La ciudad siria de Al-Qusair, con 30 mil habitantes, se encuentra próxima a la frontera de El Líbano y luego de dos años que fue dominada por el Ejército de Liberación Nacional (ELN), desertores del régimen y otros rebeldes laicos, fue retomada por aliados del dictador Bashar al-Assad hace pocas semanas.

Lo ocurrido en la ciudad testimonia la lucha sunita-chiita (las dos ramas del Islam enfrentadas desde la muerte de Mahoma en el siglo 7), a través de protagonistas actuales: por un lado, el régimen fundamentalista de Irán y el grupo radical chiíta libanés al que apoya, Hezbolah – ambos aliados desde hace años con el gobierno laico de la dinastía al-Assad – y por el otro el ELN, apoyados por Turquía y occidente, y grupos islamistas sunitas vinculados a potencias económicas que comparten su cosmología religiosa; Arabia Saudita y Qatar.

Simpatizantes de Al-Assad con fotos del dictador sirio, el presidente iraní, ahmadineyad, y el jeque líder de Hezbollah, Nassaralah.
Al-Qusair simboliza una victoria importante para la alianza entre Siria-Irán-Hezbolah, pues su reconquista se logró gracias a la intervención de milicias del grupo chiíta libanes, implicándose abiertamente en el conflicto del país vecino (los líderes de Hezbolah no habían declarado abiertamente su participación en la guerra civil siria hasta esta reciente batalla), e incluso, dirigentes iraníes que han hecho claro que este es un sitio estratégico para su propia causa contra los intereses de gobiernos sunitas que apoyan a los rebeldes sirios.
Al-Qusair permite al gobierno de al-Assad reconectar el corredor que une a la capital, Damasco, con la provincia en donde viven la mayoría de los alauitas (comunidad religiosa a la cual pertenece la elite y la familia presidencial que domina a Siria): Latakia, y así otorga estabilidad al régimen, pero sobre todo, la caída de la resistencia en la ciudad, ante el Hezbolah, da cuenta de cómo los tentáculos iraníes van acrecentándose en una zona de alto riesgo, no solo por la cercanía a Israel, sino de Jordania, Turquía y El Líbano, inquietos por la expansión de la zona de influencia de la potencia persa chiíta en el Medio Oriente.

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