Somalia es uno de los estados más fallidos del planeta, que prácticamente, no puede garantizar la seguridad, gobernabilidad ni soberanía de sus casi 10 millones de habitantes. El caos reinante ha ocasionado que clanes del norte y del sur creasen dos estados de facto, no reconocidos internacionalmente: Somaliland en 1991 y Puntland en 1998, respectivamente. Esta división es consecuencia de que la parte central esté sometida a conflictos entre milicias de “señores de la guerra”; traficantes de drogas, mujeres y niños (convertidos en soldados), y grupos islamistas.

Con ayuda de tropas la Unión Africana de Naciones (UAN), especialmente de Etiopía, los representantes de un gobierno formado en el exilio controlaron la capital, Mogadiscio, en una lucha contra las milicias de la llamada Unión de Tribunales Islámicos (UTI), que para el 2006 dominaban la ciudad. Soldados de la UAN expulsaron al grupo insurgente islamista Al-Shabab, remanentes de la UTI, que desde entonces se replegaron hacia el sur, en los alrededores de la ciudad de Kismayo. En Septiembre de 2012, bajo los auspicios de la ONU, los somalíes pudieron elegir a su primer gobierno en el exilio, desde 1991, cuyo presidente, Hassan Sheikh Mohamud, fue víctima de un atentado de Al-Shabab del cual salió ileso. El gabinete incluye a dos damas en el país considerado como el quinto peor del mundo para las mujeres, en el 2011.

Desde 2011, cuando el gobierno somalí pidió al de Kenia el envío de tropas para ayudar a su débil ejército en la lucha contra Al-Shabab, el grupo terrorista comenzó a infiltrar terroristas en Nairobi para perpetrar atentados y secuestros, siendo el reciente, en un centro comercial, el más trágico ejecutado por esta organización aliada de la transnacional islamista, Al Qaeda.









