Canciòn de Ilan Cester en este link: http://confirmado.com.ve/oye-el-mensaje-que-le-envio-ilan-chester-a-maduro/
(apretar la flecha bajo la foto)
Entrevista a habitante del barrio pobre màs grande de Latinoamerica, Petare, en Caracas, en
PLOMO EN EL ALA
Sergio Dahbar, El Naciona, 1 de marzo, 2014.
Los extremistas se roban los grises: los que nos quieren convencer de que la única salida es la sangre derramada (mientras sea de otros); los que desean que creamos que darle la mano a un presidente o reunirse con un empresario es ser un traidor; los que buscan salidas definitivas a la vuelta de la esquina; los que no pueden reconocer que la oposición ha cometido errores pero también ha evolucionado.
Hemos vivido 17 días que no olvidaremos fácilmente, con toques de queda no oficializados y 15 venezolanos muertos. Hay cerca de 700 detenidos: algunos han sido procesados, otros torturados…
Hay una impunidad desembozada: criminaliza y utiliza el poder para agredir a jóvenes estudiantes que protestan. Y se hace la loca con los motorizados que disparan a mansalva, que asaltan automercados y centros comerciales, imponen el terror y controlan las protestas populares.
Los hechos sucedidos en estos 17 días, anatematizados por el gobierno como un golpe de Estado, cuestionan sus políticas económicas, su desastre administrativo y su secuestro de los poderes de la nación. Sin embargo, las protestas no han sido fácilmente procesadas por el estamento político tradicional.
Mucha gente ha reclamado ausencia de Política con mayúscula, impaciencia juvenil, falta de liderazgo… Otros detectaron en las protestas un camino errático que le daba aire al gobierno al polarizar la sociedad como en los tiempos de Chávez. Todos estos cuestionamientos se vinieron abajo ante un país con focos de protesta que crecían en barrios populares de la capital y en el interior, y que no terminan de apagarse.
La violencia extrema (guardias bolivarianos disparando a la cara de gente indefensa), la violación de derechos humanos (una mujer a la que le destrozan la cara con un casco y termina imputada de cinco cargos), la brutalidad (estudiantes violados o rociados en gasolina) horadó una de las joyas de la corona chavista: la imagen internacional de gobierno democrático y responsable.
Hasta el 12-F el chavismo era oscuridad para la casa y luz para la calle. Las muertes y los excesos policiales y de los colectivos armados hirieron lo que el comandante se empeñó en cuidar de manera religiosa. No en vano los periódicos más prestigiosos del planeta han comenzado a enviar tropas de periodistas para cubrir el incendio inesperado que desataron unos estudiantes.
Una primera consecuencia de estos hechos debería ser libertad para los presos políticos (Simonovis, López…), amnistía para los estudiantes detenidos e investigación de la violación de los derechos humanos. Hay muertos y heridos que merecen justicia. La otra derivación que se desprende de la reunión el miércoles pasado en Miraflores es la reorientación de la política económica y de seguridad ciudadana de este gobierno.
Fueron apropiadas algunas intervenciones del sector privado, pero dejaron en el ambiente la sensación de que era más quítame la guarimba y hacemos el teatro del diálogo. Habrá que ver si el gobierno ha comprendido el país que tiene enfrente, que quiere menos represión y más desarme. Un día después de la reunión, continuar con la persecución a Carlos Vecchio es una provocación.
Nadie puede ignorar que la fuerza demoledora de la ciudadanía se encuentra en la calle, organizada como puede, en marchas y concentraciones, con un teléfono celular como única herramienta, exigiendo más democracia y tolerancia. Que quiere decir menor inflación, menos escasez y menos muertes en manos de criminales.
Esta ciudadanía cuenta con un arma letal: las redes sociales, donde ocurren excesos y también fluye quizás la única libertad de expresión que queda. El que tenga dudas que mire Youtube. A la gente común habría que recordarle el consejo de Joseph Pulitzer: “El crimen solo prospera en el secreto. Expongan los hechos, descríbanlos, atáquenlos, ridiculícenlos, y tarde o temprano la opinión pública los barrerá del mapa”. ¿Alguna duda?
El hombre fallido
Carlos Raùl Hernandez
El Nacional, 2 de marzo, 2014.
Uno de los más pertinentes pensadores del momento, Ian Buruma hace un análisis existencial de la figura del gamberro político, válida para el miembro de un colectivo bolivariano, camisa negra italiano, camisa parda alemán,paramilitar o guerrillero colombiano: un sujeto incapaz de construir una vida decente y que por eso odia a quienes lo logran. Los regímenes fascistas o comunistas rescatan fracasados de su letrina moral, los hacen distribuidores de violencia y con eso dan una razón a sus existencias. Son así aporreadores, torturadores, saqueadores, asesinos, violadores, dispuestos a cualquier crimen «revolucionario», reptantes porque su condición moral lo es, y su oficio la máxima expresión de la ruindad, abusar de gente indefensa. Ejemplo es D’Elia, piqueteroy extorsionista argentino que pidió fusilar a Leopoldo López. En Venezuela, según aclara un ministro, el gobierno empobrece a la gente para envilecerla. Ahí la cantera.
Son el rostro del fascismo. Kenzaburo Oe lo describe como un masturbador obsesivo, atormentado por los flashes eróticos de la calle, jóvenes en faldas cortas y aromas de los que se considera privado por siempre, rechazado por su oscuro objeto de deseo. La belleza, el confort, la aparente felicidad, transitan por las calles en la sociedad abierta, pero cada quien debe construir la suya con sacrificios, trabajo, estudio, imposibles para el hombre fallido. En su cabeza los «otros» son los culpables de su fracaso y hay que castigarlos. En los comandos de «acción directa» se refugian esos perturbados feroces que odian la dignidad humana, solo tienen la violencia, el rasgo más animal de los hombres, el que lo pone más cerca de las bestias. Asesinar una mujer bella, un profesional, comerciante, universitario, trabajador, es su venganza. Lo único que los hace «importantes» es matar y causar terror en defensa de causas nauseabundas.
El diseñador de la violencia
Las sociedad ofrece cosas que solo obtendremos muy limitadamente. Por eso toda revolución es el levantamiento del fracaso contra la decencia, y el marxismo la ideología de la envidia. Mussolini creó los «camisas negras» en 1919 -Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional se llama a partir de 1923- que organizan las excrecencias humanas del naufragio italiano, paramilitares que hicieron infernal la vida común. La incapacidad para conquistar temprano la unidad nacional, y superar la ruina de la economía crearon un lumpen de resentidos animados por el rencor contra su mala ventura y la buena de otros: abogados, médicos, oficinistas, obreros, profesores, comerciantes, delincuentes comunes, todos desempleados, arruinados. En las tribunas el discurso psicopático de Mussolini enloquecía las hordas, e instigaba a despanzurrar, aplastar, patear, matar, a los adversarios.
Doscientos mil criminales de los «colectivos» emprendieron la Marcha sobre Roma, colocaron al monstruo en el gobierno, e inspiraron el sexualmente retorcido Hitler para formar los camisas pardas o S.A, sus propios «colectivos». El partido compró a baratos remanentes de las camisas de kaki de los contingentes alemanes en África, y con ellos los uniformó estilo militar. Y Hugo Boss, joven costurero que iniciaba su carrera profesional entre los nazis, le dio su mágico glamour. También se encargará de vestir las SS y las Wehrmacht. Los colectivos no podían faltar en la pesadilla de la Revolución Cultural china. Mao creó la Guardia Roja con cientos de miles de jóvenes convertidos en perseguidores de maestros, profesores, artistas, escritores, comerciantes, incluso sus padres.
Los derechos gusanos
El objetivo fue recuperar el poder y liquidar a Liu Sao Chi, Lin Piao y Deng Xiaoping que lo habían defenestrado. Esta oleada bárbara asesinó más de un millón de personas y destruyó casi cinco mil de los cerca de siete mil templos antiguos que se conservaban. América Latina ha tenidos muchos «colectivos» en cada una de sus miserables revoluciones, los intentos de caudillos para convertir los países en gigantescas cárceles. En Panamá de Noriega se llamaban Batallones de la Dignidad y Codepadis que sádicamente se dedicaban a ensangrentar las ropas claras que usaba la oposición panameña en las movilizaciones contra Noriega a finales de los ochenta. Olor a resaca de caña barata, adrenalina, sudor rancio, halitosis de las tropas de asalto, y sangre de los manifestantes en las calzadas. Corrieron como conejos a la entrada de los gringos en 1989 y una matona notable de las filas, Balbina Herrera, llegó a ser candidata -y derrotada- en recientes elecciones presidenciales.
Daniel Ortega tenía sus turbas divinas, aguardentosas, mercenarias y astrosas, también para aterrar adversarios políticos, menos a Violeta Chamorro que le desbarató el comunismo en las narices. El régimen cubano utiliza sus grupos de respuesta rápida para «actos de repudio» en los que rodean por horas o días las casas de los héroes indefensos que piden vigencia de los derechos humanos, a los que gritan «desechos humanos» y «mueran los derechos gusanos». Fidel Castro fue uno de los protagonistas de esa etapa de la historia cubana, entre los 40 y 50, cuando las calles de La Habana eran propiedad de pandillas de gángsters, los «gatillo alegre» (Emilio Tro, Manolo Castro, Rolando Masferrer, Fidel Castro, Alfredo Yabur, Eduardo Corona) hasta que en 1959 él acabó con las demás y quedó sólo la suya.
La orgía destructiva
El Nacional
22 DE FEBRERO 2014 – 00:01
Nadie puede discutir que esta semana los venezolanos atravesaron una línea –invisible o no– que por catorce años el gobierno del presidente Hugo Chávez no se atrevió a cruzar. No por bueno ni por santo. Era astuto. Diosdado Cabello ha confesado que el presidente frenaba muchas locuras suyas. Vaya uno a saber cuál es la verdad.
Estratega de la destrucción de un país carcomido por muchos males históricos, el Eterno sabía cómo arrasar personas, instituciones, empresas, pero también conocía el momento en que debía retroceder. Así gobernó hasta su muerte.
Articulador de muchas fuerzas perversas, Chávez fue el creador de una causa sagrada (el chavismo), energía capaz de anestesiar la sensibilidad de muchos seres humanos ante el sufrimiento de los otros.
Lo vimos en estas noches cuando GNB y colectivos ilegales motorizados disparaban –amparados por el caos– contra individuos que corrían por diferentes zonas de la ciudad. Dos cayeron asesinados. Y el país chavista siguió adelante, como si nada.
La idea de una causa superior, capaz de minimizar las preocupaciones por la muerte de otro ser humano, no es mía, sino del filósofo esloveno Slavo Zizek. Lo recuerdo ahora porque la experiencia de los Balcanes merece ser atendida por Venezuela en estos días que corren. Hay allá lecciones que aquí interesan sobremanera.
Uno de los nombres claves para entender el conflicto de los Balcanes es el de Radovan Karadzic, responsable de la limpieza étnica atroz que arrasó la antigua Yugoslavia. Psiquiatra de profesión, militar sanguinario y político audaz, también era poeta. Escribió las líneas que siguen.
“Convertíos a mi nueva fe, muchedumbre./ Os ofrezco lo que nadie ha ofrecido antes./ Os ofrezco inclemencia y vino./ El que no tenga pan se alimentará con la luz de mi sol./ Pueblo, nada está prohibido en mi fe./ Se ama y se bebe./ Y se mira al Sol todo lo que uno quiera./ Y este dios no os prohíbe nada./ Oh, obedeced mi llamada, hermanos, pueblo, muchedumbre”.
Como bien anota Slavo Zizek, estudioso de la obra de Jacques Lacan y del cine contemporáneo, en las líneas de este poema se percibe “el llamamiento obsceno y brutal a suspender todas las prohibiciones y disfrutar de una orgía permanente destructiva”. Así ocurrió allá. Y aquí ocurre ahora.
Quizás unas de las iluminaciones más notables sobre esta turbulenta época venga de un periodista, Aleksandar Tijanic, director de Radio Televisión Serbia, personaje que fue amado y odiado hasta 2013, cuando murió de un ataque al corazón. Él reflexionó sobre la curiosa simbiosis que se dio entre Milosevic y su pueblo.
“Milosevic resultó apropiado para los serbios. Durante su gobierno, los serbios abolieron las horas de trabajo. Nadie hacía nada. Permitió que florecieran el mercado negro y el contrabando. Se podía aparecer en la televisión estatal e insultar a Blair, Clinton o cualquier otro de los ‘dignatarios mundiales’.
“Además, Milosevic nos otorgó el derecho de llevar armas. Nos dio derecho de resolver todos nuestros problemas con armas. Nos dio también el derecho de conducir coches robados. Milosevic convirtió la vida diaria de los serbios en una gran fiesta y nos permitió sentirnos como estudiantes de bachillerato en un viaje de fin de curso; es decir, que nada, pero verdaderamente nada de lo que hacíamos se castigaba”.
Estos dos párrafos se han quedado grabados en mi cabeza desde la primera vez que los leí. No podía creer que hubiera realidades que se parecieran tanto, siendo tan opuestas y lejanas.
Slavo Zizek reconoce que Milosevic manipuló las pasiones nacionalistas de su pueblo, pero se apoyó en el trabajo que habían hecho los poetas de los años setenta y ochenta, quienes inocularon el nacionalismo agresivo que desembocó en la letal limpieza étnica. Y en la muerte masiva.
Al oír en estos días las cadenas del presidente Nicolás Maduro, donde ubica la palabra paz entre epítetos violentos y adjetivos desintegradores, como derecha, burguesía, delincuentes, fascistas, especuladores, no puedo dejar de recordar los maratónicos Aló, Presidente donde Chávez se entregaba al festín del resentimiento sin nadie que lo contuviera.
Y vuelvo a preguntarme, sin tener una respuesta que alivie, si estos catorce años no van a desembocar en una mala noticia internacional de esas que una vez que empiezan ya no pueden parar. Ojalá me equivoque.
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