaba interesado en la democratización argentina. No hizo falta que le preguntase qué estaba escribiendo, una pregunta que aprendí a detestar. Contó espontáneamente que viajaba seguido a Colombia. «Para exprimir a mis padres y sacarles todo lo que pueda de su accidentado noviazgo», dijo. Hasta me adelantó el título de esa novela: El amor en los tiempos del cólera. «¿Sabes, Marcos? Contra lo que se supone, todo lo que escribo está basado en hechos reales», agregó.
Inspiré hondo y le descerrajé algo que me burbujeaba en la garganta:
-¿Qué opinas, ya con el paso de los años, sobre El otoño del patriarca?
-Prefiero callarme… Es barroca, experimental. Estaba presionado por el éxito de Cien años de soledad. Por eso abandoné el preciosismo enseguida y volví a la fluidez con Crónica de una muerte anunciada.
Lo miré a los ojos.
-Gabo, esta noche asistirás como invitado de honor al agasajo que le hacen a Raúl Alfonsín. Un verdadero demócrata. ¿No tuviste en cuenta a Fidel Castro al escribir El otoño?? Amas la democracia, admiras a Alfonsín, pero…
-Fidel es un emblema.
-Pero no de la democracia.
-De la revolución.
Entonces, le recordé una anécdota que cuenta su amigo Plinio Apuleyo Mendoza. Viajaban juntos en un auto destartalado por las tristes rutas de Alemania oriental y Gabo se durmió. De súbito, al saltar en un bache, pegó un grito. «¡Qué pasa!», se sorprendió Plinio. «Tuve una pesadilla», murmuró Gabo mientras se restregaba las órbitas con furia. «¿Qué pesadilla?» «¡Horrible, horrible! -exclamó Gabo-. ¡Que el socialismo no funciona!»
-Sí, tuve esa pesadilla. Pero fue una pesadilla. Amo a Fidel. Y Mercedes lo ama más aún.
Preferí cambiar de tema. Quizás advirtió que lo contemplaba como a un profeta. En El otoño del patriarca no sólo había ridiculizado, llorado, disecado y enterrado a muchos horribles dictadores del pasado y el presente, sino que había profetizado a quien sería el más longevo y trascendental de todos. Lo pintó antes de ver su decadencia, con los ojos privilegiados de quien perfora las nieblas del futuro.
-Me parece que más que Fidel Castro, te subyuga el poder que tiene. El poder es un motor que ningún gran novelista ignora.
Me tendió la mano y luego nos estrechamos en un abrazo. Quiso la biología que muriera antes el autor y lo sobreviviera el personaje, como pasa con los genios. Ahí está, atrofiándose, el ruinoso patriarca que García Márquez describió hace casi medio siglo con un lenguaje que envidiaría Góngora: encerrado entre sus recuerdos poblados de las aventuras que jalonan una revolución tan ingenua como criminal.
ARTICULO DE VARGAS LLOSA SOBRE ESTUDIANTES VENEZOLANOS:
MARIO VARGAS LLOSA 4 MAY 2014 – EL PAÍS
http://elpais.com/elpais/2014/04/30/opinion/1398870942_469895.html
Los estudiantes
La más importante batalla por la libertad se está dando en las calles de Venezuela y no es justo que los jóvenes, que la lideran, no obtengan el apoyo de Gobiernos y organizaciones democráticas
Las palabras también se gastan con el uso. Libertad, democracia, derechos humanos, solidaridad, vienen a nuestros labios a menudo y no quieren decir ya casi nada porque las utilizamos para decir tantas cosas o tan pocas que se desvalorizan y afantasman al extremo de convertirse en meros ruidos. Pero, de pronto, unas circunstancias sociales y políticas las recargan de contenido y de verdad, las impregnan de sentimiento y de razón y es como si resucitaran y expresaran de nuevo el sentir de todo un pueblo.
Es lo que vivo en estos días, en Venezuela, escuchando a dirigentes estudiantiles y líderes de oposición, a hombres y mujeres comunes y corrientes que nunca antes hicieron política y ahora la hacen, jugándose los trabajos, la tranquilidad, la libertad y hasta la vida, impelidos por la conciencia de que, si no hay un sobresalto nacional democrático que lo despierte y movilice, su país se va a la ruina, a una dictadura totalitaria y a la peor catástrofe económica de toda su historia.
Aunque el proceso viene de atrás —las últimas elecciones han visto crecer de manera gradual la oposición al régimen chavista—, el cambio cualitativo tuvo lugar a comienzos de febrero de este año, en San Cristóbal, Estado de Táchira, cuando un intento de violación de una joven en la Universidad de los Andes llevó a los estudiantes a convocar una gran marcha contra la inseguridad, la falta de alimentos, los secuestros, los desmanes de los sicarios y la sistemática restricción de las libertades ciudadanas. El régimen decidió aplicar la mano dura. La Guardia Nacional y las fuerzas paramilitares —individuos armados con pistolas, cuchillos y garrotes, montados en motos y con las caras cubiertas— atacaron a los estudiantes, los golpearon y abalearon, matando a varios de ellos. A las decenas de detenidos los llevaron a cuarteles alejados donde fueron torturados con picanas eléctricas, golpes, sodomizados con palos y fusiles y las muchachas violadas.
La ferocidad represiva resultó contraproducente. La movilización estudiantil se extendió por todo el país y en todas las ciudades y pueblos de Venezuela gigantescas manifestaciones populares expresaron su repudio del régimen y su solidaridad con las víctimas. Por doquier se levantaron barricadas y el país entero pareció vivir un despertar libertario. Los 500 abogados voluntarios que han constituido el Foro Penal Venezolano, para defender a los detenidos y denunciar los asesinatos, desapariciones y torturas, han elaborado un informe que documenta con lujo de detalles el salvajismo con que los herederos del comandante Chávez tratan de hacer frente a esta formidable movilización que ha cambiado la correlación de fuerzas en Venezuela, atrayendo a las filas de la oposición a una inequívoca mayoría de venezolanos.
Mi impresión es que este movimiento es indetenible y que, incluso si Maduro y sus cómplices tratan de aplastarlo con un baño de sangre, fracasarán y la matanza solo servirá para acelerar su caída. La libertad ha ganado las calles de la tierra del verdadero Bolívar (no la caricatura que hizo de él el chavismo) y el pregonado “socialismo del siglo veintiuno” está herido de muerte.
Mientras más pronto se vaya, será mejor para Venezuela y para América Latina. La manera como el régimen, en su empeño frenético de colectivizar y estatizar la nación, ha empobrecido y destruido a uno de los países potencialmente más ricos del mundo, quedará como un caso emblemático de los desvaríos a que puede conducir la ceguera ideológica en nuestro tiempo. Además de tener la inflación más alta del mundo, Venezuela es el país de menor crecimiento en todo el continente, el más violento, y en el que la asfixia burocrática se reproduce más rápido al extremo de mantener en la parálisis casi total a la administración pública. El régimen de controles, precios “justos”, intervencionismo estatal, ha vaciado todos los almacenes y mercados de productos, y el mercado negro y el contrabando han alcanzado extremos de vértigo. La corrupción es el único rubro en el que el país progresa a pasos de gigante.
Desconcertado por la movilización popular encabezada por los estudiantes que no consigue aplastar mediante la represión, el Gobierno de Maduro, con la complicidad de los países del Alba, trata de ganar tiempo, abriendo unos diálogos de paz. La oposición ha hecho bien acudiendo a ellos, pero sin desmovilizarse y exigiendo, en prueba de buena fe gubernamental, por lo menos la liberación de los presos políticos, empezando por la de Leopoldo López, a quien, encarcelándolo, ha convertido, según todas las últimas encuestas, junto con María Corina Machado, en el líder político más popular de Venezuela. He conocido a su madre y a su esposa, dos mujeres admirables, que enfrentan con coraje fuera de lo común el hostigamiento de que son víctimas por estar en la vanguardia de la batalla pacífica que da la oposición por impedir la desaparición de los últimos resquicios de libertad que aún quedan en Venezuela.
Pero quisiera subrayar una vez más el papel principalísimo que juegan los estudiantes en la gran gesta libertaria que vive Venezuela. La chavista debe ser la única revolución en su historia que se las arregló para, desde el principio, merecer la hostilidad casi generalizada de los intelectuales, escritores y artistas, así como la de los estudiantes, que, en este caso, dieron mucha más muestra de lucidez y olfato político que, en el pasado, sus congéneres latinoamericanos.
Es estimulante y rejuvenecedor ver que el idealismo, la generosidad, el desprendimiento, el amor a la verdad, el coraje están tan vivos entre la juventud venezolana. Quienes, frustrados por la inanidad de las luchas políticas en sus países de democracia adocenada y rutinaria, se vuelven cínicos, desprecian la política y optan por la filosofía de “lo peor es lo mejor”, deberían darse una vuelta por las guarimbas venezolanas, por ejemplo, aquella de la avenida Francisco de Miranda, en el centro de Caracas, donde muchachos y muchachas conviven ya desde hace varias semanas, organizando conferencias, debates, seminarios, explicando a los transeúntes sus proyectos y anhelos para la futura Venezuela, cuando la libertad y la legalidad retornen y el país despierte de la pesadilla que vive hace quince años.
Quienes han llegado a la deprimente conclusión de que la política es un quehacer inmundo, de mediocres y ladrones, y que por lo tanto hay que darle la espalda, vengan a Venezuela y, hablando, oyendo y aprendiendo de estos jóvenes, comprobarán que la acción política puede ser también noble y altruista, una manera de enfrentarse a la barbarie y derrotarla, de trabajar por la paz, la convivencia, la justicia y la libertad, sin pegar tiros ni poner bombas, con razones y palabras, como hacen los filósofos y los poetas, y creando cada día gestos, espectáculos, ideas, como hacen los artistas, que conmuevan y eduquen a los otros y los embarquen en la empresa libertaria. Cientos de miles, millones de jóvenes venezolanos están dando en estos días a América Latina y al mundo entero un ejemplo de que nadie debe renunciar a la esperanza, de que un país, no importa cuán profundo sea el abismo en el que la demagogia y la ideología lo han precipitado, siempre puede salir de esa trampa y redimirse.
Algunos de estos jóvenes han pasado ya por la cárcel y sufrido torturas, y algunos de ellos pueden morir, como los cerca de cincuenta compañeros que han perdido ya la vida en manos de los asesinos con capuchas con que pretende acallarlos Maduro. No los silenciarán, pero no es justo que estén tan solos, que los Gobiernos y las organizaciones democráticas no los apoyen y más bien, a veces, hagan causa común con sus verdugos. Porque la más importante batalla por la libertad de nuestros días se da en las calles de Venezuela y tiene un rostro juvenil.
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© Mario Vargas Llosa, 2014.


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