A propósito Nicolás Maduro y su creencia de que la felicidad se puede decretar (en este caso con un “viceministerio para la felicidad” en Venezuela), vale la pena repasar la evolución del concepto de felicidad como principio y objetivo político.
Desde la antigüedad filósofos como Aristóteles propusieron que la felicidad no solo es una aspiración personal, sino también, a la cual se podía aspirar colectivamente si todos los ciudadanos ejercían la virtud. Contrario a él, los seguidores de las escuelas del estoicismo y el cinismo, la comprendían como el logro de ser autosuficientes, por lo cual, la búsqueda de la felicidad no debía estar en manos de quienes manejaban el poder, cuestión coincidente con las filosofías orientales, en las cuales también era una asunto de aspirar a la paz interna.
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Por muchos siglos, el catolicismo propagó la idea de la felicidad luego de la muerte y no fue hasta el surgimiento de los movimientos protestantes, luego la Revolución Industrial, y el surgimiento del pensamiento humanista y liberal que esta percepción cambió.
En el siglo 17 el pensador inglés John Locke introduce el concepto de felicidad como objetivo que deben promover los gobernantes al facilitar a los individuos el derecho a la propiedad y de producir ganancias para su bienestar. Tiempo después Rousseau y Voltaire la analizan en términos más abstractos como un derecho a ser promovido por los gobernantes, pero es en la Declaración de los Derechos del Hombre – cuando se proclama la independencia de Estados Unidos, en 1776, – cuando Thomas Jefferson incluye “la búsqueda de la felicidad”, junto a la libertad y la vida, como verdades “evidentes por sí mismas”, derechos inalienables de los hombres. Años después los revolucionarios franceses, en la Declaración de los Derechos del Ciudadano (1789), hacen énfasis en la igualdad, libertad y fraternidad, pero ese documento también establece el “derecho a la felicidad de todos”.

Por supuesto, estos principios, inicialmente no fueron aplicados para todos los seres humanos hasta siglos después, porque como diría Orwell, “algunos más iguales que otros” por mucho tiempo más.
En nuestros tiempos, la felicidad entendida como la satisfacción material, instantánea, de poder, prestigio y placer, es la que predomina en el mundo pero hay consenso en que se trata un equilibrio entre la satisfacción de las necesidades básicas del hombre junto a una mayor espiritualidad y acceso al conocimiento.
Un gobierno eficiente, que genere riqueza, garantice la libertad individual y busque la justicia social, puede promover la felicidad, pero ese no es el caso en donde un presidente cree poder decretarla.

Quino nos recuerda a través de Mafalda que no hay un solo modelo de felicidad.
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