La primera vez que el país que hoy conocemos como Filipinas fue explorado por europeos ocurrió en 1520 con una expedición del portugués Fernando de Magallanes, al servicio de la corona española, quien denominó a las únicas dos islas en las que desembarcó como «Islas del Poniente» y «San Lázaro», pero fue un hispano, Ruy López de Villalobos, quien décadas después, en polémica con otros navegantes, las bautizó con el nombre “Islas Felipinas” en honor al sucesor del trono de España de ese entonces, el Príncipe de Asturias Felipe II.

Los viajes de Magallanes, incluyendo lo que hoy son las islas de Filipinas.
Con el tiempo, durante las guerras hispano-norteamericanas, para cuando Estados Unidos la coloniza, el país (del cual finalmente se independiza en 1946), adquiere su actual nombre de Filipinas.
Filipinas es un país con una larga historia de azotes de la naturaleza y convulsiones políticas, es un archipiélago en el Pacífico, con más de 7000 islas, lo cual hace sumamente complicado gobernar y tener acceso a sus, aproximadamente 90 millones de habitantes, amén de ser sumamente heterogéneo en grupos étnicos, culturales y religiosos (incluso hay una región autónoma musulmana llamada Isla de Mindanao).

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Gobernado por el cruel dictador Ferdinand Marcos desde 1965 hasta 1986 cuando tras un fraude el pueblo se levantó contra su tiranía, a partir de entonces ha vivido en una democracia estable inaugurada por Corazón Aquino y desde el 2010, su hijo, Benigno “Nonoy” Aquino, quien sucede a otra presidente, Gloria Macapagal-Arroyo.

Benigno, Corazón y Nonoy Aquino, tres generaciones de una dinastía política.
Es complejo para los líderes filipinos ayudar a las victimas e indigentes del tifón Hayián en un archipiélago tan grande y con problemas comunicación entre las islas. Es por eso que la ayuda internacional era imprescindible e inexcusable la tardanza para su llegada, pero también son muy acertadas la recientes palabras del secretario general de la ONU Ban Ki-moon al calificar este tifón es una advertencia al mundo entero sobre los efectos del cambio climático, que la mayoría de las naciones industrializadas no terminan de aceptar como el problema global a mediano o largo alcance y que coloca una deja a la humanidad bajo una espada de Damocles.
Se entiende que muchos gobiernos en su lucha por mejorar las condiciones de vida de sus propios ciudadanos defiendan sus intereses nacionales (y partidarios) más que los del planeta y que algunos se aferren a científicos que aducen que la mayoría de los cambios que estamos presenciando en la naturaleza (deshielo de glaciares, calentamiento global, etc.), sean consecuencia de etapas cíclicas que ocurren en el planeta, pero aun si fuera el caso (teoría muy cuestionada por la mayoría de la comunidad científica internacional), nunca está de más lo que el ser humano pueda contribuir para reducir la contaminación, el aumento de la capa de ozono en la atmósfera y tantos otros problemas que, sin dudas, son agravados por nosotros, los tripulantes de La Tierra.
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